28 de Nov de 2021

Cultura

Pytajovái y los Balboa

El muslo le sangraba profusamente, la lluvia de saetas era incesante, Gonzalo de Balboa nublado de dolor buscó contener el fluido mientras arrastraba a su hermano Juan que, inerme a su lado, había sido alcanzado por un dardo envenenado

“Aquella soleada tarde, Pytajovái, dios de la guerra, se hizo presente con ímpetu destructor”. (Chamorro, 2004).

El muslo le sangraba profusamente, la lluvia de saetas era incesante, Gonzalo de Balboa nublado de dolor buscó contener el fluido mientras arrastraba a su hermano Juan que, inerme a su lado, había sido alcanzado por un dardo envenenado. Desesperadamente buscaba el abrigo del destacamento español que aún combatía y que se replegaba lentamente, pero la herida emponzoñada provocaba ya sus fatales efectos. Para cuando Alvar, el menor de los Balboa, llegó a su lado, ambos habían entregado su alma a Dios. Los guerreros carios del río Paraguay se habían ocultado en trincheras alrededor de las sendas para tomarlos por sorpresa. Pocos minutos después caía aflechado también el único sobrino, Gonzalo, que les acompañó en la batalla. Destino inimaginable para los parientes del adelantado del mar del Sur Vasco Núñez de Balboa.

Sebastián Cabot, jefe de la expedición, había colocado, a la usanza de la época, a la infantería al centro, primero los perros de guerra y luego los soldados con rodelas, detrás los armados con picas o lanzas, y a los lados los pocos jinetes de caballería con que contaba, pero los sagaces nativos habían aprendido cómo luchaban las huestes españolas en las Indias, por ello las celadas eran la estratagema preferida y los primeros objetivos eran siempre los intimidantes perros.

Cabot era veneciano –nacido probablemente en 1474– quien, dada su fama de marino y cartógrafo, fue contratado en 1512 por el rey Fernando el Católico para desempeñar diversos cargos de asesor del Consejo de Indias y piloto mayor del Reino. Ese fue un año particular porque el rey contrató también a otros dos hombres de ciencia italianos, los cosmógrafos Messer Marrunio y Messer Codro, que sirvieron lealmente a España. Mientras Marrunio permaneció en la Corte y sirvió también al emperador Carlos V; Codro, con la ilusión de trazar el primer mapa de las Indias, terminó en Darién donde hizo amistad con Vasco Núñez de Balboa. Tras la muerte del rey Fernando, Cabot emigró a Inglaterra hasta 1517 cuando Carlos V lo contrata nuevamente como cartógrafo y retorna a España.

En 1525, el emperador le encomienda una expedición para auxiliar a los náufragos de Magallanes. La flota de Cabot, formada por tres naves con más de 150 hombres, entre ellos los tres Balboa y el sobrino, zarpó de Sevilla en abril de 1526. El Gonzalo mayor era tesorero de la nave “Trinidad”, Alvar era el veedor en la misma nave, Juan era el responsable de la fuerza de lanceros que transportaba el “San Cristóbal” mientras que el Gonzalo menor era el responsable de los perros de guerra llevados en la “Santa María de Gracia” (J. Medina, 1914 citado por K. Romoli, 1955). Los cuatro naturales de Jerez de los Caballeros, gentilhombres extremeños calurosamente recomendados por Carlos V, porque eran, finalmente, los parientes del descubridor del mar del Sur.

La travesía hacia el Atlántico sur se desarrolló sin mayores dificultades. En el estuario del Plata Cabot escuchó las fabulosas historias sobre ciudades de oro y cerros de plata que le relató un tal Melchor Ramírez, náufrago de la expedición de Juan Díaz de Solís (1516). Su ambición creció de tal modo que decidió desobedecer a Carlos V, remontó el Río de la Plata e incursionó en el Paraná. Se internó en el país y el 9 de junio de 1527, cerca de la desembocadura del Carcarañá en el río Paraná –50 kilómetros más al norte de la actual ciudad argentina de Rosario– levantó un modesto fuerte al que llamó “Sancti Spiritu”, considerada la primera fundación en tierras argentinas (J.M. Gonzales Ochoa, 2003). En busca de tesoros, él, los Balboa y su tropa se adentraron por los ríos hasta alcanzar los rápidos de Apipé (R. Bidde, 1970). La fiereza de los guaraníes, las dificultades del terreno y la inexistencia de metales preciosos hicieron desistir a Cabot. La tropa se sublevó después de tantos reveses e incontables escaramuzas por lo que, después de perder a los Balboa, Cabot divide sus fuerzas y envía un grupo dirigido por Francisco César que llega a Charcas aunque sin hallar el codiciado oro. Para justificarse, César inventa un relato al cual Cabot da crédito naciendo así la leyenda de la “Ciudad de los Césares”, un inexistente poblado donde todo era oro y plata. Con solo un tercio de los sobrevivientes, entre los que se encontraba un Alvar compungido y maltrecho, Cabot regresó a España donde fue sometido a juicio, condenado y desterrado a Orán (J. T. Medina, 1908). Alvar, mientras tanto, regresó a Extremadura donde “[...] su naturaleza pacífica lo hizo apartarse de toda aventura y desaparecer en el discreto velo que brinda la agricultura” (Álvarez Rubbiano, 1944). Tres hermanos exploradores y un sobrino perdidos en las Indias, uno de ellos el adelantado del rey Vasco Núñez de Balboa, era demasiado para su retraído carácter.

Embajador de Perú en Panamá