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29 de Sep de 2020

Economía

Amor a la patria

WASHINGTON. Si me preguntaran cuál es mi verdadera religión, la respuesta no involucraría nada relacionado con lo que se practica en una...

WASHINGTON. Si me preguntaran cuál es mi verdadera religión, la respuesta no involucraría nada relacionado con lo que se practica en una iglesia, sinagoga o mezquita. Mi verdadera religión es Estados Unidos, y siento el privilegio, entre los 7,000 millones de habitantes del mundo, de ser uno de los 300 millones que tienen la fortuna de ser estadounidenses. Esto trasciende el mero patriotismo. Creo en lo que este país defiende, aunque reconozco sus límites y fracasos.

Como individuos, no somos mejores que la mayoría de la gente (puesto que el egoísmo y el prejuicio han sobrevivido). Como sociedad, a menudo hemos violado nuestros más elevados ideales (comenzando por la aceptación de la esclavitud en 1787).

Nuestra fuerte insistencia en el ‘excepcionalismo’ ofende a millones de no-estadounidenses, que nos hallan excepcionales sólo por nuestros incesantes alardes.

Pero estas advertencias no atenúan mi amor por la patria. Aún me conmueve nuestro himno nacional. Pienso que nuestra imperfecta mezcla de tradiciones democráticas, respeto por el individuo y dinamismo económico exige un lugar singular en la historia humana.

LA IDENTIDAD

En la mayoría de las sociedades, la gente queda marcada por el lugar donde ha nacido, su origen étnico o convicción religiosa. En Estados Unidos, todo eso es secundario. La identidad de los estadounidenses surge de las creencias sobre las que se fundó el país, entre ellas, la convicción de que nadie es automáticamente mejor que otro por una cuestión, simplemente, de nacimiento.

Nuestra reverencia por estos ideales sigue siendo una piedra de toque. Hace unos años, un amigo me dio una copia de ‘The National Hand-Book of American Progress’ (Manual nacional del progreso norteamericano), publicado en 1876 y revisado por Erastus Otis Haven, obispo de la Iglesia Metodista Episcopal y segundo presidente de la Universidad de Michigan. Haven elogia efectivamente los logros económicos.

El telégrafo, creado en 1844, generó una red de 75,137 millas. Pero más que nada, Haven celebra nuestros ideales y nuestras instituciones políticas, las que —con la trágica excepción de la Guerra Civil— habían logrado solucionar los conflictos de manera pacífica. Los documentos que compiló eran, en su mayoría, políticos; la Declaración de la Independencia; la Constitución; el Discurso de Despedida de Washington; los dos Discursos Inaugurales de Lincoln y la Proclamación de la Emancipación.

Este intenso amor a la patria define a los estadounidenses y, comparados con muchos otros, nos distingue. Un estudio de 33 países, en 2004, realizado por el National Opinion Research Center de la Universidad de Chicago, colocó a Estados Unidos en primer lugar en cuanto a orgullo nacional. Podría pensarse que esta poderosa lealtad —lo que yo, y sin duda millones, llamamos religión— nos uniría. A menudo lo hace. Pero en este 4 de julio enfrentamos una paradoja inquietante: Nuestro amor por la patria cada vez nos divide más.

UNA CRUDA REALIDAD

Nuestros debates nacionales ahora trascienden los desacuerdos sobre uno u otro programa de gastos o impuestos para convertirse —en las mentes de los combatientes —en una lucha trascendental por la naturaleza y esencia de Estados Unidos. Un bando se inclina, presuntamente, a insertar el gobierno en todos los aspectos de nuestra vida y a sofocar la responsabilidad y el esfuerzo individuales. El otro, supuestamente endeudado con los ricos, está comprometido con ‘la supervivencia del más apto’ y es indiferente a todos los demás.

Si uno cree que eso es lo que está en juego —y que la derrota extinguiría los aspectos más valiosos y virtuosos de Estados Unidos— entonces el otro bando debe ser despreciado y demolido. El mismo amor a la patria lo impulsa a uno a los extremos de la retórica y las convicciones. Lo instiga a uno, cada vez más, a odiar al otro bando.

El telón de fondo de esta lucha es de larga data. Como señalara Alexis de Tocqueville, los estadounidenses veneran tanto la libertad como la igualdad. Toda nuestra historia presenta esta tensión entre preservar la libertad y promover la igualdad. Si uno defiende una de ellas, piensa naturalmente que es heredero legítimo de los fundamentos esenciales del país.

DEMOCRACIA COMPROBADA

En una democracia, sostenía de Tocqueville, los estadounidenses favorecerían, en última instancia, la igualdad sobre la libertad, porque sus beneficios materiales son más inmediatos y tangibles. No es así, replicó el finado especialista en Ciencias Políticas James Q. Wilson. Los estadounidenses valoran enérgicamente la libertad, mucho más que cualquier ciudadano de otro país democrático, sostuvo él.

Hay muchas pruebas indicando que Wilson estaba en lo cierto. Una reciente encuesta de Pew pedía a los encuestados que escogieran entre ‘la libertad de perseguir los objetivos de la vida sin interferencia del Estado’ y que ‘el Estado garantizara que nadie sufriera necesidades’.

Un 58% de los estadounidenses contra un 35% seleccionó la libertad. Las respuestas europeas fueron revertidas: el porcentaje de Alemania de un 36% contra un 62%, fue típico. Por amplios márgenes, comparados con los europeos, los estadounidenses creen que el ‘éxito en la vida’ está determinado por el esfuerzo individual y no por fuerzas externas. Aún así, en sus hábitos electorales, los estadounidenses a menudo prefieren la seguridad.

El envenenado clima político actual, la rectitud está muy cotizada mientras que la realidad histórica se vende con descuento. Cada bando, ya sea ‘liberal’ o ‘conservador’, republicano o demócrata, se comporta como si contara con el monopolio de la verdad histórica.

El temor a que la existencia de su versión de EEUU se vea amenazada cosecha discordia y explica por qué el amor a la patria se ha convertido en un cuchillo de doble filo que nos divide, cuando debería unirnos.