21 de Feb de 2020

Cultura

Con el jazz a la puerta

Es un día que se vive al ritmo de la música, como cualquier otro en la residencia de la familia Pérez. Danilo canta junto a su hijo de 1...

Es un día que se vive al ritmo de la música, como cualquier otro en la residencia de la familia Pérez. Danilo canta junto a su hijo de 10 años, guiándolo a través de sus pininos musicales. Mientras ambos se divierten entonando melodías latinas, un técnico se afana en arreglar la lavadora del hogar. Luego de unas siete u ocho horas de arduo trabajo, el individuo alcanza su objetivo. Curioso por los sonidos que se escapan de la vivienda, se acerca hacia donde practica la pareja de músicos. Es entonces cuando Danilo, quien lideriza una orquesta local, le entrega un rallador de zanahorias, invitándolo a tocar junto a ellos. Embriagado por el placer que experimenta al tratar de extraerle notas al improvisado güiro, el hombre se olvida por completo de exigir el pago por sus servicios. Cuando, después de una hora, Danilo finalmente le pregunta cuánto le debe, el individuo atina a responder: “No, señor. Ustedes ya me pagaron. Yo soy el que les debo por haber tocado junto a ustedes”. La experiencia también sería inolvidable para el hijo del músico, que se llamaba Danilo, al igual que su progenitor.

Años después, durante la invasión militar de Estados Unidos a Panamá, Danilo Pérez (hijo), quien para esos años ya había tocado con músicos consagrados como Jon Hendricks, Terence Blanchard, Claudio Roditi, Paquito D' Rivera y Arturo Sandoval, entre otros, volvería a ser testigo del poder que posee la música para transformar la vida de las personas e, incluso, para unirlas en las circunstancias más adversas. Una semana después del comienzo de las acciones bélicas, el pianista tomó la decisión de ofrecer un concierto junto a otro ícono de la música panameña: Osvaldo Ayala. Más de 200 fanáticos atiborraron el Club Paradise, un centro nocturno que estaba ubicado en la Avenida Ricardo J. Alfaro y que supuestamente tenía una capacidad máxima de 150 personas. A pesar del clima de tensión que reinaba en ese entonces en la capital, y de la presencia de personas de todas las tendencias políticas y clases sociales entre el público, el recital transcurrió sin incidentes, lo que impresionó al jazzista.

“El poder más importante que tiene la música es el poder de convocatoria, es la capacidad para suscitar un gran impacto en la sociedad. A través de ella es posible enseñarles a los niños valores como el respeto, la disciplina, el trabajo en grupo, la humildad”, comenta Pérez sentado en una banca de la Plaza Herrera. La luz veraniega resplandece sobre su frente, sobre sus canas incipientes, sobre el empedrado colonial. A unos cuantos metros de distancia se levanta el edificio del antiguo conservatorio de música, que hoy en día alberga las instalaciones de la Fundación Danilo Pérez. En el interior de este inmueble las notas musicales procedentes de diversos instrumentos flotan en el resplandor matutino que penetra por la ventana circular que se alza por encima de la puerta principal. Faltan unos cuantos días para el inicio de la séptima edición del “Panama Jazz Festival”, y en lo constituye el centro de operaciones de este proyecto, uno de los tanto que Pérez ha impulsado en su tierra natal, varios voluntarios ultiman detalles y atienden a los periodistas que arriban al lugar sedientos de información. Otros se acercan a preguntar la fecha de llegada de Ellis Marsallis, Dee Dee Bridgewater, Joe Lovano o alguno de los otros célebres jazzistas que estarán arribando al Istmo a partir del lunes 11 de enero, cuando la ciudad de Panamá se convierta nuevamente, al menos hasta el próximo sábado, en la capital jazzística de la región.

El músico nominado en varias ocasiones al Premio Grammy considera que el mayor desafío que ha enfrentado durante estos siete años a cargo del “Panama Jazz Festival” ha sido el de tratar de concienciar a su equipo de trabajo, conformado principalmente por voluntarios, a la empresa privada y al pueblo en general para que “vean con luces largas y aseguren la sostenibilidad de este proyecto”. “El festival ha crecido mucho más que el apoyo económico que recibe”, puntualiza el compositor, vestido de negro y con un chaleco celeste del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

Lo que comenzó en el 2003 a partir del esfuerzo de un equipo de voluntarios nerviosos, se ha transformado en un evento que actualmente se prolonga durante dos semanas, incluyendo las actividades relacionadas con el programa infantil de la Fundación Danilo Pérez. A pesar de su magnitud, el pianista asegura que el festival es mucho más que una oferta cultural de calidad. Para él, se trata de una “convocatoria educativa” de alcance internacional, en la que destacados jazzistas estarán dictando clínica y talleres musicales. Las actividades didácticas tendrán como escenario el Centro Educativo Ascanio Arosemena y arrancarán mañana lunes a partir de las 9:00 a.m. +3B

Gracias a una gradual profesionalización del equipo que labora en la organización del festival, el intérprete ha podido ir delegando funciones relacionadas con la preparación de esta cita musical. Tal parece que esta tendencia seguirá en el futuro, dado que la agenda del pianista se torna c ada vez más apretada.

ALCANCE GLOBAL

Compositor y pianista, integrante del cuarteto del saxofonista estadounidense Wayne Shorter, Embajador de Buena Voluntad del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), director del “Panama Jazz Festival” y de la fundación que lleva su nombre, esposo y padre de dos hijas, Daniela y Carolina, Pérez es un hombre vital y polifacético. “Mis vacaciones son cuando paso de un trabajo a hacer otro”, dice con su sonora risa.

