La Estrella de Panamá
Panamá,25º

22 de Oct de 2019

Nacional

Masculinidad, masculinidades y explotación sexual comercial

El poder masculino se ‘aprende' mediante el proceso de socialización y se garantiza bajo ciertas instituciones político-sexuales que establecen rituales y normatividades de control y dominio sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres

En las sociedades capitalistas patriarcales ‘conviven' diversas formas de masculinidad, pero hay identidades que prevalecen sobre otras en el sistema sexo - género, lo cual posibilita hablar de una masculinidad hegemónica. Connell explica que la masculinidad hegemónica ocupa una posición superior, que debe entenderse en un marco sociocultural determinado, que la somete a contradicciones y transformaciones históricas.

Las identidades masculinas (masculinidades) en lo concerniente a la sexualidad se han construido, históricamente, mediante nociones que legitiman el poder sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres.

MISIÓN Y VISIÓN DE FLACSO

La Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) es un organismo regional, instituido por la UNESCO para impulsar y satisfacer necesidades en el conocimiento de las Ciencias Sociales.

El Programa FLACSO-Panamá busca dotar a la población de análisis sobre los principales problemas que la aquejan, y contribuir con las estrategias de programas de solución.

Salas y Campos plantean que la vivencia de la sexualidad masculina se fundamenta en la desvalorización de lo femenino, lo que trae como consecuencia la legitimidad del ejercicio del poder masculino sobre las mujeres; y en el androcentrismo, que conlleva a la sobrevaloración del masculino (Salas y Campos) p. 54).

Connell argumenta que la investigación etnográfica ha posibilitado encuadrar el problema y ha aclarado sus ‘conexiones' vitales: el crecimiento sin precedente del poder europeo y estadounidense) la creación de los imperios globales y la economía capitalista global, y el encuentro inequitativo de los órdenes de género en el mundo colonizado. Un aporte particular de la autora es la superación de la categoría de contexto por conexiones, en sus propias palabras ‘dije conexiones y no contextos porque el punto fundamental es que las masculinidades no sólo toman forma a partir del proceso de expansión imperial, también son parte activa de dicho proceso y ayudan a conformarlo' (Connell, p. 249).

El poder masculino se ‘aprende' mediante el proceso de socialización y se garantiza bajo ciertas instituciones político - sexuales, que establecen rituales y normatividades de control y dominio sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres. Algunas de esas instituciones, señaladas por Salas y Campos son: la virginidad para la mujer, monogamia y fidelidad obligatorias, maternidad obligatoria, misoginia, androcentrismo, falo centrismo, homofobia y la prostitución (Salas y Campos, p. 55).

Tal conjunto de mandatos e instituciones configuran el entorno (conexiones) en las que se construye y opera la masculinidad. En palabras de Connell, la masculinidad sólo existe en el contexto de una estructura compleja de relaciones de género, que debe localizarse en la formación del orden de género moderno como una totalidad -proceso que ha llevado alrededor de cuatro siglos-o (Connell) p. 249)

La construcción de la masculinidad en el patriarcado afecta a todos los hombres, como lo indican Salas y Campos) más allá de su diversidad (cultural, económica, política, sexual) etaria) son sometidos a los mismos mandatos ideológicos. En el imaginario de hombres y mujeres se instalan justificaciones ideológicas patriarcales, que entre otros efectos fundamentan la ESC y convierten la sexualidad en una categoría política.

La ESC encuentra fundamento en la disociación de la sexualidad para la reproducción (con la esposa, para que garantice la legitimidad de los hijos del patriarca) y la sexualidad para el placer, con las ‘otras' mujeres. Lo anterior acontece en un marco de estructuras de clases sociales bajo la hegemonía capitalista patriarcal. Esta propuesta de Salas y Campos, coincidente con Connell, argumenta que la ESC no existe como práctica aislada, más bien debe entenderse como una pieza constitutiva de un sistema de poder, discriminación, control y violencia sobre la vida de otras personas.

