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16 de Jan de 2020

Nacional

No hay felicidad sin un poco de sufrimiento

Miramos tanto hacia el pasado que muchas veces no podemos conectarnos con el presente

Vivimos en una sociedad que tiende a buscar a toda costa el placer y evitar el sufrimiento, pues todos quieren la felicidad. Muchos padres, por ejemplo, en esa búsqueda de placer absoluto para sus hijos, tienden equivocadamente a evitarles el sufrimiento sobreprotegiéndolos y dándoles todo lo que piden. Pero evitar el sufrimiento tal vez no sea el camino más saludable para el desarrollo de la personalidad, pues equivaldría a negar una parte de la realidad humana, y es aquella donde el dolor y el placer se constituyen en parte de la vida cotidiana.

“El dolor es inevitable y el sufrimiento, opcional”, es una frase budista que representa tal dinámica, que sugiere la imposibilidad de vivir sin dolor, sea físico o emocional, y la posibilidad de no incrementarlo y convertirlo en algo eterno o exacerbado, de modo que más que evitar, se trataría, como lo prescribe la filosofía oriental, de aceptarlo y dejarlo ir, pues en esa temporalidad nos damos cuenta de que las emociones son estados que fluyen y que acompañan el devenir de nuestra vida, y que habrá momentos difíciles y venturosos, plagados de fracasos como logros, donde ocurrirán pérdidas físicas y afectivas.

A mediados del siglo XX, la proporción de personas que se deprimían o presentaban algún trastorno de ansiedad era menor que la que se ha desarrollado en las últimas décadas, por ejemplo, la proporción es 10 veces mayor para la depresión, y en 2015, la OMS estimó que 332 millones de personas sufrieron de algún desorden depresivo, mientras 800,000 se suicidaron.

Sí, es cierto que existen múltiples factores que podrían explicar el incremento de este tipo de patologías, que implican por ejemplo: cambios sociales acelerados, pobreza, inseguridad, elevadas tasas de estrés por el estilo de vida urbano, inclusive para algunos psicólogos el exceso de diagnósticos psiquiátricos que convierten muchas veces un problema de la vida cotidiana en una enfermedad mental , también hay que considerar que existen contradicciones en todo esto, pues vivimos ciertamente en una época pacífica, comparada con las convulsiones de principios y mediados del siglo pasado (por ejemplo la segunda guerra mundial).

Pero evitar el sufrimiento tal vez no sea el camino más saludable para el desarrollo de la personalidad, pues equivaldría a negar una parte de la realidad humana, y es aquella donde el dolor y el placer se constituyen en parte de la vida cotidiana.

Sin embargo, miramos tanto hacia el pasado que muchas veces no podemos conectarnos con el presente, y si se analiza fríamente no podemos admitir que la vida que llevaban nuestros abuelos era más afortunada que la que llevamos hoy, y aun así nos quejamos de lo que tenemos. Es como si fabricáramos sufrimiento innecesario.

Una de las posibles explicaciones a esta contradicción está ligada a esa ausencia de reconocer el sufrimiento como parte esencial de la vida, a aceptarlo y afrontarlo, una tendencia a vivir esquivando el dolor y la soledad, muchas veces utilizando drogas o psicofármacos como medios para evitarlo, a ese hedonismos trivial, que impide encontrar un sentido a la vida como decía Víctor Frankl un psicoterapeuta que vivió en los campos de concentración nazi y que narra su experiencia de cómo afrontar el más terrible de los sufrimientos, ver a toda tu familia morir, saber que también vas a morir y experimentar la impotencia de no poder hacer nada.

En nuestra época, la gente cae en una especie de tedio y rutina sobrecargada de estímulos, y es en esa búsqueda insaciable de estímulos, donde emerge el sin sentido y deviene la tristeza y el vacío, pero ese es un sufrimiento innecesario y fabricado, cuando se compara con las verdaderas historia de terror que personas como Víctor Frankl han vivido, y que a pesar de aquello siguen adelante por que encontraron un sentido a su vida, pues como lo afirma el propio Frankl: “La vida cobra más sentido cuanto más difícil se hace”.