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21 de Jan de 2020

Cultura

‘Fue como vivir sobre mi bicicleta’

Para Joseph Binhammer era un viaje más y una aventura excitante que su pasión no podía dejar pasar; para Vicent Levy, una válvula de esc...

Para Joseph Binhammer era un viaje más y una aventura excitante que su pasión no podía dejar pasar; para Vicent Levy, una válvula de escape de un mal momento en su vida. Durante 11 meses, estos dos jóvenes amigos de Portland, Oregon, al noroeste de Estados Unidos, recorrieron aproximadamente diez mil kilómetros a bordo de sus bicicletas.

Con más curiosidad que miedo, sin ataduras y sin un tiempo límite, ambos partieron de su ciudad con el objetivo de llegar a Latinoamérica, plan que Vicent le había propuesto a Joseph una noche de enero de 2010 en la parada de autobuses cercana al colegio donde se conocieron.

Después de siete meses de ahorrar dinero para el viaje, la fecha definitiva de partida se fijó para el 21 de setiembre. Esa mañana, con mochilas colgando a los lados de sus bicicletas cuales explorares sobre sus caballos, comenzaron a pedalear hacia el sur. Hoy, casi un año después, ‘Joey’ arribó solo a Panamá luego de que Vincent decidiera terminar su travesía en Costa Rica.

UN VIAJE ESPIRITUAL

Cada día pedaleaban un promedio de 120 kilómetros, los cuales les demandaba un tiempo aproximado de siete horas. Viniendo de una ciudad donde prácticamente hay una bicicleta por habitante y todas las facilidades viales para trasladarse en ella, estas largas distancias parecen algo de todos los días. Y el hecho de conocer nuevos lugares las hacían aún más entretenidas.

‘En verdad no fue ‘viajar’, fue más como vivir sobre mi bicicleta en bicicleta. Cuando uno recorre lugares sobre ella, está en contacto con la naturaleza. Las cosas se aprecian mucho más, conoces a fondo lugares impensados y encuentras paisajes increíbles’, relata Joseph mientras acaricia una pequeña guitarra que compró para el viaje. ‘Es como poner tu suerte en el universo’, resume.

En lo único que dependían era en su medio de transporte, que, dicho sea de paso, no eran de último modelo ni tenían accesorios extraordinarios. En ellas cargaban todo lo necesario: utensilios para cocinar, tiendas, sobres de dormir, la cantidad de ropa mínima e indispensable y libros y accesorios para matar las horas.

‘Cuando nos levantábamos en la mañana, no sabíamos qué iba a pasar. No había plan. Éramos completamente libres’, explica ‘Joey’, quien ya había hecho dos travesías en su país, las cuales sumadas entre ambas comprenden la misma distancia de la que acaba de terminar. ‘Lo que nos hacía regresar a las rutas era justamente la curiosidad de saber qué había un poco más allá’.

Hacer turismo en bicicleta, a diferencia de las vacaciones convencionales, exige estar despierto y atento durante largas horas; y cuando no se está por caminos difíciles, o bajando montañas a gran velocidad, o atravesando lagos caminando con el agua por las rodillas, uno tiene tiempo para pensar, analizar el mundo y conocerse más a sí mismo. ‘Mientras vas en la bicicleta, es como estar en un estado constante de meditación’.

El ‘Joey’ que relata los momentos del viaje, tranquilo, mesurado y con un aura de paz que contagia, es muy distinto al que partió de Portland, donde estudió arte durante dos años y trabajó en varios lugares. ‘Era muy crítico con todo, muy callado y me irritaba fácilmente. Ahora soy totalmente lo opuesto. Siento que gané sabiduría, que crecí mucho pero que al mismo tiempo soy más joven’, analiza.

