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17 de Apr de 2021

Cultura

Vicisitudes de un país bendito

Para que vean que soy aplicado, pese a ser despeinado, aproveché estos días de Semana Santa para reflexionar, tal y como sugirieron los ...

Para que vean que soy aplicado, pese a ser despeinado, aproveché estos días de Semana Santa para reflexionar, tal y como sugirieron los altos mandos eclesiástico. Medité y medité (aunque con cierto temor de convertirme en Buda, confieso), puntualmente sobre uno de los eslóganes nacionales más simpáticos y de más vieja data: ‘Panamá es un país bendecido por Dios’. Ese que orgulloso florece en boca de todos los panameños cuando los desastres naturales pasan de largo por nuestras costas; o bien sus estragos son leves, comparados con ‘lo que pasa en otros países’. Igual aplica para tantas otras situaciones en las que nuestro pequeño terruño sale bien parado y luce como todo un paraíso (nadie ha dicho fiscal, ¡mal pensados!).

A mí la dichosa alusión a la bendición, toda la vida me ha resultado muy graciosa. Pero confieso que con los años hasta le agarré cariño a esa percepción general de que aquí nada malo pasa ni puede pasar, tan miope como esperanzadora. Tanto así que empecé a usarla, un poco en chiste y otro poco en serio. No porque haya renacido mi fe, sino porque me puse a pensar que si en Panamá las cosas están como están (y para mí están mal), no quiero ni saber qué sería de nosotros si no contáramos con la gracia del Señor.

Claro que al calor de los últimos acontecimientos nacionales, habría que preguntarse si la bendición sigue en vigencia. Probablemente no estaba clara la fecha de expiración y ya caducó (no es la primera vez que pasa, le pedimos a los compañeros de ACODECO que se pongan las pilas con eso). Quizá estoy exagerando –soy periodista, qué remedio- y tan solo estamos atravesando por un periodo de penitencia para expiar algunas culpas por los errores cometidos (como haber escogido a este gobierno, por ejemplo); pero últimamente, cada vez que leo noticias acabo convencido de que el Apocalipsis ya está aquí.

Y no lo digo solo por el vía crucis en que se ha convertido tomarse un bus para ir a cualquier lado, sino por la desfachatez de funcionarios, gladiadores a sueldo y codepadis varios, de salir en los medios pidiendo paciencia ante soberana ineptitud en la implementación del nuevo sistema de transporte; o bien culpando al pueblo de ‘no tener cultura para esperar y hacer filas’, cuando no son ellos los que tienen que cargar esa cruz todos los santos días. Son unos atrevidos, los que no tienen noción de sumas y restas son ellos. Mira que no hace falta saber de física cuántica, para prever que sacando 700 Diablos Rojos para meter 300 Metrobuses, iban a generar un cataclismo. Pavearse a la clase de matemáticas debería ser pecado. Hablaré con Francisco I, tengo mis contactos.

Y qué decir del infierno en el Cerro Patacón y el humo que a veces es tóxico y a veces no, pero igual hay que tener cuidado. Ya están como las aguas frescas del Chavo, que son de jamaica, parecen de tamarindo y saben a limón. Y si del vital líquido hemos de hablar, habría que preguntarse cómo hacen para vivir los panameños que residen en esas comunidades donde no llega el agua hace dos o tres meses. ¡Y cada vez son más!

Menos mal y entre tanta desesperanza, esta vez sí ganó la selección. Tomémoslo como una prueba de que el Señor aprieta, pero no ahorca. Digo, yo de fútbol la verdad no sé mucho, pero el propio técnico dijo que Panamá no jugó del todo bien; y al final todos los jugadores entrevistados le dieron el crédito a Dios. En fin, qué más da si fue un milagro o no, lo que importa es la victoria. No le vamos a tirar tierra a lo único bueno que pasó en la semana. Bueno, eso y la resurrección de nuestro señor Jesucristo, claro está.

COLUMNISTA