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18 de Oct de 2019

Nacional

El fin del sueño revolucionario de 1959: muerte y huida en la Serranía de Tute

La sociedad panameña estaba dividida: ¿Eran los jóvenes revolucionarios ‘dementes exaltados por el exceso de lectura revolucionaria'? ¿Eran héroes decididos a liberar a una sociedad secuestrada?

El fin del sueño revolucionario de 1959: muerte y huida en la Serranía de Tute

A sus 24 años, Polidoro Pinzón acumulaba un extenso curriculum como rebelde y revolucionario. Era inteligente, valiente y respetado en los ambientes más beligerantes de la oposición izquierdista del país. De acuerdo con Efebo Díaz ( Protagonistas del siglo XX Panameño ) tenía el carácter ideal para la planificación de eventos clandestinos: era un conspirador natural, malicioso y reservado.

Como único miembro del movimiento de Acción Revolucionaria (Mar) residente del interior de la república (Santiago, Veraguas), se le asignaron tareas fundamentales para el impostergable alzamiento armado que ambicionaba derrocar al gobierno del ‘Ernestado' (del presidente Ernesto de la Guardia) y la Coalición Patriótica Nacional.

Conocedor de la región montañosa veraguense, Polidoro eligió la Serranía de Tute para su proyecto. Con sus riscos abruptos, cerrados bosques, y terrenos resbaladizos parecía el sitio ideal para una guerrilla ‘a la panameña'.

Polidoro consiguió armas y resolvió otros asuntos prácticos. Irónicamente, no pudo acompañar a la primera columna de combatientes del MAR que el viernes 3 de abril llegaba a Santa Fe anunciando el inicio de la revolución. Por una confusión, se había quedado en Santiago.

Partió al encuentro de sus compañeros al día siguiente, el sábado 4 de abril, a pie, con su amigo José Rogelio Girón. Caminaron todo el día por los terrenos polvorientos, cruzando potreros y montes, hasta llegar a la vieja mina de oro abandonada de Remance, sin saber qué había ocurrido con el otro grupo.

Encuentro en la mina

Al despertar, ‘gritaron de alegría y se abrazaron eufóricos', diría Efebo Diaz ( Protagonistas del Siglo XX ). También descansaba en la mina otra columna de combatientes, organizada por Augusto García, y compuesta por jóvenes de edad escolar. Eran Rubén Dario Nuñez, de 16 años; Luis Nuñez, de 17; Virgilio García, de 17; Rubén Rojas, de 18; Tito Davis y Edison García, de 15 años.

Polidoro asumió el mando, no sin percatarse de que ninguno portaba armas. Tampoco provisiones. En su improvisada aventura, los adolescentes estudiantes de la Escuela Normal de Santiago supusieron que sus compañeros se las proporcionarían.

Pero derrocar al gobierno y fundar la II República no era tan fácil como esperaban. El entusiasmo y avidez por el combate empezó a declinar montaña arriba, a medida que sufrían los primeros rigores de la aventura, la escases de alimentos, el cansancio, frío y la maleza salvaje e hiriente.

Ya para el martes 7 de abril era notorio el estado de debilidad de los muchachos. Uno de ellos sentía dolores en el pecho. El dolor no se iba, por lo que decidió regresar a Santiago. El resto del grupo tuvo la escusa de acompañarlo.

Solo tres continuaron el camino de ascenso de la serranía: Polidoro, José Rogelio Girón y Domingo Patrocinio García.

‘Marchábamos el uno detrás del otro. Yo adelante por llevar arma; García a tres pasos aproximadamente y Girón un poco rezagado', contaría posteriormente Polidoro en una carta fechada 14 de abril de 1959 y dirigida al fiscal del circuito de Santiago Carlos Tovar.

Girón era amigo íntimo de los hermanos Pinzón. Se habían hecho como hermanos en sus compartidas aventuras revolucionarias. Tenía 22 años y era casado. Su esposa estaba encinta. Era hijo de un policía.

