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- 13/09/2009 02:00
A l observar la compacta grabadora negra que se encuentra sobre su escritorio, el sociólogo Stanley Heckadon es incapaz de reprimir una sonrisa, mientras su pensamientos retroceden en el tiempo hasta los inicios de su carrera, cuando entrevistaba a miembros del campesinado local utilizando una de aquellas voluminosas máquinas de grabación antiguas, que venían equipadas con un micrófono. El también antropólogo y autor recuerda que le costaba mucho trabajo mantener la atención del entrevistado, quien solía concentrarse en las revoluciones que hacía la cinta magnética.
El actual director de comunicaciones y programas públicos del Instituto Smithsoniano de Investigaciones Tropicales (STRI, por sus siglas en inglés) tuvo que lidiar, en aquel entonces, con ciertas creencias de los campesinos, para quienes dejar que grabaran su voz constituía un error que podía tener consecuencias funestas. “Creían que si alguien los grababa o les tomaba fotografías podía adquirir control sobre su alma, a través de la hechicería”, comenta Heckadon, sentado en su despacho en el Centro Earl S. Tupper, un lugar consagrado a la investigación y divulgación del conocimiento científico, localizado en las faldas del Cerro Ancón.
A pesar de las supersticiones, no pasaría mucho tiempo antes de que la labor investigativa de este amante de la naturaleza, que se crió en el sector de Divalá, en la provincia de Chiriquí, rindiera sus primeros frutos. Al retornar de Inglaterra, después de haber culminado su maestría en sociología en el año de 1973, fue enviado al distrito de Tonosí a estudiar la pobreza rural en la provincia de Los Santos. Fue ahí donde el nexo que existía entre los problemas sociales y ecológicos le fue revelado, un descubrimiento que marcaría su carrera profesional. “Empecé a preguntarle a los moradores del lugar cuál había sido la razón de su traslado a Tonosí, que en ese tiempo era prácticamente selva todavía. Ellos me respondían que era porque allá en su tierra se acabaron los montes. Tiempo después, les preguntaba que porqué se iban a Darién y a otros sitios del país y la respuesta era la misma”, explica el investigador de prominente frente y de nariz roma. “Comencé a ver, por primera vez, la relación existente entre los sistemas de producción, la forma en que la gente se ganaba la vida, el efecto que esto tenía en el medio ambiente y cómo la naturaleza le pasaba factura al campesino y terminaba expulsándolo de un frente de colonización a otro”, sentencia.
EL CÍRCULO VICIOSO DEL HACHA Y EL MACHETE
De sus investigaciones en la Península de Azuero nació el libro “De selvas a potreros, la colonización santeña en Panamá: 1850-1980”, que será presentado el 21 de septiembre en la librería Exedra Books. La obra se suma a varias otras que este prolífico autor, que se define a sí mismo como un “trabajólico”, ha publicado a lo largo de los años.
De acuerdo con Heckadon, el libro aborda la relación existente entre los sistemas tradicionales utilizados por los campesinos y el efecto que éstos tienen sobre la naturaleza. “Hay que buscar alternativas que le permitan al campesinado mejorar su productividad con sostenibilidad. Ellos hacen lo que hacen porque no les hemos dado alternativas. ¿A quién va a acudir el campesino para sustituir el hacha y el machete?”, inquiere el investigador, consternado ante el abandono en el que se encuentra el sector agropecuario panameño.
El escritor subraya el hecho de que Panamá se ha convertido en un país de servicios, donde el campesino no desempeña un papel relevante, como lo hiciera décadas atrás. “En los años cincuenta, la ciudad finalizaba en el Parque Urracá. Juan Díaz y Pacora eran las sabanas. Hoy en día, tenemos que enfrentar los problemas que trae consigo la urbanización, el divorcio entre el ser humano y la naturaleza”, asegura el intelectual, quien a través de los años se ha esforzado para que sus compatriotas conozcan las riquezas ecológicas del Istmo.
ENTRE MAREA ALTAS Y BAJAS
En el caso de Heckadon, el vínculo entre su persona y el entorno natural se forjó desde muy temprano, durante su infancia, la cual trascurrió en la finca de sus abuelos, unos campesinos que se asentaron en las selvas del Río Chiriquí Viejo. Rodeado de montañas y de bosques, con el trueno de las olas siempre recordándole la proximidad del mar, el futuro antropólogo crecería aprendiendo sobre el efecto que ejercía la Luna sobre las mares. “La casa de nosotros estaba rodeada por la selva. En la noche escuchábamos los diferentes ruidos, los ritmos de la naturaleza. Tratábamos de identificar cuál mono era el que estaba aullando, de pronosticar el clima según el canto de las aves. Hasta el día de hoy, siempre miro inconscientemente la luna, para ver dónde está, para ver si es marea alta o baja”, comenta en un tono casi de confesión, de alguien que revela vivencias muy íntimas que provienen de los recónditos territorios de la niñez.
Heckadon pronostica varias problemáticas ecológicas en los próximos años, como, por ejemplo, una posible escasez de recursos hídricos ante el crecimiento desmedido de la capital y la expansión del Canal. Asimismo, observa con preocupación la destrucción de aproximadamente dos mil hectáreas de manglares en la provincia de Colón. Advierte que los colonenses están destruyendo un rompeolas natural en un momento en el que se está detectando un paulatino ascenso en el nivel del mar, por lo que en el futuro podrían pagar un precio muy elevado.
No obstante, no todo es marea en retirada en el tema ambiental. El antropólogo acoge con satisfacción iniciativas como la promovida por una maestra de una escuela de la comunidad de El Espavé. En este sector de la provincia de Panamá, profesores, padres de familia y estudiantes trabajan juntos para reforestar los manglares de Chame, aprendiendo sobre ecología en el proceso. “Esto es algo que anima, que vayan apareciendo agentes de cambio”, manifiesta, albergando el deseo de que el nombre de Panamá siga significando abundancia de mariposas y peces por muchos años más.