07 de Dic de 2021

Cultura

Un fósil viviente de la Guerra Fría

Crítico y curador de arte, el cubano Gerardo Mosquera destaca la evolución que ha tenido el arte cubano, a diferencia del régimen, que se ha mantenido estático y anacrónico y hoy se enfrenta al descontento, sin miedo a represalias, de un pueblo cansado de llevar la peor parte

Un fósil viviente de la Guerra Fría
Gerardo MosqueraWang Guofeng

Este mes entrevistamos en La Estrella de Panamá a  Gerardo Mosquera, crítico y curador independiente radicado en La Habana y Madrid, asesor de la Academia de Bellas Artes del Estado de Holanda y miembro de los consejos de varias revistas y centros de arte internacionales. Autor de libros y de un gran número de ensayos. Co-fundador de la Bienal de La Habana, ha sido curador del New Museum of Contemporary Art, Nueva York, y director artístico de PHotoEspaña, Madrid. Ha curado numerosas bienales y exposiciones internacionales por todo el mundo. Recibió la beca Guggenheim

Como curador y crítico de arte que eres, ¿cómo ves el estado de la crítica en América Latina y el Caribe después de aquella seminal y clásica antología, 'Beyond the Fantastic' (1996), en la región?

La crítica de arte en la región mantiene su rigor, prosiguiendo el camino iniciado por los autores reunidos en aquella antología. Ellos transformaron el modo de entender el arte que aquí se produce, y nos emplazaron críticamente ante las complejidades y la definición del continente mismo. La mayoría de ellas (digo así porque hay muchas mujeres) continúan muy activas y ejercen gran influencia. Pero han surgido nuevas figuras cuyo impacto, en algunos casos, se proyecta más allá de América Latina, al igual que han hecho sus precursores. Solo debemos señalar que, como ha sucedido en el resto del mundo, la labor crítica ha disminuido en beneficio de la curaduría, que es la manera más activa de practicar hoy la crítica de arte. Por cierto, Beyond the Fantastic aparecerá este año en español, publicada por la editorial de la Universidad de Granada, España.

En tu nuevo libro “Arte desde América Latina” (2020) planteas el problema de la identidad, es decir, de un arte sin apellido, latinoamericano, y, en este sentido, ¿cuál es el lugar de los artistas “latinoamericanos” y “caribeños” que viven fuera de sus países que no producen su arte “desde” América Latina?

Desde la década de 1990 he defendido una idea de América Latina en su multiplicidad, complejidades y aún contradicciones, fuera de relatos totalizadores que pretendan homogeneizar su perfil simplificándolo. Veo la identidad como un espacio abierto, relacional, metamórfico, acorde con las dinámicas globales de hoy. La noción de arte “desde” América Latina que he planteado por encima del “de” y “en” América Latina, no refiere solo a un espacio físico, sino a lugares de enunciación culturales, subjetivos, de experiencias vividas y de autoconciencia. A partir de ellos se construye el lenguaje internacional del arte impuesto desde diferencias activas, que quiebran su canon hegemónico. Es decir, no se trata del país donde vives, sino de tu posicionamiento, tu cultura y tu subjetividad, en fin, de lo que te sientes ser y de cómo quieres actuar.

“No se trata del país donde vives, sino de tu posicionamiento, tu cultura y tu subjetividad, en fin, de lo que te sientes ser y de cómo quieres actuar”.

Muchas cosas han pasado en el mundo desde la caída del muro de Berlín, y, como cubano que eres, ¿qué impacto ha tenido/tuvo este acontecimiento entre los intelectuales y las artes de tu país?

La caída del muro tuvo lugar durante la celebración de la III Bienal de La Habana. Cuando ocurrió, ya las artes plásticas, y a partir de ellas toda la cultura en Cuba, habían adquirido un carácter crítico que continuará caracterizándola hasta el día de hoy, cuando ha devenido la avanzada en la lucha por los derechos civiles en el país. El arte crítico cubano precedió a la glasnost y la perestroika soviéticas, que conducirían a la caída del muro. El muro fue derribado en el arte en Cuba antes de que cayera en Berlín. Pero solo en el arte: el régimen cubano se ha resistido hasta hoy a emprender los cambios económicos y sociales necesarios para que el país no se mantenga estancado como un fósil viviente de la Guerra Fría.

Las protestas del 11 de julio en Cuba han tomado por sorpresa al mundo y, especialmente, al régimen cubano. ¿Qué consecuencias podría tener este evento histórico para la isla y la región?

Las manifestaciones pacíficas espontáneas de miles de personas en decenas de ciudades a todo lo largo de la isla han significado un punto de giro: fueron la caída de un muro de Berlín mental. Aunque fueron aplastadas en forma brutal, han mostrado que las autoridades cubanas precisan mantener desplegadas a las fuerzas armadas en las calles para evitar que la población vuelva a manifestarse. La gente –y en particular las clases más vulnerables– ha perdido el miedo y ha reclamado sus derechos del único modo en que la falta de canales de diálogo y discusión en el país permiten hacerlo. El régimen ha declarado y mostrado sin ambages que no está dispuesto a dialogar, sino a reprimir hasta donde sea necesario. Cientos de manifestantes han sido detenidos con violencia, juzgados sumariamente sin derecho a defensa, y condenados a prisión. Todos estos sucesos han llevado a figuras mayores de la cultura cubana a pronunciarse públicamente en contra de la represión y a favor de la libertad, el derecho al disenso, a la libre expresión y demás prerrogativas básicas, entre ellos Chucho Valdés, Leo Brouwer, Pablo Milanés, Haydeé Milanés, Los Van Van, Carlos Acosta, Carlos Varela, Fernando Pérez, Tomás Sánchez, Rafael Rojas, Lázaro Saavedra, Pedro Pablo Oliva, Sandra Ramos, Pitbull... A partir del 11 de julio las oposiciones y contradicciones políticas y sociales se han radicalizado y vuelto transparentes, y se han movido las fichas de –como dice la canción “Patria y vida”– un dominó trancado durante más de 60 años.

Artistas como Tania Bruguera y Carlos Manuel Otero Alcántara son tremendamente beligerantes. ¿Es que las nuevas generaciones han perdido el miedo?

Las nuevas generaciones de intelectuales cubanos han pasado de la crítica política y social a través de sus obras al activismo pacífico directo. Y no les ha importado pagar las consecuencias. Es asombroso que desde mucho antes de las protestas del 11 de julio decenas de artistas plásticos, curadores, músicos, escritores, periodistas, actores, cineastas, dramaturgos... han sido arrestados, encarcelados, golpeados, vejados, interrogados, amenazados, hostigados por las fuerzas represivas de modo violatorio de las leyes cubanas. Su delito: defender la libertad de expresión y el derecho a la diferencia. No conozco ningún otro caso en el mundo donde esto haya ocurrido en un contexto no bélico. Otero Alcántara debe tener el récord Guinness de mayor número de arrestos policiales, y se encuentra preso, sujeto a un proceso injusto y sin garantías, al igual que Maikel Osorbo, Hamlet Lavastida y muchos otros. Se requiere la solidaridad internacional para tratar de liberarlos. Es extraordinario que el campo de la cultura se encuentre a la vanguardia del reclamo público de los derechos humanos básicos en Cuba. Solveig Font, una joven colega encerrada entre presas comunes, ha narrado cómo estas le dijeron con simpatía: “ustedes son los culturosos, los que armaron toda la revuelta”. El papel de Bruguera en la lucha por las libertades básicas ha sido pionero y de la mayor relevancia.