30 de Nov de 2021

Cultura

Balboa y Bolívar: las fuentes de una nacionalidad

Los lineamientos diplomáticos panameños de las tres primeras décadas de la centuria pasada eran claros y la oportunidad de evidenciarlos ante el continente latinoamericano se presentó en 1926

“No debemos aceptar la ruptura entre la moral personal y la ética pública. Es urgente reforzar, cuando no estrenar, un nuevo modo de pensar que promueva ‘el paradigma ético de la moral pública’.” (Cipriani, 2000)

Los lineamientos diplomáticos panameños de las tres primeras décadas de la centuria pasada eran claros y la oportunidad de evidenciarlos ante el continente latinoamericano se presentó en 1926, año del Centenario del Congreso Anfictiónico que el Libertador Bolívar había reunido en el Istmo. En los años previos, Panamá había cuidado de estar representado en las efemérides de las independencias de las naciones sudamericanas seleccionando cuidadosamente a sus representantes, destacándose entre ellos, Eduardo Chiari y Nicanor de Obarrio, y se esperaba la visita que, en reciprocidad, debían llevar adelante los países que compartían con los panameños un mismo ideal de unidad continental.

Así, la celebración conmemorativa del Congreso Anfictiónico se llevó a cabo en torno a tres manifestaciones político-culturales: un gran congreso internacional que reviviese la histórica asamblea de 1826; la inauguración del imponente monumento a Simón Bolívar; y una serie de actos festivos para las delegaciones extranjeras presentes en esos días de algarabía nacional y reafirmación patriótica panameña (Chirú, 2011). Previamente, en 1923, el Perú había obsequiado un busto de Faustino Sánchez Carrión, promotor del congreso de 1826, y dos años después fue exhibida en Panamá la espada regalada a Bolívar por el Perú (“Diario de Panamá”, 2 de enero 1925).

Al congreso internacional, que tuvo una duración del 19 al 25 de junio de 1926, estuvieron representados veintidós países –dieciocho latinoamericanos, EEUU, Inglaterra, Países Bajos y España- a los que se sumaron cuarentaicinco delegaciones científicas y universitarias de nueve países, entre ellas el Perú. Para el investigador Marcilhacy (2019), el éxito en el nivel de respuesta a la convocatoria panameña se debe al prestigio y solidez de personajes políticos como Octavio Méndez, secretario de instrucción pública en ese momento; Samuel Lewis, doctor en Derecho y exsecretario de Relaciones Exteriores; y Fabián Velarde, abogado, quien insistió siempre en la valiosa posición geográfica del istmo como había vaticinado Bolívar. Uno de los momentos culminantes fue la sesión solemne en la misma sala capitular del convento de San Francisco de aquel 22 de junio de 1826 al que se sumó la visita al recién construido hospital Santo Tomás el “más moderno, mejor equipado y capaz de América Latina” (Chiari, 1926).

Paralelamente, la diplomacia panameña impulsó la publicación y difusión del “Golden Book Panama” de Mia Strasser y David Saavedra (1926). Esa guía -redactada en inglés, español y alemán- era un estudio de los beneficios que ofrecía Panamá en comparación con Canadá, Australia, Sudáfrica, Argentina y Brasil, para la realización de inversiones en el sector agropecuario. La revista ístmica “El Mundo” (junio 1926), a su vez, preparó un número extraordinario en homenaje al Libertador.

El monumento a Bolívar fue inaugurado el 22 de junio de 1926 en la céntrica Plaza de San Francisco, rebautizada Plaza Bolívar. El conjunto arquitectónico fue costeado por las naciones latinoamericanas (resolución 47 de la V Conferencia Panamericana de Santiago de Chile, 1923) por lo que lleva un simbólico cóndor en lo alto y muestra un Bolívar vestido de paisano rodeado de las alegorías de la Libertad y de la Paz, simbolizando así su condición de hombre civil y organizador de naciones. La obra fue del escultor español Benlliure que ya había hecho el monumento del General José de San Martín en Lima (1921) y de Núñez de Balboa en ciudad de Panamá (1924).

En el momento de mayor fervor bolivariano el delegado de Nicaragua, Daniel Gutiérrez Navas, propuso desplazar la sede de la Unión Panamericana de Washington a Panamá, alegando la posición céntrica que ocupa el Istmo en el hemisferio (CPCB, 1927, citado por Marcilhacy, 2020). En nombre de Uruguay, el jurista Harmodio Arias abogó por crear una Liga de las Naciones Americanas que se adecuara estrictamente a los principios de derecho consagrados en el proyecto de anfictionía bolivariana. Terminadas las festividades, las delegaciones regresaron con ímpetu para constituir “Sociedades Bolivarianas” en Quito (1926), Lima (1927), La Paz (1929) y Brasil (1931).

Los dos mayores logros diplomáticos que alcanzó Panamá con la conmemoración del Centenario del Congreso Anfictiónico de 1826 fueron, de un lado, el inicio de la estrategia para latinoamericanizar la cuestión del Canal y así evitar un frente asimétrico con los Estados Unidos; y de otro, la reafirmación de su nacionalidad sobre la base de dos filones: la herencia española (gen fundacional) representada por la figura de Núñez de Balboa, y la filiación latinoamericana, con el Libertador Bolívar (gen emancipador y de afirmación de la identidad). Ello definió la posición de la joven nación panameña –poseedora de una vía interoceánica- en el consenso de estados hispanohablantes. Balboa y Bolívar, héroes de su espacio y tiempo histórico, se reafirmaron como figuras tutelares de la patria ístmica sobre las cuales construir un destino nacional (Araúz, 2004; Marcilhacy, 2006; Chirú, 2012; McCullough, 2012). Un éxito de “Public Diplomacy” dirigido a opiniones públicas extranjeras para generar comprensión mutua y ganar influencia.