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08 de Aug de 2020

Cultura

Una guerrera armada de pinceles

V erificamos por última vez la dirección antes de detenernos frente a una residencia ubicada en una de las lomas que atraviesan la urban...

V erificamos por última vez la dirección antes de detenernos frente a una residencia ubicada en una de las lomas que atraviesan la urbanización Dos Mares. Una voluminosa escultura en forma de pera, de color cobrizo, situada frente la entrada principal nos confirma que hemos llegado al taller de Olga Sinclair.

Una joven de ojos luminosos y cabello ensortijado sale a nuestro encuentro y nos guía por un corto pasillo en cuyas paredes se encuentran colgadas reproducciones de cuadros famosos, como por ejemplo “La joven de la perla”, del holandés Johannes Vermeer, y fotografías en las que la pintora aparece junto a personalidades de carácter internacional, como Hillary Clinton o el príncipe Felipe de España.

La asistente de la artista nos conduce hasta la sala-estudio, donde encontramos varios lienzos a medio terminar que reposan sobre un piso cubierto por manchones de diversos colores. El sofocante calor de la tarde, el olor a pintura y a disolventes que se desprende de los envases de plásticos de todos los tamaños y formas imaginables, la melodía “étnica” cuya percusión africana invita al baile, el espíritu vivaz de la artífice: todo contribuye a crear una atmósfera ‘intoxicante’, un espacio donde los pinceles y las brochas se mueven al ritmo de la música.

ACORDES Y PINCELADAS

La estrecha relación existente entre la pintura de Olga y la música fue forjada durante su infancia, en el seno familiar. Su padre, Alfredo Sinclair, es considerado el introductor de las tendencias abstraccionistas en Panamá. Sin embargo, cuando Olga era un niña de seis años que bailaba junto a su hermano Jorge en los barcos y cruceros que atravesaban el Canal, la obra del pintor no era tan conocida como lo es hoy en día, por lo que el presupuesto hogareño era limitado.

El creador, que hoy en día cuenta con 95 años de edad, solía pintar en la sala o en el balcón donde colgaban los pañales de sus tres hijos. Olga recuerda que cuando lograba vender una de sus obras (a veces hasta por cien dólares) la celebración familiar podía extenderse una semana. “Los vecinos nos tocaban la puerta y nos decían: ‘Venimos a felicitar al maestro Sinclair por la venta de un cuadro. Nos enteramos porque los escuchamos bailar todos los días”, rememora la artista, quien tuvo su primera exposición individual a los 14 años, en un concurso pictórico organizado por la empresa Xerox.

En su mente todavía está grabada la imagen de sus progenitores danzando al ritmo de los boleros de Benny Moré y de las rancheras de Javier Solís. El repertorio musical que se escuchaba en su casa, en la Avenida Nacional, incluía además óperas cantadas por María Callas. “La influencia de la música en mi pintura es visceral. No puedo pintar sin ella”, asegura la espigada artista mientras salta de un lienzo al otro (a veces trabaja hasta cinco al mismo tiempo) armada con una espátula. “Si no hubiera sido pintora lo más seguro es que estaría bailando en Broadway o con Madonna”, apunta con la jocosidad que la caracteriza.

ENCUENTRO CON LA PROPIA VOZ

Si de su madre heredó la cadencia en la danza y aprendió cómo llevar las riendas de un hogar, su padre le enseñó a convertir un lienzo en blanco en una obra con la capacidad de conmover a otro ser humano. Firmemente convencido de que a los niños no se les debía dar clases de pintura, ya que la teoría podía “cortarles las alas como artistas”, el maestro esperó hasta que Olga entrara en la adolescencia para entonces dar comienzo a su instrucción con los pinceles.

Si bien su padre la alentaba, a pesar de que siempre obtenía malas calificaciones en la clase de educación artística, pues a diferencia de sus compañeros de clase, ella “era la única que no calcaba”, a su madre le preocupaba el hecho de tener otro artista en la familia. Fue por ello que Olga tuvo que seguir los pasos de sus primas y tías y matricularse en el Instituto Normal Rubiano, donde aprendería la metodología de la enseñanza. “Mi madre pensaba que si no tenía éxito como pintora al menos podría conseguir trabajo como profesora de arte”, explica.

Para cuando finalizó el sexto año, su padre era ya un pintor reconocido, no sólo a nivel nacional sino también en el exterior. La economía familiar mejoró significativamente, lo que le permitió al matrimonio Sinclair enviar a la risueña y talentosa adolescente a España. En el Museo del Prado, en Madrid, la artista se maravillaría ante las pinturas de Goya y Velásquez.

