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29 de Oct de 2020

Nacional

1968: cuando los políticos prometieron “revolución”

Tres candidatos se disputaban las elecciones en 1968 en un país que clamaba por justicia social

1968: cuando los políticos prometieron “revolución”
1968: cuando los políticos prometieron “revolución”

Algunos autores franceses lo llaman "los años 1968", en alusión a los espectaculares acontecimientos, ‘violentos y multitudinarios' que convirtieron sus 365 días en el símbolo de una década caracterizada por el caos.

En mayo, Francia quedó paralizada por las juventudes que esgrimían consignas como "Prohibido prohibir", "Abajo el Estado", "La imaginación al poder", "Sé realista, pide lo imposible" o hasta "No confíes en nadie mayor de 30 años".

En abril, fue asesinado el líder el movimiento de los derechos civiles Martin Luther King en Estados Unidos. En junio, el precandidato presidencial Robert Kennedy.

En 2 de octubre, en México, decenas de estudiantes (o miles, poco se sabe) fueron masacrados en la plaza de Tlatelolco.

En Panamá, en mayo tendrían lugar las últimas elecciones en 16 años. En octubre, se daría el primer golpe militar de la historia del país, responsable de decenas de muertes y desaparecidos, dando inicio a una era castrense que terminaría 21 años después, con una dolorosa invasión extranjera.

PANAMÁ SE ENCUENTRA A SÍ MISMA

‘El hecho característico de nuestros tiempos es el despertar de la conciencia de los pueblos a la necesidad de progreso, una idea que ha entrado en la psicología de las poblaciones paralizadas en sus formas primitivas o imperfectas de civilización', señalaba la encícilica Populorum Progressio , publicada por La Estrella de Panamá el 27 de abril de 1968.

Era un recordatorio perfecto para los tres candidatos que se batían a duelo en las elecciones de mayo de ese año: el ingeniero David Samudio, de la Alianza del Pueblo, respaldada por el gobierno del presidente Marcos Robles (1964-1968); Arnulfo Arias, de la Unión Nacional, y Antonio González Revilla, del Partido Demócrata Cristiano.

UNA RUTA CLARA

Para el candidato oficial, Samudio, el país estaba encaminado.

"Panamá se ha encontrado a sí misma y está camino de una nueva era", decía, esgrimiendo una y otra vez las pruebas de su optimismo: por primera vez en más de 30 años, tres administraciones consecutivas habían llegado al término de su periodo constitucional.

La economía había crecido un promedio de 8% anual durante esa década.Se habían creado instituciones como el Idaan y el Ifarhu; se había invertido en educación, en la construcción de las represas de la Yeguada y Bayano, se había ampliado la Zona Libre de Colón.

Aun así, los avances parecían no ser suficientes: ‘Las malas condiciones de vida hieren a los campesinos en las economías agrarias y los lleva a tomar conciencia de su miseria no merecida y de las disparidades en el goce del bienestar y el ejercicio del poder', continuaba la encíclica. Y no era solo el papa.

La Cepal advertía, según publica el jueves 25 de abril de 1968 La Estrella de Panamá , que si el continente no se decidía a realizar cambios más profundos en sus estructuras políticas y económicas quedaría rezagado en el proceso de desarrollo.

La Cepal insistía en la falta de vías de comunicación y de transporte, carreteras, sistemas de riego, embalses y represas, plantas hidroeléctricas y líneas telefónicas.

Los indicadores económicos mostraban una sociedad profundamente atrasada, con un analfabetismo del 20% y un sector agrícola en franco retroceso: del 23% del PIB en el año 1960, el sector del campo se redujo a 20% en 1968. En 1970, llegaría a un 17%.

La industria manufacturera aumentaba su participación en el ingreso nacional, de un 13% en 1960 a 15.8% en 1970, pero no lo hacía al ritmo necesario para absorber a las masas de campesinos que emigraban hacia la ciudad.

La misma Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) reconocía, en un memorándum enviado al presidente Lyndon Johnson, en junio de 1966, la debilidad del presidente Marcos Robles. ‘Su coalición oligárquica —decía la CIA—, ha sido incapaz de lidiar con los serios problemas que tiene el país. La disparidad de los estándares de vida entre los panameños, la amplia base de desempleo y la creciente pobreza, sobre todo en las áreas urbanas, son un peligro para la estabilidad'.

PROMESAS IMPENSABLES

‘Aquí hay unos pocos que lo tienen todo y muchos que no tienen nada. Eso lo cambiaremos el primero de octubre', decía el candidato oficial en sus giras por el interior de la República, asegurando que, una vez convertido en presidente, apoyaría al campesino; le entregaría la tierra al que la trabajara y haría justicia en el cobro de impuestos, ‘tanto entre los de arriba como entre los de abajo'.

‘Hay una rosca oligárquica que maneja el presupuesto, tumba y pone presidentes y tiene privilegios', insistía Samudio, que había sido ministro de Planificación y Política Económica durante el gobierno de Nino Chiari y ministro de Hacienda y Tesoro durante el mandato de Marco Robles.

