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30 de Oct de 2020

Mundo

El dilema en Pakistán: más ayuda, más trabajo

NUEVA YORK. La matanza de Osama Bin L aden, ha producido nuevas oleadas de comentarios sobre el problema de Pakistán. Todos podríamos di...

NUEVA YORK. La matanza de Osama Bin L aden, ha producido nuevas oleadas de comentarios sobre el problema de Pakistán. Todos podríamos discutir una vez más su política selectiva hacia los terroristas, su complicada relación con Estados Unidos y crecientes disfunciones. Pero hay más en esta oportunidad que un comienzo para el análisis. Este es un momento para la acción, para impulsar finalmente el país hacia la moderación y la democracia genuina.

Hasta ahora, los militares de Pakistán se han aproximado a esta crisis como lo han hecho en el pasado, utilizando sus viejos trucos y con la esperanza de salir de la tormenta. Es filtrando historias a sus periodistas favoritos, desatando a los activistas y políticos, y todo ello con el objetivo de avivar el antiamericanismo. Después de haber sido atrapados en una situación que sugiere complicidad con Al Qaeda o una gran incompetencia —y la realidad es que probablemente haya un poco de ambos— están furiosamente tratando de cambiar de tema. Generales de alto rango acusaron con enojo a Estados Unidos por entrar en el país. ‘Es como una persona, atrapada en la cama con la esposa de otro hombre, que se indigna porque alguien entró en su casa’, me dijo un erudito paquistaní, que prefirió no ser nombrado por temor a las consecuencias.

Esta estrategia ha funcionado en el pasado. En 2009, la administración de Obama unió fuerzas con los senadores Richard Lugar y John Kerry para triplicar la ayuda estadounidense al gobierno civil y a la sociedad civil de Pakistán —a 7.5 mil billones de dólares en cinco años— pero con medidas destinadas a fortalecer la democracia y el control civil sobre los militares. El ejército reaccionó desatando una campaña antiestadounidense, utilizando sus representantes en los medios de comunicación y en el Parlamento para denunciar ‘violaciones de la soberanía de Pakistán’- la misma frase que está siendo lanzada hoy día. El resultado fue que Estados Unidos dio marcha atrás y reconoció que, en la práctica, ninguna de las restricciones en el proyecto de ley Kerry-Lugar se llevaría a cabo.

Los militares también, una vez más, han sido capaces de intimidar al gobierno civil. Según fuentes paquistaníes, el discurso que el Primer Ministro Yousaf Raza Gilani dio en una reciente conferencia de prensa fue redactado por los militares. El presidente Asif Ali Zardari continúa apaciguando a los militares en lugar de enfrentarse a los generales. Habiendo llegado al poder con la esperanza de restringir la libertad de los militares, el gobierno democráticamente electo de Pakistán se ha reducido a vociferar sobre temas poco relevantes escritos por los servicios de inteligencia.

No ha habido casi ninguna marcha para protestar por la muerte de Bin Laden o por la operación de Estados Unidos, a pesar de que una marcha de 500 personas en Lahore se repite sin cesar en la televisión. La cuestión fundamental para Pakistán no es ciertamente cómo Estados Unidos entró en el país. Estados Unidos ha estado involucrado en operaciones contra el terrorismo en Pakistán durante años, utilizando aviones teledirigidos y personas. Más bien, la pregunta fundamental es: ¿Cómo fue que el líder mundial de los terroristas estaba viviendo en Pakistán, con algún tipo de red de apoyo que tiene que haber incluido elementos del gobierno paquistaní? ¿Cómo es que todos los principales oficiales de Al-Qaeda que han sido capturados desde 2002 han sido cómodamente instalados en una ciudad paquistaní? Y ¿cómo es que cada vez que estas cuestiones se plantean, son acalladas por una campaña organizada de antiamericanismo o de fanatismo religioso?

Washington ha cedido ante el ejército paquistaní una y otra vez, en base a la teoría de que necesitamos mucho a los generales y que podrían ir a otra parte a solicitar apoyo – como por ejemplo, a los chinos. De hecho, Estados Unidos tiene una influencia considerable con Islamabad. Los paquistaníes necesitan la ayuda, las armas y el entrenamiento estadounidense para mantener su ejército. Si van a recibir esos beneficios, deben formar parte de la solución de Pakistán y no de su problema. Con cierta urgencia, Washington debería:

-Exigir que una comisión nacional importante de Pakistán —encabezada por un miembro de la Suprema Corte de Justicia, y no por un burócrata del ejército— investigue si Bin Laden y otros líderes de Al-Qaeda han sido apoyados y sostenidos por elementos del Estado paquistaní. - Exigir que las disposiciones del proyecto de ley impulsado por Kerry y Lugar en lo que respecta al control de los civiles sobre los militares sea seguido estrictamente o de lo contrario, la ayuda les será retenida. - Desarrollar un plan para perseguir aquellas importantes redes terroristas que han permanecido intactas en Pakistán, como la facción de Haqqani, Shura de Quetta y Lashkar-i-Taiba. A largo plazo, a medida en que Estados Unidos reduzca su presencia militar en Afganistán, necesitará cada vez menos del ejército paquistaní para abastecer a sus tropas en el teatro.

El gobierno civil de Pakistán, los empresarios y los intelectuales tienen un papel cada vez más grande en esta lucha. Ellos no deben distraerse con eslóganes antiestadounidenses vacíos o con el híper nacionalismo. Este es el momento de la verdad para Pakistán, su oportunidad de romper con sus disfunciones y convertirse en un país normal, moderno. La oportunidad podría no venir de nuevo.