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28 de Jun de 2022

Cultura

La bienal que unió y desnudó a Centroamérica

La curadora menciona que la X Bienal también desdibujó las diferencias de edades entre los artistas

No solo ceremonias como el Nobel han tomado un giro inesperado. Si ajustamos la mirada al ámbito local, la X Bienal Centroamericana —que concluyó el 1 de octubre en Costa Rica— ha sido la más singular en la historia de la región. Y Panamá tuvo un papel importante.

Todo empezó el día uno. Contra todo pronóstico, la décima versión se inauguró en Limón, aquella modesta ciudad caribeña del país anfitrión, en lugar de hacerlo en su capital, San José.

COLONIAL CARIBEÑO

Allá se había instalado una rocola, pieza de la artista Ela Spalding titulada ‘Songs for Limón, Songs for Colón' y que celebra la cultura del Caribe a través del calypso, un puente de identidad entre Panamá y Costa Rica que fomentó el baile entre los asistentes. Además, un género musical en declive en el Istmo, pero con cierto empuje al otro lado de la frontera.

En Limón impactó también la intervención de Oscar Figueroa, costarricense que forró con plástico azul los antiguos depósitos de la United Fruit Company. Se trata de un material con el que se cubrían los bananos de la compañía. Una manifestación crítica de Figueroa hacia la explotación de grandes industrias, realidad que une a varios países de la región: el pasado bananero.

‘LA BIENAL TRATA DE PRESENTAR TODOS AQUELLOS VESTIGIOS DE VIDA, HÁBITOS, CULTURA U ORGANISMOS QUE ESTÁN PASANDO POR UN PROCESO DE EMERGENCIA, DE QUERER SER VISIBLES AUNQUE HAYAN MUCHAS COSAS QUE SE OPONGAN A ESO',

GLADYS TURNER

CURADORA DE ARTE

Aquí también se dio un concierto de marimba. El grupo interpretaba música de un pentagrama compuesto a partir del ADN del artista panameño radicado en Holanda, Antonio José Guzmán.

Esas son algunas de las piezas descritas a este diario por Ana Berta Carrizo, directora ejecutiva de la Fundahrte, fundación que apoyó el proceso curatorial y logístico de los artistas panameños en X Bienal Centroamérica.

‘TODAS LAS VIDAS' Y GENERACIONES

Gladys Turner, encargada de curar las obras que representaron a Panamá en la X Bienal, comenta en entrevista con La Estrella de Panamá que esta edición tuvo como concepto ‘todas las vidas importan'.

‘La exhibición de la Bienal trata de presentar todos aquellos vestigios de vida, hábitos, cultura u organismos que están pasando por un proceso de emergencia, de querer ser visibles aunque hayan muchas cosas que se opongan a eso', dice Turner.

Ya en San José —la sede principal y alterna a Limón— brota arte dedicado a las sexualidades alternativas, feminismo, y resistencia biológica: organismos resistiendo al embate humano (trabajo de Irene Kopelman), de acuerdo con Turner.

La curadora menciona que la X Bienal también desdibujó las diferencias de edades entre los artistas.

‘Tradicionalmente, las bienales se dedicaron a artistas emergentes o artistas consolidados, pero no con una carrera tan extensa. En esta X Bienal participaron todos juntos: jóvenes y no tan mayores con artistas muy mayores que, creo yo, fueron los que presentaron las propuestas más fuertes', agrega.

Lourdes de la Riva, Alfredo Ceibal, Rolando Castrellón, Paul Ramírez Jonas. Esos son solo cuatro de los artistas más representativos de Centroamérica que participaron en esta décima versión.

UNIÓN EN LO SINGULAR

La Bienal reunió a artistas de múltiples generaciones y no tuvo reparos en desnudar con soltura la realidad del ombligo de Latinoamérica.

‘Vi una Centroamérica que no aparece usualmente', dice Adrienne Samos, curadora y crítica de arte que participó en este evento, en conversación telefónica con La Estrella de Panamá .

A los artistas consolidados, se sumó un grupo de indígenas de Guatemala que exhibían su trabajo con imágenes de ellas mismas y su vida, grafiteros centroamericanos y hasta el rapero y poeta panameño Enrico Ardines, mejor conocido como ‘El Jaguar Clandestino'.

‘Eso jamás habría entrado a la Bienal de otra manera. Y me parece que fue una buena oportunidad para que ellos mismos se vean como artistas y pudieran ver y criticar y sumarse al mundo del arte, para darle una dimensión más humana, más fuera de las pretensiones', advierte Samos, destacando la curadoría general de la Bienal por parte de Tamara Díaz Bringas, cubana criada en España, que viajó personalmente a cada país para reunirse con los artistas y los curadores de la X Bienal.

ROMPIENDO PARÁMETROS

La Bienal duró un mes. Uno de los puntos más criticados. Por otro lado, fue la primera vez que se rompió con la insistente división de las obras en pabellones por países: En su décima edición hubo armonía entre una pieza y la siguiente sin importar su nacionalidad.

El único lugar que dividió las obras por países fue el Museo Calderón Guardia donde, según Turner, había un discurso sobre ‘procesos en países por decisión política'. Aquí se exhibía la muestra de los fotógrafos panameños Raphael Salazar y José Castrellón ‘Invisible-invencible', que retrata a Darién. ‘Una provincia abandonada por cada uno de los gobiernos que suben al poder en Panamá', describe la curadora.

También estaba la obra de José Brathwaite, con fotografías sobre la gentrificación y la especulación inmobiliaria en Curundú y Río Abajo.

En el centro, se presentaba el video de escobas recogiendo basura y escondiéndola bajo el tapete: ‘Bajo la alfombra', una obra de Jonathan Harker y Donna Conlon sobre el constante olvido en Panamá.

Siguiendo la línea política, en San José destacó la intervención del nicaragüense Alejandro de la Guerra, quien montó un carrusel con una estatua ecuestre. El rostro parecía el híbrido entre dos dictadores, según recuerda Carrizo, y estaba colocado como a punto de caerse, una negación al símbolo de poder. Era, además, un carrusel que los mismos asistentes debían empujar para que girase.

En cuanto a tendencias, Turner es clara: la pintura escasea en la cita más importante de arte en Centroamérica. Además del dibujo, predominan formatos como el video y el performance, que involucran al público.

‘Esta Bienal se puede llamar modesta en los medios que utilizan, los artistas trabajan con cosas de la naturaleza, objetos encontrados, cosas muy comunes y corrientes de la vida diaria', detalla.

Con ella concuerda Samos. ‘Ha sido un concepto frágil, de darle presencia a todos, a lo que no se ve. Han sido propuestas que se atreven no tanto a denuniciar y a señalar, sino a incluir al culpable', concluye.