Anulfo Arias prometía otro tanto: ‘Urbanizaremos el interior. La vida del campo y de la ciudad deben ser igualmente atractivos', decía, describiendo la dura realidad que, a su juicio, ameritaba cambios radicales: ‘Nos encontrámos al borde de un caos institucional. Haremos una renovación total del sistema político, una revolución', decía en la recta final de las elecciones, como fuera recogido por La Estrella de Panamá .

Los candidatos prometían, pero, ¿cuál de ellos contaba con el respaldo político, la capacidad de persuasión y convocatoria y la autoridad moral y liderazgo para efectuar las reformas que el país tanto necesitaba?

LOS CANDIDATOS

Antonio González Revilla, un distinguido médico, de reconocidos méritos, no tenía probabilidades de éxito. Su partido, la Democracia Cristiana, había corrido por primera vez en las elecciones de 1964, obteniendo solamente un 3% de los votos.

El mismo Samudio llegaba a las elecciones con una coalición gubernamental dividida y desprestigiada. El gobierno de Marcos Robles era percibido como corrupto y producto de un fraude electoral (1964).

A Arias, el caudillo, la alianza pro-gobierno le sacaba en cara su pasado, cargado de pecados, como su simpatía por Hitler y Mussolini, su persecución contra hindúes, antillanos y judíos, ‘sus aventuras románticas con damas extranjeras', su absolutismo, los desmanes de su policía secreta y hasta lo acusaba de asesinar a un militar.

A pesar de contar con el apoyo de grandes grupos de la población y de un sector de la oligarquía, Arias se mostraba incapaz de ganar la confianza de los grupos que, más que garantizarle el voto popular, podían mantenerlo en el poder.

El mismo memorándum citado, escrito por la CIA en 1966, lo mencionaba, junto con los dos partidos comunistas existentes en el país, como uno de los posibles focos de inestabilidad: "Aunque no es comunista, es demagogo y de naturaleza incierta. Dos veces ha sido elegido presidente y dos veces ha sido depuesto', decía la nota que, por el contrario, establecía a la Guardia Nacional como una "fuerza amiga" para el gobierno estadounidense.

ELECCIONES FRAUDULENTAS

Las elecciones populares se realizaron el 12 de mayo en medio de irregularidades y con los ánimos exacerbados: la Alianza del Pueblo trató por todos los medios de evitar el triunfo de la Unión Nacional, irrumpiendo las votaciones, destruyendo las urnas y recurriendo a la violencia.

El 13 de mayo, un día después de las elecciones, dos personas murieron en un ataque contra la arnulfista Radio Soberana, dirigido por Rigoberto Paredes, candidato a diputado por la Alianza del Pueblo.

DEMORA EN EL CONTEO

El jueves 30 de mayo, Arnulfo Arias fue declarado vencedor por un margen de 41,545 votos. Pero, aunque la victoria presidencial era incuestionable, serias dudas se albergaron sobre su dominio de la Asamblea Nacional, que se habría obtenido, supuestamente, despojando a figuras como Rigoberto Paredes, Aquilino Boyd, Moisés Torrijos y Luis Chen de sus curules.

El 1 de octubre de 1968, después de su toma de posesión, la naturaleza de Arias, como la del alacrán, salió a relucir con los múltiples desaires que hizo a altos mandos de la Guardia Nacional: exigió la jubilación del coronel Vallarino, humilló al mayor Boris Martinez y envió a Omar Torrijos al exterior.

La venganza vendría la noche del 11 de octubre de 1968, cuando, narra Britmarie Janson en su libro Panamá Protesta , la Guardia Nacional ocupó la capital y arrestó a cientos de seguidores de Arnulfo Arias, del Partido del Pueblo y dirigentes de izquierdas, obligando al caudillo a exiliarse en la Zona del Canal.

Para la sorpresa de la ciudadanía, en su mayoría consternada por la irrupción de la sucesión presidencial, al día siguiente, un grupo de líderes de la Cámara de Comercio pedían volver a la normalidad. Así lo indicaba un comunicado leído por RPC radio y RPC televisión y firmado por Ralph de Lima, Henry Ford, Carlos de Janon, Alberto Conte, David Btesh y Manuel José Berrocal.

El 15 de octubre, La Estrella publicaba un cable de Associated Press que anunciaba la desaparición en la capital, vigilada por el cuerpo militar, de los indicadores de ‘oposición a la nueva junta cívico militar'.

El día 20 del mismo mes, la Organización de Estados Americanos (OEA), que tenía entre sus embajadores a representantes de 11 gobiernos militares, aceptaba las credenciales de Aquilino Boyd, delegado del nuevo gobierno.

El 16 de noviembre, el embajador de Estados Unidos en Panamá, que había condenado el llamado a las armas de Arnulfo Arias mientras se encontrara en la Zona del Canal, anunció que su gobierno había decidido continuar las ‘tradicionalmente estrechas relaciones con la nación panameña'.

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‘Urbanizaremos el interior. La vida del campo y de la ciudad deben ser igualmente atractivos',

ARNULFO ARIAS

CANDIDATO DE LA UNIÓN NACIONAL

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‘Aquí hay unos pocos que lo tienen todo y muchos que no tienen nada. Lo cambiaremos el primero de octubre',

DAVID SAMUDIO,

CANDIDATO OFICIALISTA