Como si fuera poco, el año pasado el Berklee College of Music, una de las entidades que colabora con la Fundación Danilo Pérez y que tiene su sede en Boston, Estados Unidos, anunció la creación de un Instituto Global de Jazz, cuya dirección recaerá en el veterano músico. Este proyecto, en el que estarán participando jazzistas foráneos, tendrá como objetivos promover a la música como herramienta de cambio social, desarrollar la creatividad artística mediante una relación más armoniosa con la naturaleza e impulsar programas interdisciplinarios cuyo rango de acción será global.

Paralelamente a sus funciones al mando de este flamante instituto, cuya presentación oficial se llevará a cabo la semana entrante en el marco del “Panama Jazz Festival”, el creador de discos como “Panamonk” (1996) y “Central Avenue” (1998), estará grabando un nuevo álbum en el mes de febrero, bajo el sello de Mack Avenue Records. En esta producción discográfica, que incluirá una versión del conocido bolero “Historia de un amor”, Pérez trabajará junto a músicos de la India, Iraq, Libia, ente otras nacionalidades. “El instituto requiere que sea más artista que maestro. Es un trabajo que se relaciona mucho con la labor de un mentor. En realidad, voy a tener la oportunidad de tocar más, ya que tengo que llevarme a los estudiantes de gira”, señala quien el año pasado fue objeto de un reconocimiento, junto a otros panameños destacados, como el profesor Adán Ríos, entre otros, por parte del Centro Latino del prestigioso Instituto Smithsonian.

UN AÑO DE NOTAS BAJAS Y ALTAS

La obtención del Legacy Award del Smithsonian, que le fue concedida el pasado mes de octubre, le permitió a Pérez cerrar el año 2009 con una nota elevada, después de varios meses de padecimiento físico a raíz de una ruptura del tendón de Aquiles. La misma ocurrió durante el mes de junio, mientras jugaba con una de sus hijas. “En uno giro, el tendón se trituró totalmente. Fue uno de los dolores más fuertes que he sentido en mi vida”, describe Pérez, quien pasaría cuatro meses en terapia intensiva, aprendiendo nuevamente a mover el pie. Durante este tiempo tuvo que alejarse de los escenarios. Sólo hasta el mes de noviembre pudo participar nuevamente de una gira musical.

Además de interrumpir su agenda de presentaciones, el accidente también mermó lo que parecía ser un metabolismo infatigable. El músico, quien nunca había dormido más de cuatro o cinco horas, confiesa que después de someterse a una operación necesitó siete horas de sueño. La necesidad de más descanso le ha hecho cambiar su horario de trabajo: aunque siempre ha preferido componer de noche se acostumbró a hacerlo por las mañanas. “He comenzado a practicar de nuevo. Desde que nació mi hija no había practicado diariamente en el piano”, indica quien fue el primer jazzista en tocar con la Orquesta Sinfónica de Panamá.

CAMALEÓN MUSICAL

Efusivo por naturaleza, espontáneo e impredecible como las piezas que interpreta en el piano, Pérez explica su versatilidad como compositor en el hecho de que el panameño es un ser “biomusical”, empleando un término empleado en la terapia musical, disciplina utilizada por su esposa, Patricia Zárate, en su trabajo con infantes. “El panameño puede hacer salsa, tango, rock , reggae.. somos un bufete musical. Esto se debe a la posición geográfica, que ha tenido un impacto cultural”, señala con entusiasmo casi infantil.

A lo largo de su carrera, Pérez ha tenido la oportunidad de grabar y de compartir escenario con intérpretes de la talla de Dizzy Guillespie, Jack DeJohnette, Tito Puente, Wynton Marsalis y Wayne Shorter. En sus discos, entre los que destaca “Motherland” (2000), que recibió dos nominaciones al Grammy, ha explorado lo que el mismo define como “global jazz”, fusionando melodías propias del género jazzístico con ritmos latinos, incluyendo tonadas del folclor panameño. “Yo siempre he dicho que soy un camaleón del jazz. Para mí no existen barreras. Opino que el músico es un ser sumamente sublime. Somos como magos: tratamos de hacer lo invisible, visible”, precisa el pianista, quien este año saldrá de gira acompañado por los integrantes de “21st Century Dizzy”, un colectivo que honra la memoria de su mentor Dizzy Gillespie, una verdadera leyenda del bebop.

Considera que su labor en la Fundación Danilo Pérez, creada en el año 2005, le ha ayudado a percibir la música no solamente como un telescopio a través del cual se puede ver más allá, una idea que le inculcó su padre. O como una especie de “pasaporte” estelar mediante el cual puede desempeñar el cargo de “embajador galáctico”, que en una ocasión le asignó humorísticamente Wayne Shorter. “Necesitaba algo más concreto. Me ha ayudado a equilibrarme, porque no todo es tocar y estar sobre los escenarios. El ayudar a alguien a levantar un piano o trabajar para ponerle a alguien un plato de comida en la mesa me ha otorgado una perspectiva más profunda”, indica. Tal como sentenció su héroe, el jazzista estadounidense Herbie Hancock, durante una entrevista para una publicación norteamericana, Pérez “no le teme a nada”. De manera osada, siempre se afana por ampliar los horizontes de su propuesta musical. Dista mucho de ser un talento reclusivo, un genio apartado del mundo. Al contrario. Propicia el contacto, como si estuviera siempre a la caza de vibraciones: en la risa de un viejo amigo que se encuentra en la acera, en el trino de un ave, en la canción que un señor vestido con suéter y gorra de béisbol entona en alabanza a Dios. Todo será traducido, reenfocado a través de esa “lupa donde mira la vida, la música”.