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12 de Apr de 2021

Nacional

Suicidio, enfermedad o miseria ¿Qué lo mató?

Domingo 9 de marzo, 1947. Una noche cualquiera. Los termómetros marcan casi 28° y la humedad se registra en 70%.

Domingo 9 de marzo, 1947. Una noche cualquiera. Los termómetros marcan casi 28° y la humedad se registra en 70%.

La ciudad duerme. Humberto Ivaldi también quisiera dormir, pero no puede. Desde hace meses, el pintor viene padeciendo las secuelas de la tuberculosis que no lo dejan en paz.

Es medianoche. El artista, en su habitación, empieza a tener un ataque de tos. Desesperado por sentir que se asfixia, sale al balcón que da al patio del edificio ‘Amparo’, donde vivía, en busca de un poco de aire que logre penetrar en sus pulmones y que dé fin al cuadro que experimenta. Al parecer, el ataque es tan potente que empieza a toser sangre por la boca, hemoptisis.

Ivaldi logra salir de su apartamento y llega al pasillo. Frente al barandal, al ver hacia el vacío que había desde el tercer piso donde estaba y el patio, un pensamiento irrumpe como un rayo por su mente: ‘¿Por qué no?’

¿PREMEDITACIÓN O IMPULSO?

‘Últimamente se había mostrado muy decaído y hasta había llegado a insinuar que estaba dispuesto a tomar alguna determinación que acabara con sus males físicos de una vez por todas’, indica el extinto periódico La Hora en su edición de 1947.

En el libro ‘Vida y obra por Toty Suárez: La poesía en el color’, una biografía hecha por su sobrino político, Gaspar Suárez, se recopilan las publicaciones de la época en torno al suceso y los comentarios de sus amigos, aprendices y principales intelectuales de la época.

Mundo Gráfico refiere que Nacho Valdés y Ángel L. Casis, dos de sus alumnos, resumieron los últimos días del su maestro como ‘trágicos’ y que ‘no se le podía decir algo, porque ya estaba en acecho para contestar violentamente. Ya no quería nada sino vivir como fuera sus últimos días y agotarlo todo’.

A pesar de que el salto al vacío del autor de ‘El Nacimiento de la República’ parece algo que tarde o temprano sucedería, otras publicaciones en torno al tema ponen este punto en duda. En la transcripción que hizo Suárez de un artículo del Panamá América del 10 de marzo, se describe el suicidio como un hecho que ocurrió porque Ivaldi era ‘presa de la desesperación por los estragos de la enfermedad que lo llevaba hacia la tumba a pasos agigantados’.

Notas de Actualidad del 11 de marzo de 1947, menciona que ‘Ivaldi trabajaba mucho últimamente. Pensaba en una exposición, y en un viaje. Tenía muchos planes para el futuro’.

En la misma edición de Mundo Gráfico que citó a Valdés y Casis, hay un artículo de Rogelio Sinán sobre el pintor en el que el autor de Plenilunio comentaba que Humberto Ivaldi: ‘hablaba siempre, sí, de sus proyectos para el futuro’.

UN SIMPLE RETRASO

Cuando se asomó a ese balcón y pensó en brincar hacia la nada para terminar con todo, Ivaldi no tomó en cuenta que quizás no era su hora, todavía.

Algunos de sus vecinos, al ver sus intenciones lo detuvieron y lograron que volviera a su apartamento.

Que haya vuelto a su casa, no significaba precisamente que el enfermo hubiese desechado su idea. A la 1:30 a.m. lo aquejó un nuevo episodio de asfixia, tos y sangre. Sin dudarlo, Humberto Ivaldi se dejó llevar hacia la última aventura, la muerte. Aunque una hora antes ya lo había intentado, puede que el salto definitivo fuera un plan impulsivo. El periódico La Nación informó en su momento que ‘el artista no dejó carta o papel alguno que explicara su determinación’

Es aquí donde surgen las dudas: Si hubo una hora entre el primer intento de suicidio y el segundo, ¿por qué no dejó tan siquiera una nota? ¿Fue el último salto de Ivaldi una representación sin público o hubo alguien que pudiera apreciar el suceso?

Al respecto, los medios se contradicen. Panamá América menciona que ‘este segundo ataque persistió antes de que manos amigas pudieran evitarlo’, dando a entender que en el área común del edificio ‘Amparo’ todavía había gente que trató, otra vez, de intervenir; sin embargo, La Hora indica que el cadáver ‘con el cráneo completamente destrozado’, fue encontrado a las primeras horas de la mañana. Este mismo medio también indica que el maestro fue llevado al Hospital Santo Tomás.

Aunque se trató de un suicidio, el certificado de defunción de Humberto Ivaldi indica que ‘la principal causa de muerte’ del pintor fueron ‘tuberculosis pulmonar y hemoptisis’ y que la caída desde el balcón, no fue más que ‘otra causa contribuyente de importancia’.

EL INCOMPRENDIDO

‘Ivaldi es el caso típico del artista vencido por un ambiente mediocrizante, ajeno a las preocupaciones del arte’, comentaría La Nación, el 11 de marzo de 1947.

El vate José María Sánchez, otro caso de un artista malogrado, se refirió a él como ‘ese, con su aspecto responsable y su cartera sobria debajo del brazo’. Y es que no era para nadie un secreto que Ivaldi siempre vivió, como se dice popularmente, ‘con una mano adelante y otra atrás’.

Según ‘Toty’ Suárez en la biografía que publicó sobre su tío, ‘la angustiosa pobreza en la que vivió durante toda su existencia’ se debió, más a su vocación de artista, a la ‘marginación social que sufrió por estar desprovisto de un apellido que abriera la puerta de la oligarquía, que son quienes adquieren la mayoría de las obras de arte...’.

