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27 de Oct de 2020

Cultura

Panamá, santo y seña virreinal

El Istmo contó con pocos cuarteles permanentes como los de Barlovento que estaban acondicionados también como almacenes de material de guerra

Las fanfarrias invitaban al silencio y anunciaban el inicio de la tercera representación del drama "Ni amor se libra de amor" de Calderón de la Barca, el público entusiasmado batía palmas para apurar el inicio y lanzaban vítores a sus actores predilectos. 

Veinte soldados habían sido enviados al Real Coliseo de Comedias de Lima, dirigidos por un sargento, que se situaron estratégicamente por todo el local: en el foro, en las puertas, junto al "Señor Alcalde que asistiere de turno…", "en el techo, para que nadie suba…", en la "cazuela de las mujeres, para impedir la mezcla con el otro sexo...", incluso dos soldados se colocaron en el exterior imponiendo silencio a los cocheros que aguardaban (Lohman Villena, 1945). 

Lo notorio es que el destacamento provenía de Panamá –del Regimiento Nápoles que había llegado provisionalmente de refuerzo al Istmo- al mando de José de Escobedo quien por disposición del Gobernador Guill tenía una doble tarea, hacer de chaperón de la compañía de comedias venida de la Metrópoli y, más tarde, custodiar la caja de "Situados Ordinarios" como se llamaba a la nómina de haberes de la tropa que desde Lima se remitía a Chile, Río de la Plata, Panamá, Guayaquil y otras zonas de su jurisdicción por la elevada suma de 4.357.103 pesos (Archivo General de Indias-AGI, Lima n.1494, Libro de Salarios Situados de la Real Caja Lima C-594).

El resguardo de las ciudades virreinales hizo del cuartel un componente del paisaje urbano de las posesiones españolas en América Latina en el siglo XVIII. Panamá, por su posición entre dos océanos, no fue la excepción. El ingeniero militar español Bernardo Forest de Belidor recomendaba en 1720 que los cuarteles fuesen construidos en parajes apropiados según la unidad castrense a la que debería alojar. Tales parajes costaban dinero y la edificación de un cuartel, mucho más, por lo que en Panamá se adaptaron solares intramuros con el inadecuado pragmatismo que tal decisión implicaba. Hasta antes de las reformas militares de Felipe V, la oficialidad y los soldados podían dormir fuera del cuartel como lo señala el informe de Luis de Vasoigne de 1702 (AGI, n.1290) pero adaptarse a las nuevas disposiciones generó no pocos problemas como lo prueban las "sublevaciones de guarnición" de Cartagena de Indias de 1745 o la de Puerto Rico y de Potosí unos años antes. El historiador J. Marchena indica que, en Panamá, por donde desfilaban casi todos los regimientos destinados al Perú, el problema del alojamiento castrense era muy grave.

Indica que, en 1784, por ejemplo, el Regimiento de Soria tuvo que ser "alojado en la ciudad, arbitrándose diversos acomodos: en un corral de Doña Margarita Bracho, en el Convento de San Francisco, en casas de Doña Petra Cotilla, en casas de Don Pedro de la Guardia, en la de Don Agustín de Gana, en el Convento de la Merced, en casas de Doña Josefa de Ustariz, en las bóvedas de Chiriquí, en la 'huerta del Rey' de los jesuitas expulsos..." (AGI, n.360). 

Por tanto, se adoptó la diversidad propia de la improvisación. Así, en otra ocasión, en el mismo año, se usó una "casa de alambiques o fábrica de aguardiente" para alojar varias compañías del Batallón Fijo de Panamá (AGI, n.360). Es fácil imaginar el barullo que armaron ante tan satisfactorio emplazamiento. Algunos conventos e iglesias también fueron convertidos en cuarteles. En Panamá, mercedarios, franciscanos y dominicos, vieron sus templos transformados en dormitorios de soldados (Vasoigne, 1702) a cambio de un alquiler. El Istmo contó con pocos cuarteles permanentes como los de Barlovento que estaban acondicionados también como almacenes de material de guerra (AGI, n.360, 1784). En Chagres, por ejemplo, la tropa residía en dos barracones levantados en la mitad del patio de armas, aunque en el exterior estaban las “chozas de las vivanderas” (AGI, planos de Panamá n.116 y Santa Fe n. 949). Solo del lado de Portobelo se hicieron de teja y tabla para la estancia temporal del Regimiento de Infantería de Galicia (AGI, n.527) bastante superiores a los de caña que, por ejemplo, se hicieron en Caracas.

En Panamá, el Batallón Fijo, que contaba en 1753 con 35 oficiales y 100 soldados –aunque con 600 plazas en libros-, debía dividirse para defender nada menos que el Darién, Terable, Chepo, Natá, Chagres y Chimán (Marchena, 2002; AGI n.356). En 1788 la dotación se incrementó con una Compañía de Artillería, dos Partidas Ligeras, una Compañía Fija en el Darién y el Piquete de Chagres -con 633 hombres en total-, sin mencionar la colaboración de las milicias criollas. Es la época también en que, entre los centinelas, se populariza el "Santa Ana y Panamá" como parte del Santo y Seña de las guarniciones.

Las ovaciones anuncian el fin de la función, para el sargento Escobedo y sus hombres es el momento de despedirse de Lima y qué mejor modo que asistiendo a uno de los furtivos deleites del momento, la representación no autorizada de la comedia "La Dama Duende" con Encarnación Guevara –madre de la futura primera actriz bonaerense Trinidad Guevara (Dillon, 2002)- que fascinaba al variopinto auditorio de criollos y artesanos, o bien, perdiéndose en las pulperías, tendejones, botillerías, gateras y pulquerías de su predilección (H.A.Silva, 1965).