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22 de Sep de 2020

Cultura

¿Amor así? No, gracias

Hubo una temporada en la que mis juegos de vacaciones interioranas eran amenizados por los clientes que reclamaban a la rocola de la cantina cercana, esa pieza de pindín en la que el protagonista advierte que marcará la frente de la amada con sangre, para que el mundo entero la respete y sepa que ella es su propiedad privada.

¿Amor así? No, graciasShutterstock

Luego, navegando las aguas turbulentas de las fiestas de 15 años, bailé las letras de salsas sensuales que hablaban, por ejemplo, de cómo una niña se convierte en mujer por la acción de la varita mágica (sic) de un hombre que la estrena sexualmente. Escuché a tíos advertir con orgullo, en reuniones familiares “...agarren a sus vacas que mi toro está suelto”.

Mis tías, con voces susurrantes y dedos amenazantes, me advertían de la importancia de no dejar ver la ropa interior al sentarme; de la obligación que tenía de cuidarme así fuese de mis propios primos y tíos, porque “hombre es hombre”. Empecé a vincular el “portarme bien” con el dejar de hacer cosas que mi alma anhelaba, así fuesen tan inocentes como colgar del tendedero de ropa, cabeza abajo, no fuese yo a provocar.

Absorbí las enseñanzas de mis primas mayores sobre el amor, las relaciones y eso de “ser mujer”. Aparentemente a los piropeadores había que ignorarlos, poner cara de seria, y seguir adelante. Mala suerte para mí, que siempre he sido de risa fácil cuando estoy nerviosa. Aprendí que no se podía besar a los noviecitos en la primera cita -existía un código no escrito, pero fuertemente impuesto que decía que había que esperar a la tercera cita para dar el primer beso-, y yo, desesperada, besaba espejos practicando hasta que llegara algún candidato a la bendita tercera cita. Mis amistades me advirtieron que si el candidato se te declaraba era crucial decir dos veces “no” antes de dar el sí definitivo (aunque por dentro quisieras gritar que sí), no fuese a ser que te crearas fama de mujer fácil.

Entre canciones, advertencias y diálogos internalicé que si te celan es porque te quieren; que los hombres solo buscan “una cosa” y que es tu deber defender “la cosa”. Que hay dos tipos de mujeres: “las fáciles” y las “que se dan a respetar” entendiendo esto último como la mujer que no explora su sexualidad y nunca toma la iniciativa.

Todas estas instancias de socialización: la familia, las amistades, las expresiones artísticas, entre otras, perpetúan las ideas de que, por un lado, las mujeres deben controlar su sensualidad y que los hombres, por el otro, son incapaces de controlar sus impulsos debido a su “naturaleza”. Estas ideas se transparentan también en las noticias y en los medios. Las víctimas de abuso sexual e incluso feminicidios son juzgadas por la ropa, por el lugar en el que fueron atacadas, por las horas en las que se perpetra el crimen o por su incapacidad por romper con el complicado ciclo de la violencia doméstica a pesar del escaso acompañamiento estatal en estos casos. Para los hombres, tanto en los medios de comunicación como en las opiniones en redes sociales, se esgrimen excusas que van desde lo “difícil” que es para ellos controlarse, hasta la justificación de los más terribles casos de violencia, bajo la idea de que se trata de “amores extremos”.

¿Cómo es posible que vinculemos y normalicemos la violencia expresada a través del acoso callejero, el estupro, la violencia doméstica y hasta el feminicidio a partir del amor? Pues lo hacemos porque el patriarcado ha normalizado la idea del amor romántico, -ese amor de princesas que esperan como mogas a que alguien las rescate; el de las canciones machistas y de códigos de masculinidad violenta escondidos en poemas populares en los que el honor nacional es redimido con un feminicidio-, como la única manera de amar. Ese amor que lo aguanta todo, todo.

Con la reciente celebración de san Valentín, no puedo dejar de preguntarme a qué le rendimos honor en el día del amor. ¿Será a la idea del amor posesivo? ¿A aquel amor que hace creer que los celos y el control son expresión genuina de afecto? ¿A ese amor en el que las personas, sobre todo las mujeres, dejan de ser personas en sí mismas para vivir y respirar solo en función del otro?

Wácala. Sí ese es el amor que celebramos, me abstengo. Porque amor así, ¿para qué? No, gracias.