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30 de May de 2020

Cultura

El poderoso narcótico de la añoranza

La nostalgia es mentirosa, le trae a Ignacio imágenes que le dicen que el hombre nunca está donde desea

El poderoso narcótico de la añoranza
El poderoso narcótico de la añoranza

Ignacio está todo cubierto de ropas, hace frío, cruza la calle. Acaba de salir del apartamento de aquella persona cuyo sexo es imposible determinar. Alemán o alemana, no lo sabe (hay gente muy rara en Alemania). Le ha comprado las telas que necesita para mandar a hacer los trajecitos del bebé que viene en camino (su mujer tiene ocho meses de embarazo y a Ignacio le desespera que todavía ande en bicicleta por toda la ciudad).

Empieza a caer nieve. Ignacio aprieta los labios y cierra los ojos un momento y se ve junto a la quebrada de su pueblo lejano. Se le ha vuelto una rutina recordarlo cuando camina por las calles de Frankfurt. Allí está sentado en el vado, los pies en el agua, semidesnudo, contemplando los sonidos que salen del follaje. Lopo, el ordeñador, pasa a caballo junto a él, lo saluda con su sombrero, supera el vado y llega a la otra orilla de la quebrada, desmonta su caballo y lo lleva al agua. El caballo es dócil y disfruta el baño, es uno de esos a los que en su país llaman chingo, flacos y pequeños, como ponis rebeldes que han querido crecer un poco más; un chinguito blanco lleno de manchas grises que semejan pecas pero que de seguro son la manifestación de un hongo o algún otro tipo de enfermedad de la piel.

El caballo lo mira, cansado, pero no hay queja, no hay lamento. Relincha y lo mira. En Alemania los caballos son un poco diferentes, los que ha visto en las ciudades de Lüneburg y Hamburgo son enormes, robustos, un pelaje gris y grueso los cubre del frío, su olor es otro. Arrastran carretas o coches decorados con temas medievales para turistas que desean sentirse en la Europa vieja. Ignacio ha pensado que estos caballos son diferentes, pero cuando los mira a los ojos se da cuenta de que tienen la misma mirada que el chinguito de su pueblo, descubre que son hermanos en la faena, comparten el mismo destino, el dolor y el lamento reprimido; no importa que el chinguito coma junto a los puercos restos de comida y de vez en cuando alimento para caballo de cuarta y que ellos, los imponentes caballos alemanes, coman cubos de alimento procesado, trocitos de azúcar y zanahoria.

Ambos, comparten, por otro lado, la libertad que brinda la falta de pensamiento y por tanto la imposibilidad de sentir nostalgia. (Y entonces ¿por qué el dolor y el lamento reprimido?). Él, en cambio, como todos los que lo rodean en la ciudad de Frankfurt, la menos representativa del buen espíritu alemán, según los propios alemanes, es un hombre que convive a diario con la melancolía y el recuerdo.

Alguna vez dijo que la nostalgia es una droga a la que se sabía adicto. Es tanto su poder, que no importa que en realidad no fuera nunca a la quebrada, que nunca se encontrara con Lopo, que nunca lo hubiese visto bañando su caballo. La nostalgia es bruja y mentirosa, le trae a Ignacio esas imágenes y olores para castigarlo, para decirle que el hombre nunca desea quedarse en donde está, que siempre desea, por lo contrario, estar en otros sitios, sitios que surgen del delirio —aprendió la palabra alemana Fernweh y le pareció hermosa—; porque ni el vado ni la quebrada ni el chingo son reales, ni los caballos de pelaje gris, ni Lüneburg, ni Hamburgo ni Frankfurt, ni el alemán o alemana que le vendió las telas con las que confeccionaría la ropita de bebé. No existe la promesa del vientre preñado. Nada existe, todo es nostalgia, engaño. Tal vez deseo: literatura. Pero helo allí con las manos frías y la cara llena de nieve.

MÚSICO Y POETA