12 de Ago de 2022

Cultura

Cantos de CANTALANTE

La abuela tarareaba mientras el tiempo le prestaba lejanos recuerdos de su juventud. Casas de quincha y tejas de barro son testigos.

La abuela tarareaba mientras el tiempo le prestaba lejanos recuerdos de su juventud. Casas de quincha y tejas de barro son testigos.

Muy de cerca, desde la iglesia, el patrono San Bernardo custodia cada paso, cada canto, cada poesía, cada sonrisa y cada llanto. Un coro de engalanadas y alegres mujeres que apresaba la noche se iba acercando. Junto a ellas ensombrerados caballeros repicaban enérgicos sus tambores.

Cerca, estaba la cantalante repleta de versos que atrapan historias de grandes amores y costumbres campesinas. Después de un profundo silencio ella cantó su primera copla. ‘Que viva La Palma mía, la tierra de mi vida y de mis alegrías’, moduló con voz firme.

Allá mismo, en La Palma de Las Tablas, platicamos con las cantalante Dalvis Cerrud, Saturdina Cedeño Escudero y Nilka Escudero, madre e hija.

Dalvis Cerrud recorría las fatigadas calles que la vieron crecer. La cantalante, de cabellera larga y gris, y una mirada de recóndita inocencia, con pasos fuertes a los sentidos, caminaba. El tiempo que compartimos con ella fue agradable. La armonía de sus cantos y la simpatía de sus versos nos consintieron. Su ilustre poesía dejó entrever la espera de mejores días y un corazón entristecido pero todavía fuerte.

‘La ilusión que vez en mi mirada guarda los versos, los cantos y las coplas de mi corazonada. Mis versos envuelven la luz de cada mañana, mi canto un glorioso atardecer, mis coplas los recuerdos de una noche ilusionada y mi corazonada los sentimientos de La Palma que me supo querer’, entonaba Dalvis.

Con una voz más cansada hallamos a Saturdina Cedeño Escudero. La cantalante nos recibió con la más tierna de las sonrisas. Su poema acoplado fueron sus primeras palabras: ‘En La Palma ahora vos estás, tierra de mis amores, mis hijos y mis ilusiones. Cuando te vayas debes saber que regresarás, has conocido un corazón, lo despertaste y ahora ella te esperará’, recitó a modo de saludo.

Solo bastó voltear para topamos con Nilka Escudero, cantalante e hija de cantalante. No pasó mucho tiempo cuando nuestra curiosidad sobre este hecho encontró respuesta. ‘Para ser una cantalante se necesita voz, habilidad para las coplas y sentir, sentir muy adentro, al campo. Mi madre ha sido mi fuente de inspiración,’ señaló con firmeza la más joven de las tres cantalantes.

Antes de partir hablamos con la maestra Lilia Samaniego, octogenaria y oriunda de La Palma. Muy pronto, con gran entusiasmo resonaron en su voz las más grandes cantalantes de su tierra palmeña. Sus ojos brillaban cada vez que las mencionaba.

Habló con entusiasmo de la cantalante Viviana Cedeño, a quien tienen en especial consideración los lugareños de este pequeño pueblo. ‘Viviana era de calle arriba’, me dijo sonreída. ‘Tan de calle arriba, que si a uno de sus nietos lo veía en calle abajo, ese día no comía. Eran tiempos de carnaval’, me dijo.

Eso de calle arriba y de calle abajo parece ser una cosa muy seria en La Palma. Tanto es así que durante todo el año los de un lado averiguarán todo lo que puedan saber del otro. La pelea es de tu a tu, pero con cantos llenos de poesías, versos y coplas. Allí, en el calor del carnaval, cuando se encuentren las dos tunas en el topón, todo, todo se sabrá.

Ilusionada, Doña Lilia continuaba el llamado de otras grandes cantalantes del lugar. ‘Todavía siento escuchar los versos de Natividad Ballestero, Eduviges Cedeño, Emilia Bonilla y Cornelia Vásquez. Puedo decirte que cada una de ellas hizo poesías de la vida cotidiana de nuestra gente. Desde que tengo memoria escucho cantar las cantalantes’, contó.

A la usanza interiorana, llegaron las viandas. La comida y la bebida no faltaron. Mientras el tiempo hacía su marcha inexorable, yo guardaba en mi memoria cada instante. Ojalá pudiera meter todo esos recuerdos en uno de esos aparatos pequeños que parecen tener el don del eterno almacenaje.

Luego de un espacio mudo Lilia Samaniego, mujer de ojos claros y cuerpo frágil, explicaba: ‘Las cantalantes son expresión de la pollera, del montuno, del sombrero junco, del tamborito y la comida típica. Ellas cantan sobre la cosecha del arroz que se recogió y sobre la cosecha del arroz que se perdió, del hijo que nació y del hijo que se fue, del amor que perduró y del amor que nos abandonó’.

¿Qué tanta falta habrá hecho la cosecha que se perdió? ¿Quién habrá sido el profano que abandonó a su amada? ¿Y qué tanto dolor habrá causado el hijo que se fue? me pregunté. Sin duda los años hacen al ser humano más agudo, sensitivo y perspicaz sobre entorno que lo acaricia.

Después de tantos encuentros, un grupo de mujeres, todas con cabelleras de luna, se nos acercó. Estaba Doña Cheva, Doña Melina, Doña Lolo, Doña Chacho y Doña Felicia. No faltó el café. El solo aroma inundó las tejas de barro que nos protegía del ardiente sol. Era difícil dejar el lugar, sentimientos y ataduras nos habían atrapado. En medio de sonrisas, como sabiendo que un pronto regreso nos esperaba, nos despedimos.

Más adelante don Israel nos detuvo. La sapiencia de un hombre de campo se desbordaba en su rostro. Fue grata la conversación. Nos habló del caballo que nunca lo abandonó, de amores que se fueron y luego regresaron y, sobre todo, de cómo los tiempos cambiaron. Don Ismael estaba en el parque, frente a la iglesia que abriga a San Bernardo, un joven patrono de ojos celestes.

A la salida nos encontramos a la abuela que tarareaba los cantos de la cantalante. Levantó la mirada tímida. Luego su mano, en tono de una efímera despedida.