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03 de Jun de 2020

Nacional

Crónica de un panameño en Ciudad Vieja, Jerusalén

Saber que hace miles de años Jesús estuvo en esta antigua ciudad es motivo para sorprenderse, pero observar dónde fue crucificado estremece a cualquier cristiano

Cuatro periodistas de Colombia, Chile, Paraguay y Panamá, de confesa fe católica, nos preparábamos, sin saberlo, para conocer, en nuestra primera visita a ‘Tierra Santa', el verdadero peso de la historia sagrada.

Habíamos llegado apenas un día antes a Jerusalén, Israel, invitados por la organización Fuente Latina, con el fin de conocer el avance tecnológico y cultural de esta nación y ya nos dirigíamos al sitio de mayor culto judío.

Con el jet lag a cuestas, con más de veinte horas de vuelo, en promedio, desde nuestros respectivos países, cambiamos de vehículo para transportarnos a nuestro primer destino, Ciudad Vieja.

El representante de Fuente Latina , nuestro anfitrión, nos presentó a Iuval Rosemberg, nuestro guía, un argentino que desde hace 35 años vive en Israel, la que considera la ‘tierra prometida' de sus antepasados.

Después de treinta minutos de viaje, Iuval nos explicó que el acceso al centro histórico está prohibido para los autos, por la estrechez de las calles de esta antigua ciudad, por lo que continuamos a pie el recorrido.

Lo primero que llamó nuestra atención en la entrada de Ciudad Vieja fue un grupo de jóvenes que dialogaban distendidos frente a un montón de enormes maletas arrojadas en el piso. Eran jóvenes en su servicio militar obligatorio que esperaban ser recogidos.

De inmediato, a nuestra izquierda, nos sorprendieron dos hombres que corrían con una espada en la mano. A los pocos segundos, corroboramos que eran actores que participaban en la filmación de una película.

Una vez dentro de la ciudad, pudimos observar bajo el hermoso cielo azul una cantidad grande de establecimientos de venta de souvenirs que mezclaban en su oferta artesanías, recuerdos turísticos y símbolos religiosos, como la ‘Estrella de David', al lado de convenientes centros de cambio de moneda.

En los balcones de las casas de piedra aparecían hermosas flores y la bandera de Israel ondeando, dejando en evidencia el orgullo de sus inquilinos por ser israelitas.

Empezamos nuestro recorrido y los flashes no cesaban; todos estábamos hipnotizados por lo que veíamos.

Como panameño, no podía creer que estaba en este lugar bíblico y sagrado. Confundido, pensé que era obligado caminar descalzo, pero al ver a mis colegas calzados, continué con mis zapatos puestos. ¡Allí donde fueres, haz lo que vieres!

Parecíamos estar en una Babel. Entre tantos idiomas, solo pude reconocer el español de unos colombianos cerca.

AVENTURA EN JERUSALÉN

El guía Rosemberg sacó de su bolso un mapa de Ciudad Vieja y comenzó su relato: ‘Hace 50 años, la ciudad comenzó a crecer fuera de las murallas, y en el año 67 había una línea que separaba ambas ciudades, Occidental y Oriental. La ciudad se unificó con la Guerra de los Seis Días, pero ahora tenemos una división de pacto entre la población: los judíos viven en la parte Occidental y los árabes en la parte Oriental'. Nuestro guía aclaró que todos los habitantes de esta Ciudad Vieja conviven bien, pues cada quien respeta sus creencias.

Avanzaba el día y como un niño en excursión, recordé el cántico que dice: ‘Oh Jerusalén qué bonita eres, calles de oro, mar de cristal, por esas calles yo voy a caminar'.

Mi alegría era inmensa mientras recorría la Ciudad Vieja. Aparentemente, se manifestaba claramente, porque uno de mis colegas (cuya nacionalidad me reservo) me preguntó: ‘¿Eres católico?'. Sin titubear le respondí que sí. ¿Y tú? ‘No', me respondió, para después añadir, ‘demasiado tengo con ser de mi país'.

ENCUENTRO SORPRENDENTE

‘Sigamos. No se queden atrás', nos recordaba a cada instante Iuval, a medida que avanzábamos el recorrido y nos encontrábamos con otros grupos de extranjeros.

Estábamos cansados, pero continuamos la marcha, dándonos fuerzas los unos a los otros para no perder ni un minuto de tan interesante visita.

De pronto, vimos una imagen que nos hizo meditar sobre lo que estábamos a punto de presenciar.

Se trataba de un anciano judío ortodoxo que miraba fijamente desde las alturas el Muro de los Lamentos. Con una mezcla de temor y alegría, el corazón me decía que algo especial iba a pasar.

El hombre se volvió y nos saludó al estilo tradicional y en lengua hebrea.

-‘Shalom' (que estés en paz), como si fuera un enviado divino que nos recibía en nuestra primera visita a un lugar tan señalado.

EL MURO DE LOS LAMENTOS

De repente, nos vimos en una inmensa terraza, desde donde podíamos observar el famosísimo Muro de los Lamentos en toda su magnitud, el último vestigio del templo de Salomón o Jerusalén, dos veces levantado y dos veces destruido, primero por babilonios y luego por romanos, cuya primera referencia data del siglo X a.C. y que el pueblo judío hoy considera el símbolo de su ‘alianza perpetua' con Yahvé. Para ellos, por línea cronológica directa, no se puede estar en suelo más sagrado.

Desde allí veíamos también la zona musulmana de la ciudad, la cúpula dorada de la mezquita de Omar, que el rey de Jordania hizo cubrir con 80 kilos de oro puro, además de la mezquita de Al Aksa, sagrada para las tres religiones monoteístas.

Es el lugar más santo del mundo para los judíos. Dos veces al año, los papelitos se retiran del Muro, nadie los lee y los entierran en el Monte de los Olivos. Se considera que la primera construcción del Templo de Salomón estuvo a cargo del rey Herodes, en el siglo I a.C.

Antes de acercarnos al muro, nos entregaron a cada uno una quipa, el gorro tradicional que usan los judíos para cubrirse la cabeza en reverencia y que, según se nos explicó, era necesario en el sitio sagrado.

Frente a la gran pared, sorprende ver a judíos ortodoxos en sus largos rezos que acompañan con el peculiar vaivén corporal, que no dejan distraiga ningún turista.

La creencia es que las oraciones que se formulan frente al Muro ‘llegan más rápido a Dios'.

Como cristiano católico me sentía emocionado; sabía que me encontraba en un lugar especial para quienes comparten mi fe. Como muchos otros, yo también coloqué mis oraciones, escritas en un pequeño papel, en una de las rendijas del Muro de los Lamentos, desde donde, al parecer, se ‘escuchan' mejor. Junto a nuestro grupo, decenas de personas de todas partes del mundo, cualquiera que fuera su religión, cumplían con el mismo rito, con igual recogimiento.

De algunos alcancé a oír un sentido llanto y no pude evitar emocionarme también.

Imperturbable, El Muro de los Lamentos, que ha recogido las plegarias del castigado pueblo judío por más de dos mil años, recibió la visita fugaz de cuatro periodistas latinoamericanos con los que compartió el extraordinario testimonio de sus piedras.