23 de Feb de 2020

Economía

La movilidad descendente

WASHINGTON. Un fantasma que persigue a Estados Unidos es el de la movilidad descendente. Cada generación, pensamos, debe vivir mejor que...

WASHINGTON. Un fantasma que persigue a Estados Unidos es el de la movilidad descendente. Cada generación, pensamos, debe vivir mejor que su predecesora. En general, los norteamericanos aún creen en esa promesa. Una encuesta de Pew de este año halló que el 48% de los encuestados pensaba que el estándar de vida de sus hijos excedería el propio. Aunque esa cifra es menor que el 61% de 2002, está a la par de la cifra de mediados de los años 90. Pero esas expectativas podrían verse truncadas. Para los norteamericanos jóvenes, el futuro podría ser más oscuro.

Junto con los puestos de trabajo, la elección presidencial de 2012 podría pelearse sobre ese tema. ‘¿Podemos salvar a la clase media?’, se preguntaba en un reciente artículo de tapa la revista The Atlantic. El pesimismo se eleva con la educación. En la encuesta Pew, el 54% de los encuestados con un diploma de escuela secundaria o menos, creyó que sus hijos tendrán un mejor pasar; sólo el 35% de los que cuentan con un título de postgrado estuvo de acuerdo. ‘Hay una especie de depresión’, escribe el columnista del Washington Post, Richard Cohen. ‘Hemos perdido nuestro hechizo, nuestro ritmo’.

Se podría sostener que toda esta depresión repite un error histórico: proyectar el presente al futuro. Que la economía esté en malas condiciones hoy, no significa que siempre lo estará. Después de la Segunda Guerra Mundial, recordó el economista galardonado con el Premio Nobel, Robert Fogel, existía una generalizada ‘alarma sobre el masivo desempleo’. Once millones de veteranos y 9 millones de trabajadores de la industria de la Defensa debían encontrar nuevos puestos de trabajo. La gente temía una nueva Depresión. No se produjo, porque la demanda acumulada de vivienda, automóviles y electrodomésticos alimentó un auge del empleo.

Lamentablemente, esta advertencia es sólo importante a medias en la actualidad. Nuestro futuro sin duda sería más brillante si la economía recuperara un fuerte crecimiento, pero eso no aseguraría automáticamente estándares de vida más elevados. Una sociedad genera esos estándares mediante la productividad —incrementos en la eficiencia, tecnología y organización empresarial que reduce costes o que permite que las empresas paguen salarios más elevados. Sin una productividad más alta, el estándar de vida no se elevará. Pero incluso con ella, los jóvenes quizás no disfruten de los avances.

La explicación es que las mejoras de productividad ya han sido dedicadas a tendencias demográficas que no podemos alterar (envejecimiento) o problemas que no hemos abordado (costos descontrolados de la asistencia médica, deterioro de la infraestructura). La productividad futura y las mejoras en los ingresos serán canalizadas para cubrir estos rubros: impuestos más elevados para pagar una población más anciana; gastos médicos; e impuestos y tarifas para reparar carreteras, escuelas y sistemas de aguas.

Ya está sucediendo. ‘Una década de crecimiento en los costos de la asistencia médica ha eliminado las mejoras reales en los ingresos para una familia norteamericana promedio’, informan dos investigadores de la Rand Corporation en la publicación Health Affairs. De 1999 a 2009, la remuneración total para una familia típica de cuatro miembros, con los costos del seguro médico pagado por el empleador, se elevó $23,000. Alrededor del 95% de esa cifra (casi 22,000) se fue con la inflación y la asistencia médica, incluyendo costos del empleador, primas de la familia, pagos del propio bolsillo e impuestos. Para la mayoría de las familias, los costes más elevados no produjeron beneficios paralelos. El motivo es que los gastos médicos están concentrados: el 5% más enfermo da cuenta de la mitad del total.

Mientras tanto, los ingresos disponibles —lo que la gente considera su estándar de vida— se han estancado. La reducción continuará. En 1980, había 32 millones de norteamericanos de 65 y más años; para 2040, se calcula que habrá 80 millones. Los costos crecientes del Seguro Social y Medicare han creado una nueva dinámica política: si no se reducen los beneficios para los ancianos, las cargas de los jóvenes aumentarán. La infraestructura en decadencia obliga a tomar decisiones similares. O bien se pagan las reparaciones o se toleran carreteras deficientes y escuelas deterioradas.

El futuro de nuestros hijos ha sido fuertemente hipotecado. Eso es cierto incluso si la economía vuelve a tener, en unos años, ‘pleno empleo’ (digamos, un 5% de desempleo) y las mejoras de la productividad del pasado (alrededor de un 1.7% anual desde 1966) continúan. Si la débil recuperación actual continúa, el panorama se oscurece. El desempleo continuará siendo alto, digamos de un 7 a 9%. Los aumentos de salarios permanecerán deprimidos. Los trabajadores jóvenes tendrán problemas en encontrar trabajo para desarrollar sus destrezas y crear contactos.