El mundo infantil de Eyra Harbar

Actualizado
  • 09/04/2023 00:00
Creado
  • 09/04/2023 00:00
Los últimos dos libros publicados por la escritora panameña se sumergen en el mundo de la infancia para mostrarnos, con lenguaje sencillo, el asombro y el descubrimiento. “La literatura para niñas y niños es aparentemente simple, pero no lo es: requiere puntería, precisión y esencia. Por eso es necesaria, porque esa aparente simpleza la convierte en un acto revolucionario en tiempos de tecnificación ampliada”, dijo.
Eyra Harbar, escritora.

Zambullirse en la infancia. Volver al asombro de cuando éramos niños y todo nos parecía extraordinario: los colores de un rosal, el brillo de los insectos, ese plato blanco en la oscuridad del cielo o los destellos del agua de una fuente.

Leer cuentos infantiles tiene eso: nos transporta a ese tiempo en el que éramos felices, casi siempre llevados por la imaginación. Como cuando una lee, por ejemplo: “Si tocáramos la puerta del mar veríamos cómo ha sido el pasado”... ¿Cuál es la puerta del mar? Y como respuesta aparece una sonrisa.

O esto otro, respecto a los gatos y a un lugar llamado “Felilandia”: “Hay quien ha dicho que pueden ver unicornios y duendes con los ojos abiertos”, y entonces regresan a la memoria los ojos amarillos del gato de casa, hondos y limpios como el universo.

Los libros infantiles de Eyra Harbar son un viaje a la ternura y a la maravilla. Una inmersión sencilla al mundo de la ciencia, de la historia y de la filosofía. En la colección Cuentos para un planeta, la escritora de origen bocatoreño juega con los cuatro elementos —tierra, aire, agua y fuego—, para a partir de allí llevarnos al “Diario de un tucán” que recorre la ciudad contándonos sus impresiones; a la memoria de “Stella Maris”, la sirena tallada como mascarón de proa de un viejo barco; o al concierto alegre de “Pajaris Montrufis”, el ave que notó la tristeza de los árboles de un parque al que ya no iban los niños a jugar. Todos los cuentos proponen una pregunta, o varias; o se refieren a las cosas cotidianas y más importantes, como “La abuela”:

“Una abuela, dos abuelas, tres abuelas, todas las abuelas del mundo y millones de abuelas que ya son antepasados, todas, como estrellas, están inscritas en la lista del Planeta de las Abuelas. Allí brillan por la noche y preparan la leche por el día, y huelen al olor de las abuelas, mezcla de selva, flor y caldillo”.

Luego está La canción de la lluvia, un libro que rima, juega, canta y baila. Escrito en verso, las figuras que logra Harbar conmueven: “Las nubes son grises como el cabello del cielo”. O: “El viento sopla fuerte con palabras de aguacero”. O: “¡Ya te cuento, te cuento sin error/ la sorprendente historia/ del árbol poeta que habla del verdor!”.

Chispas, charcos, chaparrones y chubascos aparecen aquí siempre alegres, acompañados de gatos cantores, coros de viento, gotas de rocío que llenan piscinas y lágrimas de nubarrón. Hay un cuento, “A descansar”, que retrata las “simples tardes” en un portal: tardes de mecedoras, brisas y ropas al viento; de perros que reposan en un cuarto y de la lluvia suavecita que cae por las noches.

Para conocer más sobre el proceso creativo y las razones de la autora, compartimos una breve conversación:

¿Por qué se ha dedicado a escribir para niños, niñas y jóvenes? Se lo pregunto porque la conocía como escritora de cuentos y de poesía para adultos, y sus tres últimas publicaciones se han enfocado en el universo infantil/juvenil.

Porque lo considero necesario en este momento. Como civilización navegamos en un mar de progreso tecnológico y de inteligencia artificial en el que no distinguimos con claridad lo que es humano y vital, dando destacada importancia a la palabra sacra de los infalibles algoritmos. Transitamos por líneas imprecisas sobre asuntos que conciernen a la ética –sobre todo una ética para la convivencia en la polis- y nos hemos habituado a una escala de valoración formulada desde la construcción individual (que no social) tomando diariamente el criterio de lo descartable al hablar de las personas.

Pareciera que lo más simple, lo que podríamos juzgar menos cargado de especialización, pasa a segundo plano. La literatura para niñas y niños es aparentemente simple, pero no lo es. Trabajar desde la sencillez, en este caso de la palabra, requiere puntería, precisión y esencia. Por eso es necesaria, porque esa aparente simpleza la convierte en un acto revolucionario en tiempos de tecnificación ampliada. Se apega a entender la esencia y vive “como si la gente importara”. Apela al asombro y al descubrimiento que genera la lectura.

Luego está el tema de los elementos naturales. La colección de Cuentos para un planeta y La canción de la lluvia abordan los elementos naturales que nos acogen. ¿Por qué estos temas?

Para hablar de una sostenibilidad de la vida que es válida para todas las especies y desde las pequeñas escalas. En los cuentos hay personajes entrañables como el grupo de hormigas laboriosas, la vida humana desde los ojos de un joven tucán, la pajarita justiciera que pide a los niños que vuelvan a jugar al parque. Otras piezas cuentan historias de interacción con entornos: bibliotecas y libros, el mar o el bosque, porque dan amplitud a la relación con espacios y objetos. Y algunas buscan dar profundidad a temas gruesos como el desplazamiento forzado, pero cuya narración permite un abordaje metafórico al sentimiento de partida.

Ese diálogo es parte de la responsabilidad que tenemos las viejas generaciones, en este caso, desde la literatura.

De Cuentos para un planeta a La canción de la lluvia hay un cambio de estilo: en el primero hay apenas guiños de frases en rima o en versos, mientras que el segundo está escrito todo en versos. En este sentido supongo que fue un reto nuevo. ¿Cómo fue el proceso?

Es correcto, fue un reto. Lo fue, primero, porque La canción de la lluvia quiere jugar con el aguacero. Desde la niñez aprendemos rondas infantiles sobre los chaparrones, a resguardarnos de la lluvia, a bañarnos con la lluvia. Trabajar este poemario requirió concentrar más esfuerzo en procurar ese juego, esa canción, la musicalidad de cada poema y entrar en el horizonte de palabras que la lluvia convoca.

La canción de la lluvia además convoca mi propia infancia. Es el recuerdo de una maestra que hizo muy feliz mis días de escuela y que me enseñó el primer poema en mi vida. El poema estaba relacionado al aguacero. La maestra se llamaba Graciela Mojica.

Algo que también lo distingue es que este poemario busca romper el miedo que pueden provocar las tormentas, con su potencial de convertirse en desastre natural. Ese perder el miedo significó construir la unidad de un conjunto que permitiera —con el juego, rimas y rondas— aflojar la tensión que puede producir el aguacero.

¿Qué le gusta de escribir para niños, niñas y jóvenes?

Lo que más me gusta de escribir para niñas, niños y jóvenes es la libertad para jugar. Jugar con la imaginación, con la fantasía y tener en mano enormes posibilidades creativas para dialogar entre las generaciones. Un buen escrito para la niñez es un buen escrito para el mundo adulto.

Escribo dándole rienda suelta a la niña que aún está en mí, que está en todas y todos, y lo hago con alegría. No puedo hacerlo de otro modo. Ser adultos es otra estación del tiempo, pero que guarda en su memoria esos instantes de lo maravilloso que es el descubrimiento del mundo. Por eso es tan importante la literatura infantil y juvenil.

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