26 de Feb de 2020

Cultura

El Superman de Los Andes

El 13 de octubre del año pasado el chileno Mario Sepúlveda ascendía de las entrañas de la tierra a bordo de la cápsula ‘Fénix 2’. Fue el...

El 13 de octubre del año pasado el chileno Mario Sepúlveda ascendía de las entrañas de la tierra a bordo de la cápsula ‘Fénix 2’. Fue el segundo de los 33 mineros en volver a sentir la luz del sol sobre su rostro, tras pasar 70 días atrapado en la mina San José, en el noroeste de Chile. A pesar del infierno que le tocó vivir , el minero, que en ese entonces tenía 39 años, salió a la superficie haciendo bromas y saludando como una estrella. ‘Hay muchos niños en Chile que sacaron el póster de Superman de su dormitorio y pusieron a Mauro Sepúlveda. Dios me ha dado esta segunda oportunidad en la vida, para transmitir un mensaje, para que los niños puedan creer en este milagro’, manifiestó durante un conversatorio realizado recientemente en Panamá.

El calvario de Sepúlveda y sus compañeros se inició el cinco de agosto del 2010, cuando un derrumbe en un yacimiento minero ubicado en el desierto de Atacama los dejó atrapados a 700 metros de profundidad. Diecisiete días después el grupo fue encontrado con vida. Mediante el uso de una máquina perforadora Schramm T130 (que formó parte de lo que se conoció como el ‘Plan B’), los socorristas lograron alcanzar los 623 metros de profundidad. El mundo entero siguió con atención el ascenso de cada uno de los mineros, que se extendió durante aproximadamente 48 horas.

LAS LEYES DEL ENCIERRO

‘Fue muy divertido estar allá dentro’, asegura Sepúlveda con un humor inquebrantable, que quedó recogido en algunos de los videos que los mineros enviaron a los equipos de rescate desplegados en la superficie durante su prolongado encierro. En varios de ellos solicitaba un asado cuando salieran a la superficie. Una vez en el exterior, mientras era llevado en camilla hacia un chequeo médico, no perdió la oportunidad para recordárselo a quienes lo socorrían.

Para Sepúlveda su rescate fue posible gracias a un ‘trabajo en equipo extraordinario, con una humildad de alto nivel’. En medio de la desesperación y la penumbra, sus compañeros y él se vieron forzados a hacer sus ‘propias leyes’. Una de ellas los conminaba a cuidar su tono de voz cuando se comunicaban entre sí. A diferencia del mundo de la superficie, donde los roces interpersonales son inevitables, en aquella mina soterrada discutir de una mala forma podía tener consecuencia fatales, sobre todo porque no había forma de evitar a la persona con la que se había tenido un altercado.

Debido al encierro perdió la mitad de su dentadura. Más no la fe. Para él y sus compañeros -entre los que había evangélicos, católicos, mormones, testigos de Jehová, etc- lo verdaderamente importante era que todos se encontraban en la misma situación. Lamenta que algunos hayan desechado esta espiritualidad una vez el peligro quedó atrás.

Reconoce que en su angustia llegó a cuestionar muchas cosas, a hacerse preguntas difíciles entre lágrimas. En aquella oscuridad se sintió igual que Jesús, tentado y vigilado por el diablo. Si bien siente que su fe pasó la dura prueba, algunas de las interrogantes que germinaron en la profundidad quedaron sin respuestas. Son dudas que guarda en la veta más recóndita del alma, para soltarlas cuando llegué el Juicio Final, y esté cara a cara con el Creador.

LOS PELIGROS DE LA FAMA

De voz ronca y personalidad campechana, y ojos claros que parecieran escudriñar a su interlocutor, Sepúlveda confiesa que su inusitado estatus de celebridad internacional ha resultado una carga por momentos. ‘No me gustan las extravagancias. Me incomoda sentarme en una mesa elegante. A muchos de nosotros no nos enseñaron esa cultura. No tengo intención de reeducarme’, advirtió el minero antes de sentarse a almorzar con algunos representantes de los medios de comunicación local. Los meseros del Club Unión se desvivían por atenderlo. Los invitados se ponían en fila para tomarse una foto con él.

A pesar de que su fama le ha permitido recorrer varios países del continente americano, y de que su historia será próximamente plasmada en una película y, por lo menos, en un par de libros, Sepúlveda siempre está atento a los peligros inherentes a la notoriedad. Se muestra cauteloso frente a los reporteros, sobre todo aquellos que lo reciben con mucha parafernalia. Evita caer en el juego de algunos ‘periodistas antiéticos’ que andan tras un jugoso titular.

CUANDO LA POLÍTICA SALE SOBRANDO

Si bien está consciente de la popularidad de la que goza en Chile, niega tener aspiraciones políticas. ‘Creo que, hoy en día, los políticos están de más en el mundo. Los colores y los credos políticos cierran muchas puertas y ponen trancas a quienes realmente desean trabajar por el bien de la sociedad’, subrayó con un carisma del cual le es casi imposible desprenderse.

Descartado el terreno político, apunta que está interesado en crear una fundación para defender los derechos de la mujer. ‘Como no tengo madre, ya que la mía falleció durante mi nacimiento, quiero ser un hijo protector para ellas. Creo que en el mundo hay muchas mujeres maltratadas tanto física como psicológicamente’, apuntó.

Mantener su humor, positivismo y sensibilidad social y dejar atrás el horror de aquellos 17 días en los cuales sus colegas y él no tuvieron contacto alguno con la superficie no ha sido fácil. Para conseguirlo ha tenido que aplicar todo lo que aprendió en la ‘universidad de la calle’. ‘La vida ha sido muy cruel conmigo. Me ha maltratado mucho y eso me ha hecho más fuerte’, explicó. La visión de la vida, del bien y del mal, que le quedó después del accidente sólo queda totalmente revelada al término de la entrevista:

¿Lo que no te mata te hace más fuerte?

Sí. Pero para hacer el bien... Esta nueva vida me pudo haber dado fuerzas para hacer el mal.