Domingo García tenía 15 años y era casi la ‘mascota' del grupo. En un inicio ninguno había querido que emprendiera tan riesgosa aventura, pero él estaba decidido. ‘Yo también tengo mis ideales', había contestado a Polidoro cuando este le pidió que regresara con los otros a Santiago.

Dos muertes

La noche del miércoles los tres rebeldes durmieron a la orilla de Quebrada Grande del Cuay. Al día siguiente, después de avanzar todo el día, sin haber encontrado nada de comer, se dirigieron hacia la finca de Ventura Castrellón, pero dieron marcha atrás al percatarse de que la casa y los alrededores estaban vigilados por los oficiales de la Guardia Nacional.

Eran las seis de la tarde, cuando, nuevamente entre los matorrales que bordeaban al río, Polidoro escuchó un familiar ruido. Se volteó y divisó a un uniformado que se preparaba para dispararles con su metralleta.

‘No tuvimos tiempo de nada. Una ráfaga de disparos brotó a escasos 15 pasos de donde estábamos y abaleó a García, que en su caída me atropelló', relataría el mismo documento.

De alguna manera, Polidoro logró levantarse y disparar a las manos del sargento Lorenzo López para desarmarlo.

‘No quería matarlo, solo ganar tiempo para escapar', diría el rebelde. Segundos después hizo un segundo tiro para proteger su retirada.

Polidoro fue el único sobreviviente. Días después, los cadáveres de sus amigos fueron encontrados en estado de descomposición y con disparos en diferentes partes del cuerpo por el fiscal del Circuito de Veraguas.

El cuerpo de Mingo resultaba especialmente aterrador, aun para el fiscal y sus hombres. Vestía un pantalón diablo fuerte azul, con botas de cowboy y no llevaba camisa. Tenía siete disparos, tres de ellos en la cabeza. Su cadáver había sido devorado por las fieras hasta la rodilla y mostraba solo los huesos de ambas piernas.

‘Esto es, señor Fiscal, lo sucedido... Son hechos y pruebas contundentes que demuestran las formas más bestiales que caracterizan a nuestro instituto armado. La República sangra hoy por todas sus arterias. Se han violentado los caminos de la vida y nuestro tristemente célebre mandatario se anota un triunfo más sobre la desesperanza de los hombres y las juventudes. Mañana un discurso pretenderá cubrir tanta ignominia y mañana será mil veces inocente', escribió el joven rebelde en la carta mencionada anteriormente.

‘Sangre de amigos de lucha y sangre de mi sangre. Yo he quedado en pie. Juro ante el altar de la Patria continuar con los ideales que fueron nervio y motor de los que ayer se inmolaron en las más altas montañas veraguense y que hoy entran, silenciosos, en el ancho camino de la historia, por la puerta más bella: la revolución'.

La captura de Murgas

Ese mismo jueves, fueron detenidos Ignacio Muñoz Benitez, César Manfredo, Rosenberg Valero, Alí Bonilla, Alzaron Pinzón, Virgilio García, Monarge Davis, Mario Chang y Mario Pinzón.

Fue Santiago Adames el que más "cantó". A los medios trascendió su declaración de que el proyecto de alzamiento había sido apoyado por el líder de la Federación de Estudiantes Andrés Cantillo, además de Floyd Britton y ‘ricos' como Tito Arias, quienes les habían dado armas, y prometido dinero y provisiones. A su parecer, habían resultado ser unos traidores. La ayuda no se había materializado.

Casi al anochecer, encontrarían los guardias al más mediático y locuaz miembro del grupo de guerrilleros aspirantes, Rodolfo Murgas.

Llevaba un pantalón largo y una camisa de fatiga. Lucía extremadamente delgado y debilitado por la falta de alimentos, pero su rostro tenía la vivacidad de un joven decidido y alerta. Llevaba tres días caminando por la sierra, perdido, tras haberse desbandado la columna de Samuel Gutierrez.

