23 de Oct de 2021

Economía

Sobreviven a lo difícil

PUERTO ARMUELLES. El olor a esmalte de uñas se sentía en una de las avenidas más concurridas del centro de Puerto Armuelles. Sentada en ...

PUERTO ARMUELLES. El olor a esmalte de uñas se sentía en una de las avenidas más concurridas del centro de Puerto Armuelles. Sentada en uno de los tantos puestos de buhonería que rodean al pequeño Municipio de Barú estaba Elizabeth Guerra, quien con la falta de clientela, aprovechaba para embellecer sus agotadas manos por tanto esfuerzo durante 15 años.

En Puerto Armuelles, la mayoría de los buhoneros se establecieron en donde, según ellos, hay el mayor movimiento de clientes: frente al municipio, donde la población acude casi por obligación a realizar sus trámites oficiales.

‘Han intentado reubicarnos, pero como este distrito está en pobreza extrema no tenemos a dónde ir, todo depende del Municipio, pero realmente no sé qué irá a pasar con nosotros’, comentó resignada Elizabeth.

Con ese tono de voz particular que delata a los oriundos de esta región de la provincia chiricana, comenta cómo ella y otros en ese apartado sector del país tratan de sobrevivir en medio de una vorágine; es el dilema entre quien tiene la oportunidad de obtener alguna ganancia y del que no cuenta con ningún medio para hacerlo. Elizabeth mencionó que la mercancía que ofrece la obtiene de los carros revendedores que llegan al lugar, otros van a la Frontera, aunque ‘el que quiere surtirse va a diferentes lugares, como hasta la ciudad de Panamá, donde se consiguen mejores precios’.

LOS DÍAS BUENOS

Los pagos de jubilados y pensionados son los ‘días buenos’ para estos trabajadores; lamentablemente, aquella tarde del lunes 9 de mayo de 2011, las ventas eran lentas. Solo segundos de haber dicho esto, Elizabeth hizo una pausa en la conversación para atender a un pequeño cliente.

Fue entonces cuando Juan Antonio Vega, de cuatro años, enfrentaba la difícil decisión de escoger entre un caballo y una vaca. ‘Yo quiero los dos’, le decía insistentemente el niño a su joven madre. Era una inversión de $1.25 por cada artículo.

Entonces, Elizabeth lanzó una oferta tentadora: ‘Si se lleva los dos se los dejo a un dólar cada uno’. La alegría del niño hizo que la mamá sacara un billete de cinco dólares e hiciera la compra.

Feliz tras lograr la transacción, Elizabeth reanuda la conversación y habla sobre sus ganancias en un buen día, las cuales podrían ser de $40 si es pago de pensionados y en un día normal serían casi $20, aunque hay días que ni $20, expresa.

ESPERANZA

La microempresaria recuerda que antes, cuando la actividad bananera estaba en su apogeo, vendía mucho más, siendo los productos de mayor demanda las colas de cabello, ganchos, aretes, peinetas, focos de mano y baterías.

No ha estimado cuánto era su ganancia mensual entonces, pero recuerda cómo le ayudaron sus ingresos para el pago de los estudios universitarios de una de sus hijas.

Elizabeth espera un milagro. Piensa que la ley para reactivar económicamente el área obraría en tal bendición. ‘Yo amo este pueblo y no me quiero ir de aquí, uno ve las cosas duras, pero ojalá todo cambie y que sea como antes, cuando había mucho dinero, sería muy bueno para todo el mundo porque aquí hemos pagado justos por pecadores’, sentenció.

La mujer cuenta que sus tres hijos emigraron a la capital en busca de oportunidades. Se queja con un quiebre en su voz. ‘Aquí no hay trabajo ni oportunidades para la juventud, los que estamos somos los que tenemos años de estar aquí, pero para los jóvenes no hay nada’, lamentó.

Moisés Marín es otro de estos sobrevivientes. Como Elizabeth, él espera una mejor fortuna, aunque en medio de la nada.

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