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14 de Oct de 2019

Cultura

Cultura pop y locos entre comillas

Tal vez hizo falta crear más superhéroes ‘queer' o cambiar el sexo y la raza de más personajes de ficción

Q uizás todos hayamos sido el creep de Radiohead en algún momento de nuestras vidas, pero en el último tiempo parece que donde miremos hay alguien que se autoproclama excéntrico o trastornado. El científico loco, el artista desencajado y el rebelde sin causa nos han acompañado en la historia y la ficción desde hace siglos, pero en la última década predomina un espíritu confesional que ventila los defectos y abraza la diferencia, mientras la ‘anormalidad' salpica la narración televisiva, cinematográfica y toda la cultura pop.

El concepto de locura es relativamente reciente. Antes del siglo XVII, los ‘locos' eran parte de la vida cotidiana, pero a mediados de los 1600, cuando desaparece la lepra en Europa, son encerrados junto con los ancianos, pervertidos, herejes y libertinos en los antiguos leprosarios. Llegada la Revolución Industrial, la locura, la delincuencia y la perversión sexual se consideraban grandes amenazas para la racionalidad moderna y el sistema económico naciente, así que a mediados de los 1700 nacen los primeros hospitales mentales para individuos ‘peligrosamente peculiares', que debían ser reformados para que pudieran participar en el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas.

Por los 1800 aparecen los freak shows en Inglaterra y Estados Unidos, donde la rareza humana se vuelve entretenimiento, pero el nacimiento de la cultura de masas provoca un giro desde el siglo XX, con el paria como protagonista de comedias, películas, series de TV y tiras cómicas: ‘Los tres chiflados', ‘La familia Munster'; ‘Los locos Adams' o ‘The rocky horror picture show'. La contracultura sesentera nos trae a Frank Zappa, y más adelante van apareciendo David Bowie, Kurt Cobain, Jerry Seinfeld, Tim Burton, o más recientemente, Lady Gaga y Dr. House.

Lo que al principio era un problema para el desarrollo del capitalismo industrial, hoy es un negocio rentable con los ‘raros' como abanderados de la pluralidad, y aunque el peso del estigma se mantiene para los verdaderos trastornados, la ‘anormalidad' ha sido reinterpretada como vehículo expresivo y estrategia de branding personal y corporativo. Hoy, las reivindicaciones identitarias han encontrado su cumbre en la cibercultura, pero en una sociedad de consumo donde todo es mercancía, las identidades marginalizadas son un nicho de mercado: hippies, punks, góticos, nerds, mujeres, negros, gays… todo excluido debe ser asimilado por el mainstream para el éxito de un modelo económico sostenido en el yoísmo y las necesidades artificiales.

Inevitablemente, las políticas identitarias (sustento teórico de los movimientos sociales actuales) han sido asimiladas por la cultura pop, al igual que toda forma de resistencia cuyos cimientos sean puramente expresivos, estéticos y centrados en la individualidad. En otras palabras, aquello que priorice lo individual y lo simbólico por encima de lo colectivo y lo tangible, está destinado a mercantilizarse, como bien aprendieron los hippies y los punks.

Los ‘raros' y los ‘locos' posmodernos son un síntoma de la letanía pseudoexistencial en una sociedad casi desprovista de estructuras colectivas. La no pertenencia voluntaria, o la impostura de declararse extraño, ofrece una sensación de libertad en una época de sujetos profundamente obsesionados con el diseño de sí mismos, y donde la excesiva exaltación de la identidad ha hecho que el debate social pase de la economía política a las luchas por el reconocimiento. La gente pide que sus identidades sean legitimadas, que su felicidad personal tenga estatus oficial y que la corrección política fiscalice el lenguaje y el pensamiento a cualquier costo. La nueva forma de resistencia política es que la publicidad sea inclusiva; que los Cazafantasmas o Dr. Who sean mujeres; que el próximo James Bond sea negro y que las marcas icen la bandera arcoíris, pero el statu quo se mantiene intacto. Al igual que los psiquiátricos habilitaban al individuo trastornado para ponerlo al servicio del nuevo sistema económico, hoy las políticas identitarias, desprovistas de un enfoque estructural o de economía política, sólo logran que los marginados se acomoden en un sistema opresivo ya existente.

Ciertamente, el discurso de los medios y de la cultura pop importa porque construye imaginarios sociales. También es cierto que el sexo, la raza o la orientación sexual moldean la experiencia humana y las identidades individuales, pero no son categorías opresivas por sí solas, sino porque operan insertas en un sistema económico y social cuya reproducción ha dependido históricamente de la vejación institucionalizada de aquellos que no sean hombres, blancos y heterosexuales. Así, el discurso de las políticas identitarias, impulsado por la industria del entretenimiento, los grandes capitales y ahora por los Estados, divide para vencer: mientras todos estén ocupados defendiendo su propia especificidad, no habrá lucha común. Curiosamente, los progresistas liberales aún se rascan la cabeza intentando entender cómo es que Trump ganó las elecciones. Tal vez hizo falta crear más superhéroes ‘queer' o cambiar el sexo y la raza de más personajes de ficción.

COLUMNISTA