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25 de May de 2022

Cultura

Y ahí está el debate histórico

En la obra 'El mito de los próceres', su autor Olmedo Beluche saca a relucir elementos que ha omitido la historia oficial: no había ningún movimiento separatista, que el objetivo central fue la imposición del tratado Herrán-Hay por parte de Estados Unidos y que la trama separatista surge de la Compañía del Ferrocarril de Panamá

Y ahí está el debate histórico
Y ahí está el debate histórico

En esta edición de Facetas, entrevistamos al Dr. Olmedo Beluche, quien nació en la ciudad de Panamá en 1958. Licenciado y doctor en sociología, con maestría en estudios políticos, títulos obtenidos en la Universidad de Panamá. Profesor titular de sociología en esa universidad. Activista político de izquierda desde el colegio secundario hasta la actualidad. Militante del movimiento Polo Ciudadano. Padre de dos hijos.  Libros publicados: La verdad sobre la invasión (1990); Diez años de luchas políticas y sociales en Panamá (1980-1990) (1994); Estado, nación y clases sociales en Panamá (1999); Independencia hispanoamericana y lucha de clases (2021); El mito de los próceres (2021). Premio anual de la revista cultural Lotería 2005, por el artículo “El debate del centenario”.

En tu libro “El mito de los próceres” hay el subtítulo “la verdadera historia de la separación de Panamá de Colombia”. ¿Qué puede haber de “verdadera historia” en una historia tan enrevesada y truculenta como la panameña?

El problema es que, en la modernidad capitalista, los Estados naciones utilizan la historia de manera ideológica, falsificándola, idealizando a los héroes que simbolizan a la clase dirigente, ignorando los hechos y las personas que no sirven a ese objetivo manipulador. De esa manera las historias oficiales se convierten en parte de una ideología nacionalista manipulada que sirve a la legitimación de ciertos intereses que controlan el Estado. En este sentido recomiendo tu libro Filosofía de la nación romántica panameña. En nuestro caso la historia oficial ideologizada pretende que la “nación” (étnicamente hablando) nace del amor entre Vasco Núñez de Balboa y la mítica Anayansi (personaje ficticio), que con el descubrimiento del Mar del Sur dotó a los istmeños de un “espíritu comercial” (pro mundi beneficio). Parte de ese mito es la forma como la historia oficial cuenta los sucesos de 1903, en el sentido de que supuestamente la adhesión al proyecto colombiano habría frustrado esa vocación comercial, por lo que supuestamente intentamos separarnos durante el siglo XIX (lo que implica cambiar el sentido de los sucesos de entonces), y que, finalmente, con la “ayuda” de Estados Unidos esa “nación comercial” alcanzó su consagración el 3 de noviembre. Esa historia oficial, con todos sus matices (más leyenda dorada o más versión ecléctica) omite y falsea lo que en realidad pasó: que éramos parte del Virreinato de la Nueva Granada desde 1740, por ello fuimos parte del Estado colombiano en 1821, por ello nuestra identidad fue colombiana, que no hubo serios intentos separatistas, salvo puntales ocasiones en que los comerciantes soñaron convertirnos en colonia inglesa, y que los llamados “intentos separatistas” fueron guerras civiles entre: bolivaristas y santanderistas, entre liberales y conservadores, entre federalistas y centralistas, entre librecambistas y proteccionistas. Respecto a 1903, la historia oficial omite que: no había ningún movimiento separatista, que el objetivo central fue la imposición del tratado Herrán Hay por parte de Estados Unidos (con zona y jurisdicción yanqui), que la trama separatista surge de la Compañía del Ferrocarril de Panamá, de la que eran empleados Amador Guerrero y Arango, y estaba dirigida desde Nueva York por William Cromwell, movido por el negociado de los 40 millones de dólares de las acciones del canal francés, que hubo una invasión militar estadounidense el 3 de noviembre con más de 10 acorazados y cientos de soldados, etc. Esa es la verdad que no se dice.

En tu libro discutes la figura de Justo Arosemena y afirmas que él fue federalista y no separatista y, en este caso, pareciera que así lo salvas de la sospecha de ser un antinacional, un simple burgués filisteo, que, como los otros, solo veían el interés pecuniario de la separación de Colombia, ¿no es cierto?

