La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

‘Pollito chicken'

Cualquier spanglish-hablante panameño podría decir que lo habla porque amplía sus posibilidades de expresión

Hace poco, una conocida compartió en Facebook un video que mostraba el procedimiento para moldear uñas acrílicas en forma de dientes humanos. En los comentarios, un contacto suyo decía, textualmente: ‘El nivel de cringe que this brought me es focop. Aunque I appreciate el effort que goes into it'. Era una persona que se consideraría millennial , y como buena parte de las personas que sigo en mis redes lo son (y se supone que yo también), a diario veo memes, estatus o tweets como ‘Estoy tan tired que I don't know si tirarme a Netflix and chill o disappear from the world hasta mañana'.

Ilan Stavans, filólogo mexicano-estadounidense, explica que el uso del spanglish tiene mucho que ver con la edad y la clase social, y que en Estados Unidos es el ‘idioma' de los pobres, aunque está dejando de serlo. Por el contrario, en Panamá ocurre a la inversa. De hecho, mencionaba a los millennials porque, a partir de datos sociodemográficos y evidencia empírica, es posible elaborar una hipótesis sobre el uso del spanglish en Panamá, donde esta población (junto con aquella de los estratos sociales altos, independientemente de la edad), es la que más lo utiliza.

Anteriormente he planteado que en Panamá sería un error metodológico aplicar la categoría millennial indiscriminadamente a cualquier joven entre los 22 y 37 años, pues en nuestro contexto social sería necesario que además perteneciera a un estrato entre medio y alto, que fuera del centro de la capital y tuviera cierto nivel educativo, determinadas prácticas, ideas y hábitos de consumo. Aclarado esto, hoy la penetración del inglés en el modo de hablar de los millennials panameños es mucho más profunda que en generaciones anteriores, algo interesante si recordamos que existe una relación entre lenguaje y pensamiento; por ende, entre lenguaje, cultura y esquemas de interpretación de la realidad.

Ludwig Wittgenstein, uno de los filósofos del lenguaje más relevantes del siglo XX, estudió profusamente estas relaciones. También decía que el lenguaje es como una vieja ciudad con sus propios laberintos, calles, barrios y plazas, donde convive un viejo núcleo urbano con las zonas más modernas. Aunque se refería a su naturaleza dinámica y a la manera cómo interactúan sus viejas y nuevas estructuras, también podríamos pensar en las variaciones lingüísticas producidas por distintos entornos sociales o de clase. Ello considerando, como decía Wittgenstein en su etapa tardía, que el significado de las palabras no puede analizarse aislado de las prácticas y contextos de vida a las que se adhieren.

Sin embargo, no existe un solo tipo de spanglish. No es igual el que se habla en Puerto Rico, que el que hablan los chicanos o los inmigrantes de distintos países latinoamericanos en Estados Unidos: no se originan en las mismas condiciones sociohistóricas ni culturales, ni parten de las mismas necesidades de comunicación. Aun así, en todas las variantes se dan dos fenómenos principales: los préstamos léxicos y sintácticos (con anglicismos y vocablos que son híbridos entre los dos idiomas), y el code switching , que intercala entre inglés y español en una sola oración o en toda una conversación.

El spanglish istmeño es un resultado de más de un siglo de enclave colonial estadounidense, pero hasta hace relativamente poco, la forma predominante era el préstamo léxico, con anglicismos como ‘priti', ‘cool' o ‘wachimán', que se introducen en conversaciones desarrolladas mayoritariamente en español. Sin embargo, más recientemente se ha profundizado el code switching , que es más complejo en tanto requiere de un mejor manejo del inglés, por lo que se habla entre sectores poblacionales más específicos (como los millennials ) y responde a factores variados, más allá de la herencia histórica.

Cualquier ‘spanglish-hablante' panameño podría decir que lo habla porque amplía sus posibilidades de expresión, porque tiene familia estadounidense, porque estudió allá o porque simplemente le gusta cómo suena, pero ninguno de estos motivos responde por qué el code switching se ha exacerbado en los últimos años. Desde una perspectiva funcionalista, se podría plantear que responde a la necesidad de distinción que tienen determinadas clases sociales para demostrar una mentalidad globalizada, un nivel educativo y cierto acervo cultural. O también podríamos buscar respuestas en cómo las redes sociales han transformado los marcos de referencia o los esquemas de interpretación en determinadas poblaciones jóvenes desde una lengua ubicua y casi universal en los entornos virtuales, que es justamente el inglés.

Sería imposible dar respuestas aquí, pero problematizar el spanglish no es parte de un purismo esnobista o santurrón, sino de un hecho concreto: el lenguaje es central en la representación de la realidad, pero también en la construcción de identidades y subjetividades. Más que condenarlo, valdría la pena preguntarnos –entre otras cosas– qué patrones de pensamiento reproducimos con él, o cómo afecta su uso a la autopercepción de los panameños.

COLUMNISTA