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18 de Jan de 2021

Cultura

La ciudad de la basura

La mujer camina con sus dos hijos de la mano. Tienen entre cinco y siete años. Visten camisa de cuadros, jeans y mochila a la espalda. S...

La mujer camina con sus dos hijos de la mano. Tienen entre cinco y siete años. Visten camisa de cuadros, jeans y mochila a la espalda. Su húmedo y brillante cabello, cuidadosamente peinado hacia un lado, evidencia la reciente ducha y aumenta aún más la sensación de limpieza que dejan al pasar. Mientras caminan, los niños paran a saludar a otros dos niños de más o menos la misma edad, que van pasando en una camioneta. Pero no van dentro de ella, sino en la cima de una montaña de bolsas cargadas en el vagón. Van sucios, negros de mugre, desde el pelo hasta los pies. De hecho, lo que llevan debajo suyo, en las bolsas, es basura. Al igual que lo es el contenido de los cientos, miles de bolsas que se amontonan en todas las direcciones, en todas las esquinas y en todas las calles.

Basura. Orgánica e inorgánica. Plástico, papel, cartón, metal, y toda clase de desechos humanos, inhumanos e infrahumanos. En cualquier otro momento, en cualquier otro lugar, la visión de una madre llevando a sus hijos a la escuela, por más acicalados que vayan, no ofrece nada extraordinario. Pero en el barrio de Moqattam, la imagen toca un nervio. Es como una colisión en la oscuridad. Después de varias horas en las entrañas de esta ‘ciudad de la basura’, la resplandeciente pulcritud de los niños en medio de la mayor acumulación de mierda —disculpen la palabra— que jamás he visto me fuerza a replantearme mis ideas acerca de lo limpio y lo sucio, lo salubre y lo insalubre y, creo yo, lo bueno, lo malo y la vida misma.

INMIGRANTES Y CERDOS

Pero empecemos por el principio. La historia de Moqattam y sus habitantes, conocidos como Zabbaleen —‘gente de la basura’ en árabe egipcio— no es la típica tragedia tercermundista. Los Zabbaleen han sido el servicio de recolección de basura de la ciudad de El Cairo desde hace 80 años. Cuenta la historia que decenas de familias campesinas cristianas llegaron a la ciudad en los años 30 y 40 procedentes de Asyut, una región del sur egipcio. Es difícil saber si su intención original fue recolectar basura. En todo caso, al llegar a El Cairo descubrieron que el trabajo ya estaba tomado. Los Wahiya, un grupo que había llegado alrededor de 1910, tenían el monopolio de la basura de la ciudad.

Los Zabbaleen, sin embargo, tenían algo que los diferenciaba de los Wahiya, y del 80% de los egipcios: eran cristianos y, por ende, podían criar cerdos. Su primera incursión en el mundo de la basura cairota, entonces, fue un acuerdo con los Wahiya mediante el cual los Zabbaleen les compraban el desecho orgánico para dárselo de comer a sus cochinos.

El acuerdo transformó por completo la recolección de basura en la ciudad. Básicamente, la necesidad de conseguir el desecho orgánico fresco llevó a que los Zabbaleen comenzaran a recolectar la basura por sí mismos, en carros tirados por burros. Los Wahiya asumieron un rol de mediadores y administradores, conservando el derecho a los pagos que cada casa debía hacer por el servicio, mientras que los Zabbaleen obtenían la basura —toda— en propiedad.

EL JEFE ZABBALEEN

Lo que salió de ésta colaboración fue nada menos que el servicio de recolección de basura más eficiente del mundo. Todas las mañanas, cientos de carros abandonan Moqattam hacia distintas partes de la ciudad, recolectan la basura y la traen de vuelta. Los desechos de varios millones de personas —ocho toneladas diarias— son entonces sorteados y reciclados. Al frente de éste gran esfuerzo logístico está Shehata Mekades, líder de los Zabbaleen. Su casa, en una colina, es la mejor de todo el barrio. En su terraza cuelgan varios cuadros con símbolos cristianos. Junto a Jesús, la virgen María y varios patriarcas coptos, hay también varios retratos suyos. Mientras conversamos y tomamos té, sus grandes ojos negros parecen mirarme desde todas las direcciones. ‘Mi familia llegó aquí hace 80 años. Hace 50, había sólo 123 personas trabajando aquí. Ahora hay 72 mil’, me cuenta, con una expresión de orgullo herido, como queriendo dejar algo claro antes de entrar en materia.

Los Zabbaleen están amenazados. Desde 2003, el gobierno ha subcontratado a empresas extranjeras para recolectar la basura de la ciudad sin ofrecerles ningún tipo de compensación. La lucha ha sido larga, y aún no ha terminado, pero el golpe mortal fue quizá el que se les propinó en 2009 cuando —usando la excusa de la gripe AH1N1, o gripe ‘porcina’— el gobierno ordenó el sacrificio de 300 mil cerdos. La controversia fue grande, y el gobierno egipcio fue criticado por numerosas organizaciones nacionales e internacionales. Poco a poco, los motivos para la matanza empezaron a convertirse en malas excusas que cambiaban casi a diario.

