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29 de Mar de 2020

Nacional

La reforma que no prosperó

PANAMÁ. La época no parecía ser la más propicia para fomentar movimientos cívicos. Era 1978, un año en que Panamá comenzaba a moverse ...

PANAMÁ. La época no parecía ser la más propicia para fomentar movimientos cívicos. Era 1978, un año en que Panamá comenzaba a moverse hacia la consolidación de su unidad territorial, recuperando su principal recurso: el Canal interoceánico.

Pero al mismo tiempo, un movimiento comenzaba a tomar forma desde dos flancos distintos. Uno buscaba introducir cambios trascendentales en el sistema educativo nacional. Desde 1946, cuando se unificó el criterio de la enseñanza en el país, no se había producido una iniciativa similar. El otro, sin embargo, nació al calor de la situación del país, donde apenas si se asomaba un leve vestigio de actitud civil contra el estatus político imperante. Pero, sin dudas, era el momento exacto, la situación precisa y la circunstancia esperada.

LA REFORMA

En enero de 1978, el presidente Aristides Royo, junto al ministro de Educación, Gustavo García de Paredes (hoy rector de la Universidad de Panamá) presentó al país una propuesta de cambio del sistema educativo panameño que fue bautizado como Reforma Educativa.

Los puntos básicos no diferían mucho de los que incluso en la actualidad todavía se discuten: cantidad de alumnos por educador, condiciones laborales, efectividad en la enseñanza. Era la “cara bonita” de una fórmula que llevaría la educación al último rincón de la República. Pero había algunos detalles que no estaban claros. “Había cosas que no eran realmente congruentes con la enseñanza pura, por ejemplo decir que tal cosa se escribía con “O” de Omar y que otra se escribía con “T” de Torrijos. En el fondo, se buscaba rendir un culto a la personalidad tal como se hizo en Cuba con Fidel Castro”, explicó Miguel Antonio Bernal, uno de los asesores del movimiento docente en aquellos años.

Había otras cosas reprochables. El uniforme de camisa mostaza y pantalón chocolate cambiaría a uno de camisa blanca y pantalón azul. El detalle estaba en las charratelas “tipo militar” ubicadas sobre los hombros de las camisas de niños y niñas.

“Se estaba buscando formar generaciones promilitares, llegar hasta el punto de establecer la milicia, incluso, como una forma de vida. Esto no podía permitirse”, cuenta Bernal.

COMIENZA LA GESTA

Hacia mayo de 1979, el ambiente comienza a tomar calor. Los docentes ya tienen un grupo de líderes, encabezados por Julio César Ortiz, profesor de Filosofía y presidente de la Asociación de Profesores; Marco Alarcón, maestro y secretario general de la Asociación de Maestros Independientes Auténticos y Gilberto Solís, presidente de la Asociación de Educadores de Colegios Particulares.

DE PARO A HUELGA NACIONAL

El trío asumió la vanguardia el 31 de agosto de 1979, poniendo a prueba la estructura existente con un paro militante de 48 horas, que tres días después se transformó en una huelga docente nacional.

Fueron presionados por todos lados. La Contraloría embargó el pago de la primera quincena de septiembre. “Comenzamos a hacer colectas. El pueblo se unió para respaldar la causa docente”, recuerda el doctor Bernal.

A esta huelga se unen los médicos a finales de septiembre. Y el 9 de octubre, la gran marcha nacional por la derogatoria de la Reforma Educativa fue el punto fuerte a favor del movimiento cívico.

La movilización principal se dio en la capital en la escuela República de Venezuela. Algunos medios de la época calcularon unas 250 mil personas en la marcha, una cifra que aún en nuestros días se considera extraordinaria.

Las negociaciones se reanudaron. El gobierno comprendió que era mejor ceder que perder. Y el 31 de octubre de 1979, un acuerdo de seis puntos, entre los que se destaca la derogatoria de la Reforma Educativa, puso fin al conflicto.

Treinta años después analizando la experiencia vivida, el profesor Bernal sintetiza los puntos positivos de la gesta educativa.

“Hoy, tres décadas después, la educación vive otro proceso de transformación llamado “Reforma Curricular”, que comienza a generar posiciones entre el gobierno y los educadores.

La diferencia está en que ahora el Estado es conducido por un presidente elegido democráticamente, y que no es el tiempo de las imposiciones.