29 de Sep de 2022

Café Estrella

El cuerpo como naturaleza y expresión

La inmemorial polémica, tanto en el escenario teológico como filosófico, sobre la primacía del alma sobre el cuerpo y la inmortalidad de...

La inmemorial polémica, tanto en el escenario teológico como filosófico, sobre la primacía del alma sobre el cuerpo y la inmortalidad de la primera sobre la corruptibilidad del segundo y fuente inacabada de debates en todas las formas de pensamiento, ha tenido en el arte y en el desarrollo de las ideas estéticas unas de sus más significativas reversiones cuando se trata de estigmatizar el uso de la corporeidad como expresión de la obra de arte. Y esto tiene su explicación porque el arte es una representación de la realidad que tiene como condición al acto de creación y reclama como referente el mundo como sustancia primaria. Al considerar la existencia del objeto como requisito de la representación el objeto pasa a ser la representación misma en la obra de arte, ya sea esta una abstracción o un esfuerzo por rescatar los detalles minuciosos de la realidad con el virtuosismo de la técnica.

‘Si el cuerpo puede simbolizar la existencia es porque la realiza y porque es la actualidad de la misma’, dice Maurice Merleau-Ponty y esa existencia de lo humano es lo que reclama la creación artística como insumo primario de la representación propia de la obra de arte y que, a pesar de las impugnaciones religiosas, ha sido un recurso obligado, motivo de estudios y teorizaciones para artistas de todas las épocas y en todas partes del mundo. La esencia de lo humano está en el cuerpo que lo revela como existente en el mundo y que le permite reconocerse en la percepción de su propio cuerpo y en los demás, y de la cual puede erigirse una noción totalizadora del hombre, ideal que en su momento reclamó el arte clásico griego y retomó como propósito universal el renacimiento.

La vinculación hecha por los mitos judeocristianos sobre la culpa del pecado original y la pecaminosidad del cuerpo dio origen a la proscripción de la naturaleza humana y de las formas naturales del reconocimiento del hombre de su ser en el mundo, y que sólo el arte con pálidas manifestaciones pudo rescatar a principios del siglo XV y posteriormente, apoyándose en esas premisas, la ciencia pudo reclamarlo como objeto obligado de estudio. Esa vuelta a la estima de lo humano como fundamento del arte y del conocimiento restableció los vínculos entre hombre y naturaleza y que la propia iglesia, a través de San Tomás de Aquino, reconoció como fundamento teológico y que en su momento Miguel Ángel utilizó como recurso al pintar en el ‘Juicio Final’ a sus personajes completamente desnudos, propósito malogrado por Daniele da Volterra (Braghettone), al recubrir las imágenes con lienzos para complacer el puritanismo del cardenal Biaggio de Cezzana.

Nuestras manifestaciones artísticas han recogido en alguna medida esa preocupación por restituir la voluptuosidad y la densidad del cuerpo como motivo de la obra de arte, ofreciendo desde diferentes concepciones teóricas y técnicas ejemplos gratificantes de un arte espontáneo y libre de prejuicios. Un recorrido por la breve historia de la plástica nacional nos pone en contacto con los desnudos del maestro Roberto Lewis cuyas bucólicas imágenes de musas y doncellas en obras como ‘Los tamarindos de Taboga’ y ‘El nacimiento de la República’, son reveladores, con un dominio de las formas del neoclásico; el uso del ‘canon hercúleo’ por Juan Manuel Cedeño en obras como ‘De vuelta a la tierra’; la voluptuosidad y la contingencia del cuerpo en las conocidas ‘gordas’ de Manuel Chong Neto; las humorísticas y lujuriantes ninfas zoomorfas de Guillermo Trujillo y las bellezas estragadas de Alberto Dutary y Brooke Alfaro son sólo muestras de una temática cuya intensidad aflora como motivo de la obra de arte como sustancia y propósito.

Arte y naturaleza constituyen una misma forma de presentar la excelsa revelación que es el cuerpo humano y el reconocimiento y protección de uno obliga a un paralelismo con la defensa del otro. Partes de una misma sustancia y productos de una misma metamorfosis generada durante milenios, no pueden segregarse en nombre de ningún dogma teológico, tecnológico o económico. La vuelta del arte a esos recodos íntimos del cuerpo humano es la expresión lírica que revela la dimensión cósmica del hombre en su relación con el universo que lo rodea.