Lo encontraron en un rancho, cocinando unos porotos. El humo de la estufa lo había delatado.

Al verse, repentinamente rodeado de las tropas, atinó a decirles en son de broma: ‘Han llegado justo a la hora del guacho'. Algunos de los guardias sonrieron. El teniente Virgilio ‘Tarito' Guerrero, que lo reconoció como hijo de Rafael ‘Pito' Murgas, ex gobernador de Veraguas, lo tomó bajo su protección.

‘Este es mi prisionero', anunció y esa noche, durmió espalda con espalda para evitar que cayera en manos del teniente Boris Martínez, (quien de acuerdo a algunas versiones parecía dispuesto a ejecutarlo y le habría propinado una patada en los testículos).

La imagen del jovencísimo (17 años) y hermosísimo Murgas, publicada en la portada de los diarios esa semana conmovió al país: ‘Era solo un niño'.

En entrevista con los medios, mostró su personalidad inteligente y vivaz. No lamentaba haberse unido a la banda. La emboscada a Torrijos había sido una estrategia para retrasar la búsqueda.

Epílogo

El 14 de abril, la prensa anunciaba que en Santa Fe reinaba la completa calma y ya no queda un solo rebelde en las montañas de Veraguas. ‘El que no se ha entregado anda huyendo ahora para no caer en manos de la justicia', decía uno de los diarios.

Todavía siete revolucionarios continuaban prófugos ( Jaime Padilla Beliz, Samuel Gutierrez, Alvaro Menéndez Franco, Isaías Chang González, Rubén Urieta, Chombo Chandeck y M. Gerona), pero los sucesos de Tute parecían haber finalizado.

El país quedaba conmovido hasta los huesos: algunos indignados, otros admirados y complacidos por la valentía de los casi niños dispuestos a dar su vida por una mítica revolución.

Cuando el padre de Murgas declaró ante los medios sentirse ‘orgulloso de su hijo', el periódico El País le contestó: ¿de qué se siente orgulloso? Qué aportes hizo su hijo?

En parecidos términos se expresaría un columnista del mismo diario, el lunes 6 de abril: ‘Solo personas apasionadas hasta la demencia pueden explicar y aplaudir la actitud de un puñado de exaltados que, con el ánimo de imitar el movimiento de Fidel Castro en el Oriente de Cuba, se han internado en las montañas de Veraguas para tramar desde allí la cancelación del gobierno constitucional de nuestra república'.

Pero el movimiento también tenía sus defensores: ‘El Levantamiento en Cerro Tute es una consecuencia del desbarajuste político-social que viene padeciendo la República en los últimos lustros por la ineptitud y miopía de los dirigentes políticos que no han sido capaces de recabar y encauzar los sentimientos de un pueblo ansioso de justicia social', decía un comunicado del Partido Democracia Cristiana.

‘Si bien, rechazamos la violencia como principio, hemos consagrado también en nuestra plataforma programática el Derecho a la Revolución cuando se conculquen los derechos naturales de la persona humana', continuaba.

Ramón H. Jurado también intervino a favor de los supuestos locarios: ‘Pido a todos mis amigos de manera encarecida y a todos los panameños sin distingos de banderías políticas que miren con simpatía hacia las faldas de Tute y que vean con comprensión, la aventura de estos jóvenes panameños porque en su decisión aunque sé que desesperada, está tatuado un viejo anhelo nacional: el derecho a la igualdad y a la dignidad de todos los panameños'.

(Información tomada de los diarios La Estrella de Panamá , Panamá América , El País , La Hora y El Día , correspondientes al mes de abril de 1959, "Rodolfo Muirgas Torraza, el guerrillero solitario", de Rafael Murgas; La Insurrección del Arco Iris, de Efebo Diaz y Los héroes y mártires del Cerro Tute , de Herbert George Nelson Austin, ).