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14 de Oct de 2019

Cultura

José Martí y la lectura del mundo

Siempre en movimiento, entre Cuba y los EE.UU., Martí tuvo una vida de inmigrante, de periodista y de autor, que lo llevó por diversos itinerarios

Hace poco recibí una invitación de Cuba para escribir en una antología sobre José Martí (1853-1895). Quien me invitó, un miembro de la Academia Cubana de la Lengua, me dijo que solo entregara algún material si ya tenía algo escrito sobre él o en proceso de escribir. Me imaginé que esa condición que me pedía era para evitar cualquier texto que fuera resultado de la improvisación.

Lo comprendí inmediatamente, porque tampoco esto es una cualidad que me llame mucho la atención. Quien ya lleva años en esta materia, es decir, de ocuparse con textos literarios, reconoce quién improvisa y quién es un recién llegado.

Para quienes se ocupan de estas materias, es necesario saltar sobre las fronteras y explorar otros espacios de reflexión. Aire fresco es siempre necesario. Y es bueno estar atento de lo que nos rodea. Le respondí que, por mi ejercicio de ensayista, escritor y académico, Martí siempre ha estado dentro de mi paisaje. Es inevitable no leerlo.

Es como si quisiéramos comprender la filosofía contemporánea sin Hegel, Nietzsche o Marx. Es imposible. Otra cosa, por cierto, es escribir sobre él. Pero me cuesta imaginarme que algún latinoamericano o caribeño (dedicado a este oficio) no haya leído, por lo menos, un texto de Martí. Sin embargo, por eurocentrismo y viejas prácticas académicas, tanto en Europa como en las Américas, no es difícil pensar que el más poderoso, original y beligerante intelectual, periodista, poeta y testigo de su época de la segunda mitad del siglo XIX en lengua española, siga siendo excluido —por ignorancia o desinterés— de los programas académicos.

Pregunto, por ejemplo, en cuántos programas de filosofía moderna o sociología no está incluido Martí. Por supuesto, siempre se le ha incluido dentro del canon literario de los departamentos de letras; pero quien conoce su obra sabe que Martí era, además, un hombre de pensamiento. No creó una obra clásica de filosofía o de reflexión; pero sus escritos, sus ensayos, nacidos por la fuerza del relámpago que ilumina el horizonte, están inundados de reflexiones, enunciados filosóficos y observaciones sociológicas atinadas y refrescantes.

La prosa martiana, además, es un vivo ejemplo de lo que se puede hacer con la lengua. Es un completo deleite leerlo, abandonarse al juego de sus frases, que revelan lucidez. Con el encargo aceptado revisé lo que había escrito sobre Martí. Tenía un trabajo sobre el modernismo que había escrito hace mucho años atrás y uno más reciente sobre pensamiento crítico, en el cual se había desarrollado un subtema sobre Martí por considerar, como he afirmado más arriba, que era un pensador, pero no en el sentido clásico del término.

Su vida en movimiento, entre Cuba y los Estados Unidos, una vida de inmigrante, de periodista, de escritor y de combatiente por la independencia cubana, lo llevó por diversos itinerarios.

Como él decía, faltaba el tiempo para elaborar obras de largo aliento nacidas de la tranquilidad y la paciencia. Por tener aversión a reciclar viejos materiales, realicé una nueva lectura de uno de los textos emblemáticos de su producción intelectual, un prólogo a un volumen de poesía que leí a principios de la década del noventa tras la caída del muro de Berlín: ‘Prólogo al Poema del Niágara' (1882), de Juan Alberto Pérez Bonalde, un venezolano políglata, viajero y dedicado a negocios que estuvo radicado en New York.

Martí escribió el prólogo en 1882. Y el mundo descrito por Martí era un mundo que mucho tenía que ver con una visión abierta, dinámica y democrática, a pesar que los poderes coloniales, especialmente, en África y Asia, se habían repartido los territorios —y su gente—, como si fuese un pastel en medio de un festín y Cuba seguía siendo una colonia española.

No obstante, Martí reconoce un mundo en ciernes, un mundo que, por las comunicaciones y la movilidad, rompía las fronteras y permitía la circulación, incluso, de la inteligencia y del conocimiento que es para todos.

Martí era un crítico de la razón, pero si la misma estaba dirigida a oprimir y restar las capacidades y talentos naturales de los individuos para someterlos a reglas y procedimientos absurdos.

Asimismo, defendía la razón si se utilizaba inteligentemente. El mundo de Martí también era el del inmigrante: un mundo de viajes, vapores e incomodidades; de riesgos, relaciones y trayectos. Quien no ha sido un inmigrante, quien no ha vivido fuera de la comodidad de su familia, de su patria, de sus círculos de amistades, posiblemente no sentirá (en toda su profundidad) este texto de Martí, escrito en el brioso devenir de un hombre que asumió el mundo con todas sus incertidumbres: ‘con un problema nos levantamos; nos acostamos ya con otro problema'. Diagnóstico más certero no pudo ser escrito.

En efecto, el mundo que pinta Martí es aquel donde se van perdiendo las antiguas seguridades de clase, religión, de ideología y de paisajes estáticos y centralizados, emergiendo así un mundo que permite a cada quien escoger su destino. Pero no deja de ser cierto que ahora, paradógicamente, escuchamos voces por doquier (incluso en Panamá) para levantar murallas, detener el movimiento de la gente, imponer medidas proteccionistas, perseguir y vilipendiar a los inmigrantes.

En fin, el ‘Prólogo al Poema del Niágara' es un texto de un hombre en movimiento, que asumió el reto de su época, tanto con la crítica de la reflexión resistente a las simplificaciones ideológicas como con su vida, que terminó en el campo de batalla por la independencia de su amada patria: Cuba.