La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Nacional

El emprendedor de los ‘raspaos'

Regino Morán empezó con un carrito de granizado hace 40 años. Hoy es socio de un taller donde los modifica y lo llevó a convertirse en el ‘raspadero' oficial de la ampliación del Canal

Dos monstruos rugen en la Avenida Central. Taladran el suelo bajo un sol rampante. La gente circula como un relámpago que ignora al prójimo. Las tiendas pelean clientes con el volumen de la salsa, la bachata, el típico, el regué. En el ajetreo, la risa parece exclusiva para jubilados. La atención, para el que compra. La calma, para el que come.

‘No podía creer lo inmenso que era ese barco (portacontenedores Cosco Shipping). Estábamos en otro mundo',

REGINO MORÁN

RASPADERO

Bajo el calor, un sorbo dulce y frío es sublime. En Panamá, si es ‘raspao', mejor. Por aquí es fácil encontrar alguien que lo prepare. Uno de ellos empuja un carrito cerca de la Plaza 5 de Mayo. Interrumpe un viaje caluroso para cepillar un bloque de hielo. Sirve el granizado en un vaso de foam. Le agrega sirope. Otras veces añade polvo de crema de leche. O leche condensada que ofrece como ‘malteada'. Nadie sabe cuándo llegó este refresco a la ciudad, pero ‘es una tradición'. ‘Nunca se va a acabar', dice el dueño del carrito, Regino Morán.

Rodeado por comercios de futuro incierto, Morán supo asegurar el suyo: con otros raspaderos creó un taller de carritos. Allí ha modificado hasta ahora una veintena que pasea de día por la capital. Una de estas máquinas la maneja un muchacho frente a un casino de la Avenida Central. Otros prefieren la Cinta Costera, y hasta Calle 50.

Todo empieza en una hojalatería en Río Abajo. Allí el raspadero conversa con el hojalatero sobre las medidas que necesita, el tipo de material y el diseño. Él prefiere las láminas que brillan como si fueran espejos. Le da un aspecto prístino al carrito. Transmite de inmediato una sensación de limpieza. Pero a veces es arriesgado en la hojalatería: uno de sus carritos tiene láminas antiderrapantes en la parte baja, por encima de las llantas y le instaló unos bombillos de bicicleta en la parte frontal. Cuando la máquina deambula por las calles de Panamá, parece un ‘diablo rojo' moderno, de laboratorio, miniatura, que prepara ‘raspaos'.

Son naves excéntricas. Algunas emperifolladas con luces rojas, azules o verdes. Cargan hasta bocinas. Juegan el rol de una discoteca móvil fiel al humor de su audiencia. A 75 centavos el vaso de ‘‘raspao”. Uno cincuenta la malteada.

El ‘‘raspao” llevó a Morán hasta el nuevo Canal de Panamá. Fue con 25 carritos para repartir el granizado a todos los panameños que vieron al portacontenedores Cosco Shipping atravesar las nuevas esclusas de Cocolí. Se había asociado con otros raspaderos para lograr la hazaña. Para él fue histórico. Llevó a toda su familia. Le faltaron palabras cuando vio la bestia de 300 metros cruzar la vía ampliada. ‘No podía creer lo inmenso que era ese barco', dice. ‘Estábamos en otro mundo'.

Su mundo de ‘‘raspao” empezó hace 40 años. Morán nació en Penonomé. Creció en Colón y al poco tiempo se mudó a la capital. Allí su padrastro se ganaba la vida vendiendo ‘‘raspaos”. Él estudiaba en el Colegio de Artes y Oficios Melchor Lasso de la Vega. Un día se acercó por curiosidad al carrito y se dio cuenta de que podía ganar una buena cantidad de dinero en un solo día.

‘En ese momento a los muchachos les daba pena andar con un carrito de ‘‘raspao”, recuerda el empresario raspadero, sentado en la Plaza 5 de Mayo. ‘Ahora es todo lo contrario. Los jóvenes ven el alto costo de la vida y la facilidad de hacer dinero rápido aquí', explica.

La competencia es dura. En la Avenida Central, una calle de edificios antiguos revestidos por pancartas de publicidad fantasma, las cadenas de fast food y fondas de frituras dominan cada esquina. Los peatones compran hojaldres, tortillas, pollo frito. También entran en escena vendedores ambulantes de empanadas. ‘Al panameño le gusta la burundanga', admite el raspadero. ‘El ‘raspao' también compite con esos lugares', reconoce.

Hoy lleva cuatro décadas preparando ‘‘raspao”. Y le da empleo a varios muchachos que manejan sus carritos durante el día granizando al paso. ‘Tengo tres carritos', dice Morán, con las manos manchadas de sirope rojo: ‘un buen líder no te dice lo que tienes que hacer. Te enseña cómo se hace'.

Cuando cae la noche, la gente no va hacia el ‘‘raspao”. El ‘‘raspao” va donde está la gente: los carritos se instalan en hoteles, clubes, discotecas. Los vasitos de foam o de cono de refresquería cambian por vasos de plástico transparente. Se venden hasta ‘‘raspaos” con licor.

A Morán lo contratan para eventos nocturnos. Recuerda que la gente lo veía en la calle raspando el bloque de hielo y le pedían el teléfono. Querían tener un pedazo de esta tradición tan urbana como panameña en las fiestas. Lo recomendaban para matrimonios. Fue a reuniones y ferias. En los clubes hebreos preparó malteadas kosher. Selló la lealtad de sus clientes rallando el hielo. Desde entonces, a sus faenas de carnavales, procesiones, actividades deportivas y protestas populares, se sumó el ‘‘raspao” para encuentros privados.

‘Entre más limpio y más llamativo el carrito, más clientes', advierte. El secreto de su triunfo fue meterle amor a su herramienta de trabajo. Logró posicionarse, ser testigo de la transformación de la Avenida Central y hacerle frente a una economía que no promete nada bueno para el 2018.

A punta de ‘‘raspao”, Morán sacó adelante a su familia y logró que sus hijas estudiaran las carreras que quisieron. Hoy cuenta con orgullo que las dos son profesionales. Una, profesora de inglés. La otra, enfermera en el Seguro Social.

Cuando termina su jornada como empresario del ‘‘raspao”, vuelve hasta Torrijos-Carter, el área donde vive. Aunque de vez en cuando se enfrenta al cruel tráfico de la urbe, dice que ‘llega rápido' a la periferia en un bus pirata.

Alrededor de la Plaza 5 de Mayo se condensa el alma de Panamá. Los monstruos de metal siguen perforando el suelo para colocar nuevos adoquines en la vía. Los comercios compiten desde la legalidad de una tienda con vitrinas o la informalidad de un mercader de vegetales. El casino opera diagonal al clausurado museo antropológico. Sobre otra arteria pelean por ver quién pasa primero un metrobús y un busito pirata. La estación del metro se pierde entre la gente. A lo lejos, como un espejismo, se levantan los rascacielos de la avenida Balboa. ‘Mañana tengo un evento en el Trump', se despide el raspadero de 57 años, que cojea porque ayer le cayó encima un galón de sirope.