CONSTANTE APRENDIZAJE

Viajar por la costa oeste de Estados Unidos en bicicleta no es tarea difícil ni peligrosa, según explica Joseph. En ese tramo, todavía en su país, una sensación de seguridad los acompañó constantemente, incluso a la hora de acampar o dormir en la casa de algún ‘couchsurfer’ (personas que son miembros de la página web www.couchsurfing.org, cuya función es dar hospedaje gratuito a viajeros por unos días).

Ninguno de los dos sabía hablar español. No tenían ni las más remota idea, lo cual poco les importó hasta que llegaron a la frontera de México, por la cual pasaron como si fuera su casa, caminando con su bicicleta al costado y sin nadie que les preguntara nada. ‘En ese momento nos dimos cuenta que el viaje acababa de cambiar de idioma’, se ríe.

La mayor parte de los 11 meses la vivieron en Centroamérica, donde trabajaron en varios lugares a cambio de hospedaje y comida. Convivieron tanto tiempo con gente que habla otra lengua, que el castellano se volvió rápidamente un aliado. Joseph, con seguridad, puede mantener una conversación en español.

Lo primero que aprendieron a decir con fluidez fue: ‘estamos buscando un lugar seguro para acampar. Tenemos tiendas’. Muchos lugareños les ofrecieron sus patios para que ellos acamparan. ‘En América Central ven a los gringos como gente de plata que va a playas caras, pero nosotros éramos dos vagabundos, de pelo largo, barba y nos veíamos pobres. Todos nos ayudaban porque les impresionaba ver a un gringo así’.

El afecto que recibieron en cada país latino que visitaron los sorprendió. A diferencia de su ciudad, donde cada uno vive encerrado en su mundo, las personas los veían con fascinación. ‘Eso también me cambió mucho. El viaje de por sí me exigía vencer mi timidez y ser abierto, pero eso me enseñó a serlo aún más’, confiesa.

Uno de los momentos más difíciles que tuvo que enfrentar espiritualmente fue cuando se separó de Vince en Costa Rica. Parados en una calle en ‘Y’, cual escena de película, se hundieron en un profundo abrazo y tomaron rumbos diferentes después de siete meses de seguir el mismo camino.

‘Al principio fue desolador. Me sentí muy solo. Encima en ese momento me adentré en una selva y por momentos estaba asustado’, recuerda. ‘Al cabo de unos días comprendí que también tenía su lado positivo. Dependía de mí mismo y era dueño de mi tiempo y hacía lo que quería por primera vez’, agrega.

PANAMÁ: EL ÚLTIMO DESTINO

Uno de los anhelos más grandes de Joseph era cruzar el famoso Puente de las Américas en su bicicleta, pero los oficiales de la policía que se encuentran cotidianamente en la entrada del mismo hacia Panamá no se lo permitieron.

‘Fue completamente increíble lo que pasó ese día’, comenta Joey, como le dicen sus amigos. ‘Venía de pedalear 100 kilómetros ansioso por cruzar el puente. Cuando llegué me dijeron que no podía pasar en bicicleta, asi que me hicieron esperar a una camioneta de la policía para cargar la bicicleta. Al cabo de una hora, mientras paraban autos, le pidieron a un señor que me cruzara. ¡Nunca hubo un camión de policía!’, exclama entre risas.

Pero el arribo a Panamá no fue la última vez que recorrió lugares en su fiel compañera de viaje. Mucha gente le habló del paraíso terrenal llamado ‘San Blás’. Unos días después de descansar, tomó su bicicleta y partió. ‘Es uno de los lugares más hermosos que visité en todo el viaje’, resalta mientras, de a poco prepara sus cosas para regresar a casa.

‘Estaría triste si fuera mi último viaje a Latinoamérica, pero sé que no es así, voy a volver y sé que lo haré mejor’, confiesa.

Como en un abrir y cerrar de ojos, 11 meses pasaron desde aquella mañana en que Joseph y Vince dieron el pedaleo inicial de un viaje que permanecerá vivo en las fotografías mentales, digitales e impresas, que a la vez son la voz de las huellas que no se las llevará el viento.