El sistema capitalista patriarcal convierte todo en mercancía, con prácticas sumamente violentas en distintos órdenes de la vida social, una buena parte de dicha violencia está relacionada con la condición de género. La comercialización de los vínculos amorosos y eróticos no sólo constituye formas de violencia contra las mujeres, también vulnera a los propios hombres, al despojarlos de condiciones de bienestar, solidaridad, amor, erotismo holístico, ternura, etc.

La Explotación Sexual Comercial es violencia de género. La comercialización de los cuerpos y las subjetividades para fines sexuales es una forma de violencia de género; si además involucra a niñas, niños y adolescentes adopta las características más perversas del patriarcado mercantilista. Con personas adultas o con personas menores de edad, el elemento común es la cosificación de los vínculos y los cuerpos. Queda para un debate posterior si cabe establecer diferencias, a partir de que el ejercicio de la prostitución voluntaria entre personas adultas, sin que medie el proxenetismo, es o no un derecho individual que debe preservarse. El debate debería establecer la diferencia entre: personas menores de edad (ESC) y personas adultas (comercio sexual); trabajo sexual respecto de explotación sexual; prostitución versus proxenetismo; tráfico de personas contra ejercicio voluntario de la actividad por parte de personas mayores de edad.

Lo que sí está claro es que la ESC en las sociedades contemporáneas tiene como base un sistema de género patriarcal, que a través de la historia ha venido construyendo discursos que legitiman el poder de los hombres sobre el cuerpo, la sexualidad y la vida de las mujeres. A lo largo del documento de Salas y Campos, aparece gran cantidad de análisis y reflexiones sobre tales discursos legitimadores, por ejemplo:

-El semen es movimiento, la mujer no tiene semen, es pasiva por naturaleza.

-El semen transmite el alma, la mujer no transmite el alma.

-El nacimiento de una mujer corresponde a un fracaso.

-La mujer tiene debilidad de espíritu (Derecho Romano).

-La mujer es injuriosa, pecadora, es menos espiritual y racional que el hombre. Si la mujer quiere ser santa debe renunciar a su naturaleza y ser como un hombre (pensamiento judeo- cristiano y griego).

-La sexualidad no necesariamente es pecaminosa, pero debe llevarse a cabo como un acto racional, sin pasión, sin erotismo, sólo para la procreación (San Agustín).

-Dualismo entre la mujer decente, obediente, sumisa y la mujer licenciosa, cortesana, prostituta (Modernidad Victoriana).

Más allá de los costos que pagan los hombres por su sexualidad falocéntrica, sus relaciones están marcadas por mandatos de poder, dominio y control, independientemente del sexo de su pareja (Salas y Campos, p. 70). De lo anterior se colige que en las relaciones de pareja, más allá de la orientación sexual del hombre, se imponen los mandatos de poder, dominio y control. Estas afirmaciones de los autores provocan algunas preguntas, relacionadas con el origen de las expectativas de poder en las relaciones de pareja, que pareciera que sólo emanan de la identidad masculina: ¿Poder, dominio y control sólo emanan de la sexualidad masculina?, ¿Estos mecanismos de poder sólo operan en parejas donde participa un hombre (independiente de su orientación sexual l i, ¿En parejas de mujeres no operan tales mecanismos de dominio y control?, ¿Por qué podemos encontrar parejas heterosexuales donde las mayores cuotas de poder, dominio y control las ejerce la mujer?

Lo que sí está claro es que las identidades de la masculinidad hegemónica se fundamentan en relaciones de poder sobre la sexualidad y el cuerpo de las mujeres, lo cual conlleva a la cosificación del cuerpo, al despojo del placer de ambos, a la sobrevaloración de los hombres y la subvaloración del resto (mujeres, niñas, niños, adolescentes y otros hombres con masculinidades subordinadas). Si además se suma que la sexualidad ha sido convertida en un instrumento político y ha tomado carácter de mercancía y de fetiche, queda claro que su ejercicio constituye prácticas de violencia.