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30 de Mar de 2020

Nacional

El Canal y la capacidad de los panameños

Mientras se desarrollaban los sucesos del 9 de enero de 1964, en el fragor de la agresión la Universidad aprobó una proclama condenando las incursiones militares de Estados Unidos en perjuicio de nuestro pueblo e igualmente propuso la nacionalización del Canal como divisa del universitario contemporáneo.

No le ha sido fácil al Estado panameño ganar el reconocimiento de la comunidad internacional. Al lograr Panamá su independencia en el año de 1903, una leyenda distorsionadora, urdida por sus adversarios, la colocaba como republiquita inventada por Estados Unidos. Esa misma leyenda nos definía como un pueblo vicioso, irresponsable e incapaz de estructurar un gobierno idóneo.

El Canal y la capacidad de los panameños

En los primeros años de República, dada la pobreza fiscal existente, varios servicios públicos se mantenían bajo la responsabilidad del Gobierno estadounidense. La recolección de la basura, el manejo del agua potable, muchos renglones de la sanidad no estaban en manos de nacionales y ese hecho no se atribuía ni al atraso en que nos sumió Colombia ni a la pobreza del Tesoro ni a la propia conveniencia de los vecinos, sino a la incapacidad del panameño para organizar un buen gobierno. La misma situación de dependencia que se desprendía del tratado de 1903 o de las necesidades del país, hicieron posible la presencia de figuras especializadas para dar asesoramiento a algunas necesidades oficiales. Los técnicos o agentes fiscales en la Secretaría de Hacienda, en Salud Pública, en Educación, en la Policía Nacional, en el Telégrafo, todos de nacionalidad estadounidense, proliferaron con poder de mando de modo tal que cualquier dictamen jurídico o político nos podría dar el rango de protectorado.

Esas prácticas aparentemente insoslayables daban argumento a nuestros enemigos para considerar que no estábamos materialmente preparados para la autodeterminación o que simplemente éramos unos improvisados y que, por tanto, la independencia no correspondía a la realidad nacional. Desde luego, esas conclusiones eran del todo exageradas y la historia nos dice que el panameño supo superar con dignidad el fatalismo que imponía su propia debilidad. En cierta medida, los planeamientos patrióticos que demandaban algunas enmiendas al tratado Hay-Bunau Varilla eran limitados, meramente revisionistas y, por supuesto, no llegaban a considerar la abrogación del texto. Pero para la época, satisfacían un legítimo programa reivindicador.

“Al final, la verdad ha prevalecido: los panameños sí podíamos asumir el control del Canal; lo estamos demostrando con el reconocimiento internacional y, así como vencimos ese inmenso compromiso, también seremos capaces de vencer el reto de vivir en un país decente, realmente soberano y totalmente neutral”.

En atención a mis lecturas, la primera persona que planteó la abrogación o eliminación del tratado general, fue el doctor Publio A. Vásquez, en junio de 1934. Los historiadores podrían enriquecer esta observación. Esa posición abrogacionista, militante y transformadora del doctor Vásquez revelaba gran fe en la competencia del panameño para asumir el liderazgo necesario en la solución de los problemas fundamentales de la República. Las tesis abrogacionistas no tomaron alas, pero quedaron como semillas en el surco de los objetivos de la Nación panameña. Hubo, eso sí, desde el principio, sesudos alegatos que sustentaban la nulidad del tratado.

Posteriormente, en el campo de la opinión ciudadana, muchísimos panameños otearon nuevos horizontes. En el año de 1945, en la revista Alumni, órgano de publicidad de institutores y liceístas, postulé la nacionalización del Canal como idea de la juventud. En el semanario Impacto, de inspiración aprista, editado en Lima en el año de 1956, o 1957, reiteré esa ilusión, precisando que el Canal y su posición geográfica eran para los panameños lo que el cobre para los chilenos, el petróleo para los venezolanos y los metales para los peruanos. Tesis no compartida en el seno del semanario porque el aprismo enarboló, sólidamente en su momento, la bandera de la internacionalización del Canal como uno de los puntos básicos de su ideario.

A su vez, en el año de 1957, un congreso de la Federación de Estudiantes acordó luchar por la nacionalización del Canal. En el año de 1958, en la columna “Camino abierto” que servía en el diario El Día, postulaba nuevamente la nacionalización del Canal como un objetivo que nos debía unir como panameños. El planteamiento suscitó una polémica con dirigentes del Tercer Partido Nacionalista, quienes sostenían que el ideal de la nacionalización era irreal, que no estaba en el programa de luchas del pueblo panameño y que lo realista era alcanzar un “fifty-fifty” de las utilidades del Canal.

A finales de la década de 1950 y principios de la de 1960, se hicieron otros pronunciamientos en pro de la nacionalización: primero el del Movimiento Agrario Nacionalista, de Chiriquí, y luego los de la Democracia Cristiana y del Partido Socialista. Es obvio que estos ideales se fundamentaban en la fe que se tenía en las aptitudes del panameño. Además, estaban alentados por la experiencia egipcia en la toma del Canal de Suez.

Mientras se desarrollaban los sucesos del 9 de enero de 1964, en el fragor de la agresión la Universidad aprobó una proclama condenando las incursiones militares de Estados Unidos en perjuicio de nuestro pueblo e igualmente propuso la nacionalización del Canal como divisa del universitario contemporáneo.

En los proyectos de tratados de 1967 se llegó al acuerdo de la nacionalización del Canal, estableciendo fechas para la entrega del Canal condicionadas a la vigencia de otros tratados. Se eliminaba toda relación contractual a perpetuidad. En la medida en que tomaba fuerza la posibilidad de la nacionalización del Canal, lo que significaba que este pasaría a ser de nuestra propiedad, se incrementaba la opinión de que los panameños éramos incapaces de administrarlo.

Al final, tras una larga lucha del pueblo, los tratados Torrijos-Carter alcanzaron la nacionalización del Canal, al poner fin a la perpetuidad, y a partir del 31 de diciembre de 1999 los panameños somos los únicos dueños y responsables exclusivos de su manejo.

Un alto diplomático del Gobierno de Estados Unidos acreditado en Panamá –creo que su embajador– declaró hace muy pocos días que la vía acuática es administrada con eficiencia. Los panameños somos conscientes de que eso es así y sabemos que todo el personal panameño que labora bajo la dirección del ingeniero panameño Alberto Alemán Zubieta en la conducción del Canal, simboliza, hoy por hoy, la idoneidad del panameño, su profesionalismo y su responsabilidad.

Esa es la buena noticia que, a su vez, constituye una bofetada histórica a quienes dudaron de la capacidad y del talento de los panameños. Las aprensiones agoreras quedaron disueltas como pompas de jabón. Durante casi un siglo hemos sido víctimas de ultrajes destinados a acomplejar nuestra responsabilidad de nación. Al final, la verdad ha prevalecido: los panameños sí podíamos asumir el control del Canal; lo estamos demostrando con el reconocimiento internacional y, así como vencimos ese inmenso compromiso, también seremos capaces de vencer el reto de vivir en un país decente, realmente soberano y totalmente neutral.

(Publicado originalmente el 28 de septiembre de 2000).

FICHA

La delincuencia y sus crueldades
Carlos Iván Zuñiga Guardia

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, ciudad de Panamá

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 empezó su vida política como un líder estudiantil que rechazó el acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.