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29 de Sep de 2020

Economía

La pesada carga del déficit fiscal en Estados Unidos

WASHINGTON. ¿Se preguntan por qué el gobierno no puede reactivar la perezosa economía? Bueno, uno de los motivos es que aún estamos paga...

WASHINGTON. ¿Se preguntan por qué el gobierno no puede reactivar la perezosa economía? Bueno, uno de los motivos es que aún estamos pagando el precio del mayor error de política interna cometido desde la Segunda Guerra Mundial. Ocurrió hace medio siglo y ayuda a explicar la parálisis programática de la actualidad. Vale la pena comprender esa historia, que no suele reconocerse.

Hasta los años 60, los norteamericanos en general creían en una inflación baja y en presupuestos balanceados. El presidente John Kennedy compartía el consenso general, pero fue persuadido de lo contrario. Sus asesores económicos adujeron que, mediante gastos deficitarios y modestos aumentos inflacionarios, el gobierno podría elevar el crecimiento económico, reducir el desempleo y suavizar los ciclos comerciales.

Nada de eso resultó ser verdad; todo ello provocó penurias.

El capítulo uno se refirió a la inflación. Los aumentos no fueron modestos; para 1980, se acercaron a un 14% anual. Los ciclos comerciales no se suavizaron; entre 1969 y 1981, hubo cuatro recesiones. El desempleo, como promedio, no cayó; la tasa mensual pico —a la que se llegó en la salvaje crisis de 1980 y 1982— era del 10.8%.

Los norteamericanos perdieron la fe en el gobierno y en el futuro, muy parecido a lo que ocurre ahora. La confianza volvió sólo después de que se acabó con la elevada inflación, a principios de los años 80.

PRESUPUESTOS

Ahora viene el capítulo dos: Cómo el abandono de los presupuestos balanceados ha debilitado la respuesta de Estados Unidos a la crisis actual, que es la peor desde la Gran Depresión.

Ha limitado la capacidad del gobierno para ‘estimular’ la economía mediante mayores gastos o recortes fiscales más profundos —o, al menos, para tener un debate legítimo sobre estas propuestas.

El recurso de los déficits, utilizado con descuido en el pasado, ha dificultado su utilización en el presente, cuando la justificación es mayor.

La tradición de un presupuesto balanceado nunca fue totalmente rígida. Durante guerras y crisis económicas, se permitía que los presupuestos se hundieran en un déficit.

Pero en épocas normales, la norma era el presupuesto balanceado. Tradiciones políticas en pugna condujeron a ese resultado. Jefferson pensó que los presupuestos balanceados limitarían el tamaño del gobierno; Hamilton creía que pagar las deudas pasadas preservaría el crédito de la nación —la capacidad de obtener préstamos— cuando los créditos fueran necesarios.

Los economistas de Kennedy, considerándose herederos de John Maynard Keynes (1883-1946), destruyeron ese consenso. Sostuvieron que los déficits no eran inmorales y podían manipularse para mejorar el desempeño económico.

Eso destruyó el sostén intelectual y moral de los presupuestos balanceados. Las normas cambiaron. Los líderes políticos y los norteamericanos promedio notaron que los déficits continuos no causaban grandes daños económicos. Tampoco, por supuesto, causaban grandes beneficios, pero su encanto consistía en tener ‘algo por nada’. Los políticos podían gastar más y gravar menos.

Eso gustó a ambos partidos y a la población. Desde 1961, el gobierno federal balanceó su presupuesto sólo cinco veces. Se podría sostener que sólo una de esas ocasiones (1969) fue resultado de la política económica; las otras cuatro (1998-2001) fueron, en gran medida, resultado del aumento de las rentas públicas durante el auge económico de aquel momento.

Ahora enfrentamos las consecuencias de todos esos déficits permisivos. La recuperación es deslucida. El crecimiento económico aumenta, a rastras, a un 2% anual o por debajo de esa cifra. El desempleo ha excedido el 8% durante 41 meses. Pero la política económica parece ineficaz.

Desde fines de 2008, la Reserva Federal ha mantenido las tasas de interés bajas. Y los déficits presupuestarios son enormes, de unos 5.5 mil millones de dólares desde 2008.

Sólo un grupo de economistas presenta una respuesta coherente: los keynesianos. Liderados por el columnista del New York Times, Paul Krugman, sostienen que los déficits no han sido suficientemente grandes. Si los consumidores y las empresas no están gastando lo suficiente para reactivar la economía, el gobierno debe reemplazarlos. Su apoyo sería temporal, hasta que un número mayor de puestos de trabajo y ganancias fortalecieran los gastos privados. Suena convincente.

DÉFICITS ENORMES

Pero choca con el legado de los años 60. Debido a déficits rutinarios, la deuda federal (todos los déficits anuales pasados) era ya alta antes de la crisis: el 41 % de la economía, o producto bruto interno, en 2008. Los enormes déficits han elevado esa cifra ahora a un 70% del PBI; las propuestas como la de Krugman aumentarían la deuda aún más. Se acercaría al 90% del PBI, cifra que según han hallado los economistas Kenneth Rogoff, de Harvard, y Carmen Reinhart, del Peterson Institute, se asocia con tasas de interés más altas y crecimiento económico más lento.

Desde 1800, países importantes han experimentado 26 episodios cuando la deuda gubernamental alcanzó un 90% del PBI durante por lo menos cinco años, concluyen en un estudio realizado junto con Vincent Reinhart, de Morgan Stanley. Los períodos de menor crecimiento económico generalmente duraron dos décadas.

Ahora imaginemos que el país sí se adhirió a su tradición de presupuestos balanceados antes de la crisis. Algunos déficits seguirían existiendo, pero la deuda acumulada sería mucho menor: plausiblemente, entre el 10 y el 20% del PBI. Habría habido más capacidad de expansión.

Balancear el presupuesto hasta podría haber obligado al Congreso a enfrentar los costes de una sociedad que envejece.

El error de los años de 1970 ha tenido largas consecuencias. La política económica está atrapada entre una demanda tenue y los temores de demasiada deuda. Los keynesianos de ayer socavan a los keynesianos de hoy. ‘A largo plazo, todos estamos muertos’, dijo Keynes.