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17 de Jan de 2021

Cultura

Tatuajes, identidad y autodiseño

Ernst Cassirer, filósofo de origen prusiano, decía que los seres humanos somos animales simbólicos

La popularización de los tatuajes ha sido un proceso muy acelerado, como todo en tiempos de internet y redes sociales. En 2010, cuando me hice los primeros dos, aún era una especie de tabú en Panamá, sobre todo en las mujeres. En aquel tiempo vivía con mis padres y, naturalmente, ‘rayarme' me trajo problemas con ellos al principio. Por supuesto, me tocó escuchar las tres frases que probablemente cualquier joven ha escuchado al llegar a casa con una extremidad forrada en plástico de cocina: ‘Te vas a arrepentir', ‘Te arruinaste la vida' y ‘Ahora no vas a conseguir trabajo'. Si bien se equivocaron en las tres, debo reconocer que ya no soy la misma persona de entonces y que hoy entiendo mis garabatos corporales de otra manera.

Según diversos sondeos, alrededor del 47% de los millennials en Estados Unidos tienen por lo menos un tatuaje, un porcentaje similar al del Reino Unido. En Panamá no tenemos este tipo de sondeos, pero es probable que la cifra no esté muy por debajo, entendiendo —como he sostenido anteriormente— que la categoría millennial , más que etaria, es cultural y de clase. En otras palabras, es probable que una buena parte de los jóvenes panameños de capas medias, con educación universitaria, usuarios asiduos de las redes sociales y moldeados en mayor medida por los procesos culturales globalizadores, tengan uno o varios tatuajes.

Así, una práctica que en décadas anteriores se asociara con pandilleros, convictos y mafiosos, hoy es tan ubicua que difícilmente salimos a la calle sin ver al menos a una persona tatuada. Ante este panorama, es claro que el estigma asociado al arte corporal ha ido perdiendo fuerza, toda vez que ya no se relaciona únicamente con tendencias antisociales. Desde inicios de este siglo, los tatuajes se volvieron comunes entre futbolistas, celebridades y modelos de pasarela, y hoy gozan de mayor aceptación entre el resto de los mortales como una forma de arte, desplazando la noción de que tatuarse denota un estilo de vida decadente, o una menor capacidad intelectual y profesional.

Ernst Cassirer, filósofo de origen prusiano, decía que los seres humanos somos animales simbólicos; es decir, que nuestra principal característica es la capacidad de simbolización, o de atribuir sentido o significado a nuestro entorno y experiencias. Es ahí de donde nacen las religiones, los sistemas filosóficos y —agrego— también la mayoría de las complejidades al momento de relacionarnos los unos con los otros. En la misma línea, los tatuajes, en tanto símbolos significantes, también son una expresión de esta condición humana. Pero en su actual auge, también es observable que, si bien en décadas anteriores los tatuajes indicaban la pertenencia a algún tipo de grupo —como en el caso de algunos pueblos indígenas, o bien en el caso de las pandillas—, hoy sirven para reforzar la individualidad.

Una posible explicación de por qué se han vuelto tan populares, es que el mercado es capaz de asimilar cualquier práctica cultural disidente y transformarla en un producto de consumo para la autoexpresión, pero en el caso de los tatuajes, no estamos ante una tendencia cualquiera si tomamos en cuenta que son permanentes. Además, creo posible afirmar que el fenómeno forma parte de la obsesión identitaria tan característica de nuestros tiempos posmodernos, y es que la identidad, junto con las guerras culturales, el cambio climático y la desigualdad, es uno de los grandes temas actuales.

Si entendemos la fase en que se encuentra el capitalismo, y que, como sistema de organización social también produce subjetividades muy concretas, veremos que su etapa neoliberal —que centra al individuo por encima de toda colectividad— produce las formas más radicales de narcisismo. Por otro lado, la hiperproducción que lo caracteriza necesita crear hiperconsumo por medio de ficciones y necesidades artificiales, y una de las formas de hacerlo es explotando la debilidad humana por la belleza. De ahí la estetización absoluta de la experiencia humana, similar a la del Art Nouveau en el siglo XIX, pero esta vez extendida a la corporalidad. Si a todo lo anterior añadimos la visualidad de las redes sociales, es más fácil entender por qué hoy más que nunca nos pensamos en función de la mirada del otro, o por qué estamos constantemente diseñándonos a nosotros mismos. En el caso de los millennials , la manifestación más clara de lo anterior son los tatuajes.

Sin duda, me siguen gustando y planeo hacerme algunos más —lo siento, mamá—. Sin embargo, es una experiencia distinta cuando entiendes que tus gustos no son solo tuyos, sino el producto de construcciones sociohistóricas. Al contrario de lo que decía Margaret Thatcher, no existen los individuos, sino las sociedades. Existimos en conjunto y no somos los unos sin los otros, y podemos verlo en algo que creemos tan individual como un tatuaje.