Luego de una estadía de tres años en Europa, Olga retornó a Panamá para cursar la carrera de Diseño de Interiores, lo que le sirvió para aprender a manejar los volúmenes y los espacios. Poco a poco se fue dando cuenta de que el hecho de ser la hija de un pintor consumado podía ser, más que una bendición, un obstáculo en su carrera. “Al principio todo el mundo decía que mi padre me pintaba los cuadros. O sea, que tenía tiempo para pintar los de él y los míos”, dice mientras ríe con ironía.

Confiesa que sus primeras obras estaban muy influenciadas por el trabajo de él, hasta el punto de que hubo personas que afirmaron que se trataba de “fotocopias”. No obstante, con el paso del tiempo fue desarrollando su propia voz, logrando escapar de la órbita artística de su progenitor. Un evento que contribuyó a su independencia pictórica fue el nacimiento de sus dos hijas (Natasha y Susana), que vinieron al mundo durante una prolongada estancia en Indonesia. “Recuerdo que durante el primer año de vida de mi hija Natasha pinté un total de 38 obras, que fueron exhibidas en el Museo de Arte Contemporáneo. Fue en ese momento en el que mi pintura empezó a tener más autonomía. Entonces me di cuenta de que las mujeres contamos con un potencial creativo importantísimo”, asevera.

APUESTA POR SÍ MISMA

A sus 95 años de edad, pareciera como si Alfredo Sinclair hubiera cedido el protagonismo a su hija Olga, quien se ha hecho un nombre propio en el mundo del arte, no solamente a nivel local, sino también en Colombia y México, país que visita alrededor de seis veces al año y donde próximamente expondrá algunas de sus obras en el Palacio de Minerías de la capital. En el 2004, año en que el Convenio Andrés Bello le concedió un premio a su padre en reconocimiento de su extenso recorrido artístico, Olga fue invitada a Colombia para exhibir sus cuadros en una muestra itinerante que recorrió las ciudades de Bogotá, Cartagena y Santa Marta, y que fue visitada por cientos de personas.

Como toda historia de éxito, la suya no ha estado exenta de sacrificios. El hecho de ser una mujer que goza de un alto perfil tanto artístico como social provocó ciertas fricciones en su matrimonio, poniendo fin a una unión que se prolongó durante 21 años. “Todavía existe la mentalidad de que el hombre debe ser el que triunfe y que la esposa debe seguir sus pasos. Yo tuve que pagar el precio de mi éxito”, asegura.

A sus 52 años de edad (38 consagrados a la pintura), afirma no arrepentirse de las decisiones tomadas en el pasado, ya que las mismas le han permitido convertirse en una “mujer con autonomía, rica en virtudes” al contrario de una “mujer sumisa, que solamente está dedicada su hogar”.

Y es que, a pesar de definirse como una persona espiritual, su carácter apasionado le imposibilita cualquier acto de verdadera abnegación, más con el talante férreo que heredó de su madre. “Ella era hija de un indio de la sierra, que se llamaba Serafín Ávila. Por otro lado, mi abuelo paterno era escocés. Llegó a Panamá durante la construcción del Canal. Por mis venas corre sangre británica, guerrera, templaria”, manifiesta.

Como una persona que siempre procura extraer algo positivo de la adversidad, comenta que la soledad le ha permitido abrir puertas en su interior, logrando así un mejor conocimiento de sí misma. A lo largo de este proceso introspectivo una revelación llegó a ella, asomándose como las misteriosas lunas que últimamente aparecen en sus lienzos: la pintura no es su verdadero llamado en la vida, sino tan sólo una herramienta, una plataforma desde la que es posible tocar otras almas. Y tal vez conmoverlas, con la facilidad con la que se conmueve ella cuando observa las manos de un bebé, cuando escucha una ópera que toca la más profundas fibras de su ser, cuando contempla un cuadro de Vermeer o relee “Memorias de una Geisha”, de Arthur Golden, cuando durante una tarde solitaria recibe la visita de un amigo que llega con flores o una botella de vino, cuando, al caer el sol, múltiples colores se fusionan sobre la bóveda celeste.. Es en estos momentos cuando la sonrisa que casi siempre exhibe en su rostro se desdibuja, y aflora el lado más vulnerable de esta artista con voluntad de acero.