En los ojos de Shehata se adivina el motivo que todos sospechan. Los Zabbaleen son cristianos, los cerdos son animales impuros en el Islam y la recolección de basura es un negocio multimillonario. Sólo hay que unir los puntos. Pero los problemas de los Zabbaleen no son exclusivos. Lastimosamente, Egipto parece decidida a morir presa de sus propias divisiones. La amenaza que se cierne sobre Moqattam es sólo una parte de una amenaza percibida —real o no— por las comunidades coptas a lo largo y ancho del país.

UN PASEO POR MOQATTAM

Caminar por Moqattam es una experiencia que, a falta de adjetivos no controversiales, calificaré de intensa y desconcertante. Es la vida entre la basura, con todo lo que ello implica. La gente come entre la basura. Se venden frutas y legumbres entre la basura. Hay caminos de basura, calor y moscas por todos lados. Los niños, llenos de mugre, juegan encima de las bolsas. Familias enteras rebuscan entre la basura. Al ver a los extranjeros, levantan la cabeza y sostienen la mirada. Es difícil moverse en carro, ya que las estrechas calles están llenas de camionetas cargadas hasta arriba.

En un pequeño edificio, un grupo de hombres recicla plástico. Orgullosos, me muestran el proceso: trituración, lavado y secado. El producto final son pedacitos pequeños y transparentes que serán vendidos —en contenedores— a empresas chinas. Una vez allí, serán usados en distintos objetos, principalmente en ropa de abrigo, que luego será vendida en las grandes tiendas del mundo. Es la globalización tras bastidores, uno de esos hilos invisibles que unen nuestras vidas sin que lo sepamos.

Antes de irme, los Zabbaleen me muestran sus muñecas tatuadas con pequeñas cruces, símbolo de la religión que es todo para ellos. Pero Moqattam también tiene musulmanes. A poca distancia de ahí me encuentro a dos niños que aparentan tener 10 años (aunque me aseguran que tienen 15) y que, en medio de una montaña de basura, se dedican a sortear los distintos materiales. El más activo de los dos —que me describen como el ‘líder’— se llama Ahmed, y forma parte del 5% de Zabbaleen musulmanes. Cuando lo saludo, me dedica una sonrisa de oreja a oreja y casi inmediatamente sigue con su trabajo. La que sortea es la basura de Zamalek y Heliópolis, dos de las áreas más grandes de la ciudad. Los niños trabajan turnos de ocho horas diarias y a la vez van a la escuela. Se les paga 10 libras al día ($1.50), y empiezan a trabajar a los siete años. En total, en Moqattam viven unas 62 mil personas. Todas, sin excepción, viven vidas que giran en torno a la basura.

BASURA AL FIN Y AL CABO

Antes de salir, intento absorber todo a mi alrededor. En algunas paredes cuelgan pósters electorales. Me pregunto qué se les puede prometer a ésta gente tan peculiar. El dilema central de los Zabbaleen no es lo que hacen, sino que lo hacen en medio de la negrura una sociedad que ya no da más de sí. Que se está cayendo a pedazos. Lo hacen sabiendo que fuera de eso no hay nada, sino una vida aún mas miserable y sin propósito. Por eso se aferran a su modo de vida, por más dañino y humillante que sea. Hoy por hoy, los Zabbaleen no tienen ninguna esperanza de que su futuro, o el de sus hijos, o el de los hijos de éstos, pueda ser un ápice mejor.

Los Zabbaleen presentan una contradicción inescrutable, complejísima, de esas que no te dejan vivir tranquilo. No viven entre la basura por falta de un lugar mejor, ni se limitan a convivir con ella como quien convive con una maldición de los dioses, entre la autocompasión y el hastío. No, los Zabbaleen viven de la basura, con ella y para ella. Y en su trabajo, son los mejores. Sin embargo, su trabajo no sólo les hace ser pobres, sucios y discriminados: además sufren de tasas de enfermedades infecciosas y mortalidad infantil escandalosamente altas. La basura, en Moqattam, es Alfa y Omega, vida y muerte. El trabajo que les pone pan en la mesa y la enfermedad que los mata.

Y en eso me encuentro a los resplandecientes niños de las camisas a cuadros. Lo primero que pienso es en sacar la cámara. Lastimosamente, tomar fotos en Moqattam es muy difícil. En el fondo, los Zabbaleen también son seres humanos. La basura, a final de cuentas, siempre será basura, y ser fotografiado en ella no es agradable para nadie. Sólo espero es que si algún día terminan su matrimonio con los desechos de El Cairo lo hagan para subir en la escalera social y económica, y no para bajar al infierno de las divisiones internas egipcias.