Y ahí está el debate histórico
Olmedo BelucheCedida

Pese a que se ha nombrado a Justo Arosemena “padre de la nación panameña” y a su libro El Estado Federal de Panamá como una especie de “biblia” nacional, yo creo que la mayoría de los panameños, incluyendo muchos que pasan por historiadores, no han leído este libro. Allí, Arosemena dice claramente que se opone a la separación de Panamá de Colombia porque sería presa fácil de las potencias imperiales, y que el sistema federal buscaba lo contrario, evitar que Estados Unidos o Inglaterra tuvieran excusas de obstáculos al libre tránsito para apoderarse de Panamá. Lo que proponía era la descentralización de ciertas funciones burocráticas que se podían resolver aquí sin tener que ir hasta la capital, Bogotá. En realidad, ese libro fue un alegato legislativo para el Congreso de la Nueva Granada, que lo aprobó sin ningún problema y lo nombró a él como primer presidente del Estado Federal. Y luego gustó tanto el modelo que empezaron a imitarlo hasta que la Constitución de Río Negro proclamó los Estados Unidos de Colombia. Así como hoy se puede ser chiricano y panameño, Justo Arosemena fue un destacado constitucionalista panameño y colombiano.

A veces das la impresión que eres un positivista, es decir, que los “hechos” solo están allí esperando que sean descubiertos por alguien. En verdad, ¿“los hechos están ahí a la mano de cualquiera”?

“El día que la búsqueda de la verdad sea reducida a meros puntos de vista, habrá que soltar a los presos de las cárceles y cerrar los hospitales”.

Desde la antigüedad griega el objetivo de la filosofía y la ciencia es explicar la realidad social y natural de manera racional, sin apelar a explicaciones místicas. Desde el renacimiento está claro que para entender la realidad debemos rechazar los prejuicios y aplicar la duda metódica (Descartes), además de observar la realidad objetivamente (Hume). Y así como en biología hay que observar el comportamiento del cuerpo, en historia debemos empezar por la observación de los hechos y tratar de responder a la pregunta ¿Por qué pasó esto o aquello? El problema del positivismo “comtiano”, aplicado a la historia, no es que idolatre el “hecho”, sino que absolutiza el “dato” (el registro, el documento). Los positivistas creen que los datos hablan por sí solos y que basta describirlos, con lo cual olvidan que falta un aspecto importante del método científico, que es el análisis o interpretación. Por eso la historia positivista, que odian tanto los estudiantes, es la absolutización del dato: memorizar hechos, nombres y fechas. Falta la interpretación, la valoración. Habrá interpretaciones más acertadas que otras, más unilaterales o completas. Y ahí está el debate histórico. Los positivistas interpretan los datos y los hechos a favor del sistema social imperante y pretenden a la vez que son “neutrales” porque se disfrazan de “científicos”. El marxismo toma los mismos hechos, pero los analiza críticamente, buscando detrás del acontecimiento en sí los intereses de clases y grupos específicos. El peligro inversamente proporcional al positivismo es el del postmodernismo, que pretende que todas las interpretaciones son igualmente válidas y que la verdad no importa al final solo hay “opiniones”. El día que la búsqueda de la verdad sea reducida a meros puntos de vista habrá que soltar a los presos de las cárceles y cerrar los hospitales.

En tu polémica con Ricaurte Soler hablas del “desarrollo capitalista autóctono” y que el transitismo, por ser antinacional, “ha saboteado” la identidad nacional panameña, colombiana o hispanoamericana. Lo que se pregunta aquí es si en algún país de la región es diferente a pesar de no ser “transitista”.

El problema de la perspectiva histórica de Ricaurte Soler, y de sus discípulos, es que desde una metodología pretendidamente “marxista” acaban exaltando la vocación comercial de la “nación panameña”, es decir, terminan coincidiendo con la leyenda dorada. Por ejemplo, cuando Soler analiza la guerra civil de 1860-62, pretende que el latifundista Santiago De la Guardia, líder conservador muerto por los liberales, era un héroe en la lucha por la “nacionalidad”, mientras que trata peyorativamente al liberalismo popular del arrabal, encabezado por Buenaventura Correoso. Soler cree ver una lucha de liberación nacional donde en realidad hay una guerra civil entre partidos y clases sociales.

Tras dos décadas de la administración panameña sobre el Canal. qué dirías a las nuevas generaciones. Al final, ¿ha sido una “historia de éxito”?

La lucha generacional por la soberanía y contra el sistema colonial de la Zona del Canal es una de las consecuencias directas del 3 de noviembre de 1903 (la historia oficial trata de desvincular ambos hechos). Esa lucha, desde el principio la llevó el pueblo, la clase trabajadora y su juventud estudiantil. Mientras que la clase dirigente, la oligarquía comercial, soñó con convertirnos en colonia. La desaparición de la Zona y de las bases militares fue una obra del pueblo panameño, y fue fruto de nuestra verdadera independencia, el 9 de enero de 1964. El problema es que ahora, y como fruto de la invasión del 20 de diciembre de 1989, una élite empresarial se ha apropiado de la administración y manejo del Canal y sus recursos. Hay que continuar la lucha para que el Canal de Panamá esté verdaderamente al servicio y bajo control del pueblo panameño.

El autor es investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de Panamá