Rogelio Sinán, con motivo de la muerte del pintor, lo calificó como un ‘Prometeo encadenado, sujeto a la calcárea vacuidad de nuestro ámbito’. En el artículo sobre Ivaldi que publicó el escritor tabogano en Mundo Gráfico, el autor comenta que ‘Ivaldi debió haberse agitado en un ambiente propicio a los dictados de la pasión creadora... Nosotros en el istmo no tenemos aún la necesaria atmósfera para el arte’.

En La Hora, en un editorial se lee: ‘Sus cuadros, expuestos y admirados dentro y fuera de Panamá, no le aseguraron decente vivir. Como una limosna cayó en sus manos un puesto de profesor’.

Gaspar Suárez comenta que el pintor, ‘para solventar su bohemia, ya enfermo y en sus años postreros, vendía sus cuadros a amigos y conocidos, procurándose de esta forma dinero’. El biógrafo añade que su tío vendía sus obras ‘casi por nada’, pues ‘prefería sacrificar parte de su arte, que llegar a la indignidad de mendigar’.

En un texto de Diógenes De La Rosa que aparece en ‘Humberto Ivaldi: vida y obra...’, el periodista comenta que si una sociedad no reconoce el arte como una ocupación legítima, ‘el artista no puede existir como artista. Su aparición es excepcional y su vida precaria. Tal fue el triste destino de Humberto Ivaldi’.

Federico Carcheri Jr., caricaturisas y quien en las décadas de 1930 y 1940 escribiera las notas de arte y cultura para La Estrella, comentó en una ocasión que ‘Ivaldi vino débil de España: nos contó de una bronconeumonía que le atacó en Madrid y creemos que de allá trajo el mal que le cortó las alas en la juventud’. Así como Carcheri Jr., otras publicaciones coinciden en la pobreza como un factor en su tuberculosis

EL OCASO

–¿Dónde está Diógenes (De La Rosa)? ¿Qué se ha hecho ‘El negro’? ¡Carajo, que lo necesito!– Esas fueron las últimas palabras que, según lo que le dijeron a De La Rosa, se le escucharon a Ivaldi en el Café Coca-Cola la noche del 8 de marzo de 1947.

¿Para qué buscaba Ivaldi a su amigo? ¿Qué necesitaba con tanta desesperación que se movió desde su residencia en Calle 33 Este y Avenida Cuba hasta el Café ubicado al final de la avenida Central, casi frente al Parque de Santa Ana? Nunca se sabrá. Lo que sí, es que definitivamente tanta actividad representó un gran esfuerzo para el pintor.

Ramón H. Jurado, el autor de El Desván, relató al Panamá América que unas semanas antes de que el pintor se quitara la vida (‘un domingo por la tarde, a principios de enero’, mencionaría), él y su hermano René Jurado visitaron al artista en su casa. Así describió a Ivaldi el escritor aguadulceño: ‘Se hallaba barbudo, desgreñado y sonriente. El pintor respiraba con dolor. Estaba con la boca abierta, a menudo decapitaba las palabras para dar vía franca a la expiración ardiente’.

En una entrevista que otorgó el diplomático a La Prensa en 1986, comentó que rato después se enteró que su amigo lo buscaba con tanta desesperación. Al conocer lo sucedido, preguntó qué se había hecho Ivaldi, y le respondieron: ‘se fue desaparecido’.

El periodista y escritor comenta que ante esa contestación dijo: ‘¡Ah, menos mal! Se habrá ido para su casa!’ y no le dio mayor importancia al asunto. Al día siguiente, ‘en la mañana temprano’, recordaba De La Rosa durante la entrevista, ‘suena el teléfono: ‘Diógenes, carajo, te tengo que decir una cosa que te va a doler: se mató Humberto’.

Según Gaspar Suárez en su libro ‘Humberto Ivaldi, vida y obra...’, aunque lo sabía desde días atrás, De La Rosa nunca llegó a informarle a Ivaldi que, luego de varios meses de cartas e insistencia, finalmente había logrado que se oficializara su nombramiento como cónsul.

–Me quiero ir a Costa Rica– fue, al parecer, una de las primeras cosas que Humberto le dijo a Diógenes al salir del consultorio del Dr. Mastellari, el médico que le diagnosticó la tuberculosis.

Este deseo surgió porque el galeno le comentó a Ivaldi que su tuberculosis estaba en una etapa inicial y podría tratarse; pero ‘es necesario que deje de tomar aguardiente y conviene llevarlo a un clima adecuado para la recuperación’ le advirtió el médico al artista.

Ante el deseo de su amigo, De La Rosa fue directamente con el entonces presidente de la República, Enrique A. Jiménez, a quien le pidió que nombrara al pintor como cónsul en el país vecino. Para convencer al mandatario el periodista le dijo: ‘Esta es una obra necesaria, primero por el individuo, y segundo por el arte panameño. A Ivaldi hay que salvarlo de la tuberculosis’.

El presidente aceptó; sin embargo, pasaron los meses y el nombramiento diplomático no llegó. Mientras tanto, los Eleta Boyd acogen y brindan atención médica a Ivaldi en la propiedad que tiene esta familia en el pueblo de San Juan Bautista en Penonomé, provincia de Coclé. Por alguna razón que no se ha documentado, el pintor retornó a la ciudad de Panamá.

Entre las declaraciones que Nacho Valdés y Ángel L. Casis hicieron a Mundo Gráfico, se menciona que Ivaldi se sentía ‘condenado a una muerte que él mismo se había buscado y cuyo alivio no debía pedir a nadie’.

¿Habría cambiado algo si Humberto Ivaldi se hubiese enterado a tiempo de que ya era el cónsul de Panamá en Costa Rica? Nunca se sabrá.