Temas Especiales

28 de Jan de 2021

Cultura

El infierno existe y está en un hospital

Cuando mi hijo enfermó por primera vez sentí que el universo explotaba y caían sus estrellas

Los hospitales. Los hospitales de Panamá, de Latinoamérica. Los hospitales públicos del tercer mundo. Olor a mierda, baños sucios, huecos en la pared, calor, enfermeras con cara de sapo, doctores insensibles. El infierno existe. Está en cada hospital de los países subdesarrollados. En todos los hospitales del mundo, en realidad. En los hospitales ricos. Una prima mía murió en un hospital de ricos. Los hospitales infierno. Infierno, con o sin dinero. Infierno, con o sin dolor.

Cuando mi hijo enfermó por primera vez (pedazo de mi carne, rebanada de mi piel) sentí que el universo explotaba y dejaba caer sus estrellas en protesta. Yo, como hombre de poca fe, imaginé lo peor; me imaginé pronunciando un discurso enfrente de su cofrecito una tarde de llovizna en un campo verde y lleno de paz. El discurso iba más o menos así: ‘Buenas tardes... ... ... Debo empezar por decir que yo me creí dueño de todo, dueño del destino, y dueño de la vida de los que yo amaba. Ahora ha quedado demostrado que mi hijo no era mío realmente. Él ha sido de la vida y de la muerte, lo único que nos queda es el dolor; dolor que pudre las encías, dolor que paraliza el pulso, dolor que hiela el pecho. Este dolor nos queda, es nuestro: nadie nos lo puede quitar. Pero no es lo único: tenemos también los recuerdos, las imágenes , las fotografías, lo vídeos, las sonrisas, la alegría, las lágrimas de emoción, las abuelas haciendo cariños, la mama solemne dando teta; las muecas de mi hijo, su bostezo pintoresco, y sus ojos abriéndose y buscando sombras. Cuando mi hijo enfermó, pedí a Dios, lo confieso, pedí a Dios; pero con qué derecho le iba yo a pedir a Dios, qué me hacía merecedor de su atención. Realmente ninguno de nosotros tiene una pizca de derecho. Miles de criaturas mueren día a día; mueren universos dentro de ellos. Recuerdo esa madrugada que con la incertidumbre acechándome, salí al patio y miré al cielo sin estrellas, me dije: ¿Que le puede importar al mundo que mi hijo muera? ¿En qué le puede afectar su muerte al curso natural del universo? ¿Acaso Plutón se acercará más a la luna? ¿O desaparecerá la ley de gravedad de la tierra y se desintegrará en mil pedazos junto con todo el dolor almacenado en ella? El hombre se hace esas preguntas cuando su fe es floja, cuando las aguas negras de los libros han contaminado su instinto; confieso que es éste mi caso. Hay que decir que también nos queda la rabia, las ganas de arremeter con todo, el impulso de tumbar iglesias y maldecir transeúntes; el deseo de estrangular la vida. Pero ahora, en este cementerio infame (reflejo de nuestro sino, imagen de la naturaleza de la existencia) de entre las cosas que nos quedan—dolor, recuerdos, rabia- la más presente es la confusión, la nada, el vacío, el sin—sentido'.

Al otro lado del pasillo del hospital, el llanto de mi bebé trizando la madrugada silenciosa me extrajo de mis pensamientos. Corrí a la cuna en donde estaba, la enfermera se encontraba junto a él, le tomó la temperatura y me miró con compresión: ‘Todo saldrá bien, no es nada grave'. A los pocos días mi bebé estaba en casa dado de alta. La muerte nos dejó en paz por algún tiempo.

MÚSICO Y POETA