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19 de Oct de 2020

Economía

Estados Unidos debe abrirse a la exportación

Permitir que las compañías norteamericanas vendan en el mercado mundial a precios rentables promovería una exploración continua

Estados Unidos debe abrirse a la exportación
El fracturamiento hidráulico aumentó la producción.

Una de las buenas noticias de la economía es el auge del petróleo, un derivado del auge del gas natural.

Cuando las técnicas de perforación utilizadas para llegar a vastas reservas nuevas de gas natural se aplicaron al petróleo, dieron resultados igualmente asombrosos.

Desde 2008, la producción petrolera de Estados Unidos aumentó de 5 millones de barriles diarios (mbd) a 8.3 mbd en 2014. La Administración de Información Energética dice que podría llegarse a 9.6 mbd para 2019.

La lógica diría que debemos tratar de sostener ese auge. Pero no lo hacemos, lo que constituye un ejemplo clásico de la manera en que una política a seguir queda supeditada a la mala política y las malas relaciones públicas.

Lo que promovería una exploración continua sería la suspensión de la actual prohibición de exportar petróleo crudo desde Estados Unidos. Permitir que los productores vendan en el mercado mundial.

Pero eso parece (incorrectamente) un regalo para la industria. La percepción de la población es atroz.

Casi nadie esperaba el auge petrolero, con algunas notables excepciones, la principal Harold Hamm, quien fue el pionero del yacimiento de Bakken en Dakota del Norte.

El fracturamiento hidráulico (la inyección de agua a presión en los yacimientos para que el petróleo y gas natural fluyan) y las perforaciones horizontales (la utilización de un caño a lo largo de una sola reserva petrolera), cambiaron todo.

La explotación de las formaciones de ‘petróleo apretado’, incrustado en esquisto o en arenisca densa, se volvió rentable.

Los beneficios son enormes. La creciente producción petrolera de Estados Unidos creó miles de puestos de trabajo, ayudó a estabilizar los mercados petroleros mundiales y redujo la dependencia de las importaciones. Entre 2008 y 2014, las importaciones netas cayeron un 50%.

Sin duda, hay inquietudes: el transporte de petróleo crudo por vías férreas involucra aspectos de seguridad y hay continua preocupación en cuanto el efecto del fracturamiento hidráulico en el medio ambiente.

Aún así, los beneficios para la población superan los costos. En verdad, el éxito mismo de los productores en elevar la producción petrolera presenta crecientes problemas.

Si uno quiere que las compañías busquen petróleo, hay que proporcionarles un mercado viable en el que puedan venderlo con ganancias. Como la producción aumentó, ese aspecto se ha convertido en un problema mayor.

He aquí la causa. El nuevo petróleo es, en su mayor parte, crudo dulce y liviano, lo que significa que tiene un bajo contenido de azufre y es menos denso que el crudo agrio y pesado.

El problema es que muchas refinerías norteamericanas se crearon para procesar crudo pesado y agrio y, por lo tanto, no son adecuadas para el petróleo nuevo.

A fines de 2013, Estados Unidos tenía 115 refinerías de petróleo capaces de procesar alrededor de 18 mbd, según un informe del Congressional Research Service.

Alrededor de la mitad eran adecuadas para crudo pesado y agrio. Eso ocurrió especialmente en la costa del Golfo de México, donde se ubica más de la mitad de la capacidad de refinación de Estados Unidos.

El resultado es que hay más cantidad de petróleo nuevo y menos capacidad de refinerías utilizables. El poder de negociación de las refinerías aumenta.

Los productores deben aceptar los descuentos de precios para vender su petróleo. Un segundo problema es que gran parte de la nueva producción está localizada en Dakota del Norte, con una red inadecuada de oleoductos para transportar el crudo a las refinerías.

Para contrarrestar el transporte más caro en barcazas y vías férreas, los productores (otra vez) deben reducir los precios.

Parte de las presiones se aliviarán con la expansión de refinerías y de nuevos oleoductos. En qué medida, no está claro.

Pero tal como sostiene un informe de la Brookings Institution, los productores se sentirán desalentados por un mercado que parece inclinado en contra de ellos. Reaccionarán ralentizando —o posiblemente deteniendo— nuevas exploraciones.

El nuevo auge decrecerá o se acabará. Los suministros de petróleo globales serán entonces más bajos de lo que podrían ser; los precios serán más altos.

Es un resultado negativo para Estados Unidos pero bueno para Rusia, Irán y otros productores que nos son hostiles.

También es parte de la lógica de la política norteamericana impedir que los productores vendan en el mercado internacional. La prohibición se incluyó en la Ley de Conservación y Política Energética de 1975 y fue un reflejo de la cólera de los norteamericanos por la cuadruplicación de los precios de la gasolina a principios de los años 70.

Si los productores norteamericanos pudieran vender en el exterior, tendrían un amplio mercado para el petróleo. No todo el petróleo iría al exterior. Pero la disponibilidad del mercado mundial justificaría, suponiendo que no hubiera un colapso de los precios importante, una continua exploración de nuevos suministros.

Explicar esta situación persuasivamente en público es difícil, quizás imposible. Es complicado. Requiere demostrar por qué las consecuencias a largo plazo de una prohibición de las exportaciones (menos petróleo a precios mayores) podrían ser diferentes de las consecuencias a corto plazo (una superabundancia artificial en Estados Unidos y precios norteamericanos más bajos), que sería temporal.

Es mucho más fácil denunciar a los productores de petróleo acusándolos de codiciosos y sostener que vender petróleo norteamericano a los extranjeros es un acto poco patriótico, que perjudicará a la clase media y baja.

Esas frases hallan eco, a diferencia de los soporíferos análisis, que no lo hacen.

Una tarea del liderazgo político es salvar esas diferencias —encontrar maneras y palabras que ayuden a la comprensión de la población y logren apoyo para políticas que requieren paciencia.

Los hechos están obligando a que la prohibición de las exportaciones de crudo formen parte del orden del día político. Las implicaciones económicas y estratégicas son enormes. La forma en que las encaremos indicará el nivel de nuestra seriedad.

ECONOMISTA