17 de Oct de 2021

Cultura

No fui yo, fue Teté

MÓNICA MIGUEL. S upongamos que un día salen grandes titulares en las noticias de este país: ‘Tenemos pruebas de que una española rubia,...

MÓNICA MIGUEL

S upongamos que un día salen grandes titulares en las noticias de este país: ‘Tenemos pruebas de que una española rubia, con un extraño corte de pelo ha entrado en una tienda de lujo de la localidad y ha robado varios artículos’ digo, por poner un ejemplo, les aseguro de que por mucho que se parezca a mí la descripción, ni siquiera me inmutaría. Es decir, no he sido yo, ¿por qué tengo que preocuparme?

Tampoco me inmutaría ni un poquito si amenazaran con sacar cualquier tipo de fotos o videos supuestamente míos, porque sé qué fotos me he sacado en toda mi vida y respondo de todas y cada una de ellas. ¿Adonde quiero llegar con todo esto? A que el que no la debe, no la teme, ni un poquito. Una de las enseñanzas que mejor recuerdo de toda mi carrera fue la del profesor de ética filosófica, cuando nos decía: ‘La mejor manera de saber si lo que vas a hacer es ético o no, es pensar en que saldrá al día siguiente en primera plana de todos los periódicos, si no te gusta la idea, no lo hagas’. Lo que no es limpio se esconde, los negocios turbios se hacen en la sombra y el disimulo ha sido el gran aliado de los tahúres. Pero eso se les está dificultando cada vez más. En esta época donde todo se acaba sabiendo, en un país donde hay seis millones de teléfonos y donde cada teléfono es una cámara y una grabadora, ¿se imaginan la cantidad de posibilidades que tienen de que lo que ustedes hacen o dicen haya quedado registrado en algún sitio?

Ahí es donde la cosa se pone fea, porque la sociedad actual es el epítome de la irresponsabilidad. Todos queremos hacer nuestra santa gana y nos llenamos la boca gritando libertad, sin lograr entender que la maldición que conlleva la libertad es la responsabilidad. Desde luego que eres libre de robar, pero asume que si te pillan debes ir preso mientras te señalan con el dedo, claro que puedes estafar, pecular, sobornar, cobrar coimas o lo que sea que desees hacer para sentirte más macho y más listo que los demás, pero cuando tu juega vivo te salga mal y te pillen, a ver si logras conservar un poquito de dignidad para asumir las consecuencias de tus actos.

Varias veces he clamado en esta columna por esto mismo, soy la primera en defender la libertad y en reclamar castigo para los que hagan mal uso de ella. Así de claro. Lo que es una vergüenza es que permitamos que los pájaros les disparen a las escopetas y que los culpables de un delito se escuden en su buen nombre llorando lágrimas de cocodrilo, un buen nombre que por otra parte, no es más que una fachada, porque detrás no son más que golfos apandadores que pretenden echarnos arena a todos en los ojos.

Algunos en este país últimamente incluso se dan el tupé de irse a donde los jueces y reclamar ‘pégale, pégale que él fue’. Me quemé con el café, la culpa es del que me lo vendió. No es mía por no tener cuidadito y soplar antes de poner mi lengüita en contacto con el líquido ardiente. Los niños están obesos, la culpa es de las empresas de comida rápida. No de los padres que los tullen a comida chatarra porque es mucho más fácil que romperse la cabeza y las amígdalas tratando de que coman comida saludable. La gente tiene miedo ante la ola de inseguridad, pero la culpa la tienen los periodistas que sacan a los muertos cada día. Me llaman ladrón pero la culpa no es mía por robar, sino del que me puso la trampa y me grabó.

Al que le quede el traje que se lo ponga.