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24 de Nov de 2020

Cultura

Amores felinos que no acaban

En Panamá (este istmo en donde vive tanta gente buena que se solidariza con las luchas de otros países y se olvida de las propias), tene...

En Panamá (este istmo en donde vive tanta gente buena que se solidariza con las luchas de otros países y se olvida de las propias), tenemos al escritor Winnie T. Sitton, que no tiene uno sino dos gatos, ya famosos para aquellos asiduos a las redes sociales. También contamos con el poeta y ensayista Salvador Medina Barahona, que acoge cada vez que puede a gatos callejeros y los alimenta y apapacha en momentos de crisis, lo cual me parece loable, noble, sensible y, en una palabra, poético (además de que se la pasa mandándome al correo —para joderme, claro está— fotos de gatos haciendo maromas y cosas, digamos, más bien gatunas).

Como ya habrá podido adivinar todo aquel que sepa leer, este servidor, amargado y sarcástico, a quien el concepto de corrección política lo tiene sin cuidado, no soporta los gatos, o más bien le dan igual, o no le interesan más que líricamente (alguna vez he escrito la palabra ‘gato’ en un poema). Pero, como este servidor, andando sin temor el camino de la vida, de vez en cuando comete el exabrupto de enamorarse, ¡uf!… Pues, que la mujer de la que estoy enamorado, la susodicha Kat Yurchenko, venía con un paquete dentro del cual estaban esos dos gatos que ven ustedes en la ilustración (ella, al igual que Winnie, no se conforma con uno).

Ya la semana pasada los mencioné en una columna. Sus nombres son Liutsik y Rooney y les cuento rapidito: con el tiempo, Liutsik, el gato amarillo, y Rooney, el gato gris, territoriales y celosos (de qué otra manera podrían ser), tengo que confesarlo, se han ganado, mal que bien, mi aprecio, después de trazar ciertas líneas en el campo de batalla, por supuesto. Ejemplo: Al principio les costó entender que era yo el que de ahora en adelante dormiría con su dueña y no ellos, como la Kat los acostumbró; pero, compadre, para territorial estoy yo, hijo único y santeño cabeciduro. Es decir, pa’ gato yo, hermano. Ya claras las cosas, empezamos a llevarnos bien. Y hasta me atrevo a declarar públicamente que la otra vez me preocupé cuando Liutsik, el gato más cariñoso (o confianzudo, a según), se tragó una bola de pelo y empezó a arquear como atragantado. Yo pensaba que se iba a morir, el muy cabrón, y le grité a Kat que lo lleváramos a un doctor de inmediato. Ella, sonriendo, conmovida por mi repentino interés y preocupación, me dijo: No pasa nada, tranquilo, verás que en unos minutos vomita y listo.

Efectivamente, al cabo de unos segundos, el gato expulsó una sustancia que los lectores agradecerán que no describa, y volvió como si nada a su rutina de gato de apartamento. Pero lo que más me ha animado a escribir sobre este par de maleantes es lo que sentí hace unos días al quedarme solo con ellos en el cuarto vigilando la siesta que tomaban enroscados sobre una silla. Paz, una paz animal y primitiva, y por eso pura, fue lo que sentí. Pensé: mientras el mundo se derrumba, la gente se pelea por ideologías y el juego geopolítico se repite y se perpetúa, aquí están estas criaturas desnudas e inocentes, más dispuestas al amor que nosotros los seres humanos. Quise, entonces, ser gato y olvidarme del mundo. Quise ser felino, maullar y escapar. Perderme (y dormir), gatunamente, en la noche.

MÚSICO Y POETA