26 de Feb de 2020

Cultura

A ver si nos aclaramos

Lo que yo veo en éste país es que se ensalza solo aquello que conviene

Porque yo amo este pequeño pedazo de tierra, pero sus habitantes me tienen un pelín estresadita con tantas contradicciones. Y no es que yo no sea contradictoria, no. Que lo soy, y lo admito. Pero es que serlo y admitirlo es lo que no hacen muchos, que defienden lo indefendible y se fajan con cualquiera tratando de mantener posturas contrapuestas que los dejan, más de una vez y mas de dos, con el culo al aire.

Estamos en plena celebración patriótica, se exaltan los ánimos idiosincráticos y se caldean las identidades propias. Lo nuestro. Lo de aquí. Lo que somos. Lo que peleamos por ser. Bien está. Y entonces mandamos a nuestros jovenzuelos y jovenzuelas a marchar como loor a la madrecita patria.

Yo me pregunto mientras busco charreteras, me inquiero mientras observo entallar uniformes, indago en mi interior mientras plancho insignias y ajusto escudos brillantes a los quepises si algo de todo esto concuerda con lo que -los mismos que ensalzan estos desfiles y exhortan a contemplarlos- decían hace apenas quince días. Me explico. El pasado mes tocó odio acérrimo a España. Por invasora y genocida y bla bla blá. Bien está. Acepto lo que supuestamente me toca.

Este mes toca exaltación identitaria patriotera. Pero lo que he visto hasta ahora no son batallones de nasos marchando por Calle 50. Nunca he visto un escuadrón ngöbe haciendo malabarismos con sus macanas, sus arcos y sus flechas. Ni siquiera he visto a una partida de buglés haciendo alarde de sus destrezas en la balsería delante de la tarima principal del desfile. Las batuteras no van vestidas de emberás. Nadie está pintado con jagua para honrar a la patria. No se realzan las costumbres atávicas y propias. Las dianas no las hacen grupos gunas entonando cánticos al son de la flauta. Las dianas las tocan con partituras, muchas de ellas escritas por extranjeros, y con instrumentos de rancia raigambre foránea, traídos todos ellos por los arteros colonizadores.

Incluso si nos quedásemos en eso no sería ni siquiera tan malo. Pero no, en éste país siempre se puede dar otra vuelta de tuerca, no solo no entendemos, ni conocemos, los origenes de aquello que defendemos, sino que ni siquiera sabemos lo que defendemos. La mujer empollerada es una leyenda panameña, contada a la luz de la guaricha por los abuelos a generaciones de pelaítos y recogida por muchos folcloristas, entre ellos Dora P. de Zárate. Un esqueleto vestido de pollera que se le aparecía a los trasnochadores y les daba un buen susto. Pues no vean la que se montó el otro día porque en una televisora la recrearon, la gente arrancándose mechones de cabello, acusándolos de venderse a los aztecas. Que si las catrinas y el respeto a los símbolos patrios. Y yo no tengo nada en contra de la ignorancia, pero me molesta sobremanera la ignorancia que está orgullosa de serlo.

La patria es sagrada. La bandera ha de honrarse y respetarse como el símbolo sacro de la nación. Pero lo que yo veo en éste país es que se ensalza solo aquello que conviene. Aquello que sienten propio algunos grupos de poder. Lo típico es la tradición del centro del país, contada de cierta manera y solo para lo que nos encaja. El resto del rico acervo cultural panameño, indígena, (de cada uno de los siete grupos originarios que existen y que muchos panameños no sabrían siquiera nombrar correctamente), africano, chino… todas y cada una de las restantes aportaciones a la identidad cultural panameña, se pierden en un folclorismo estulto y mal entendido. Y seguimos sin leer.

COLUMNISTA