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29 de Nov de 2020

Nacional

¡A politizar la pandemia!

La crisis de la política comienza cuando la política no sabe escuchar, no sabe hablar y no sabe proponer. Es necesario escuchar, y la representación de lo social es esencial

¡A politizar la pandemia!

La política

La desagregación de las grandes clases sociales de nuestros días nos enfrenta a una sociedad fragmentada, pluralista, corporativizada, estratificada, anárquicamente individualizada. Por ello mismo, ya no hay voz social y se hace más imperiosa la obligación de la voz política, es decir de la voz de los sujetos políticos por excelencia: los partidos.

En el pasado las grandes clases sociales o las grandes alianzas nacionales tenían una voz, hablaban, expresaban grandes intereses, reconocibles al momento. Entonces la política tenía las cosas más fáciles a la hora de representar, de reunir, porque la voz venía de potentes agregados sociales y políticos, en uno u otro grado, ya autónomamente organizados. Era menos importante entonces leer e interpretar. La representación directa tenía la vía más expedita.

Hoy, para hablar y asumir esta fragmentación de lo social –y por ende de lo político– se está obligado a elaborar propuestas reunificadoras. Lo social, ahora, en la economía de mercado posterior a las grandes clases, se construye, no se describe. Ahora, para producir vínculos sociales, hay que construirlos a través del conflicto social entendido como medio democrático para hacer sociedad, como recurso dialéctico al servicio de un proyecto de libertad en contra de prácticas de dominio antidemocráticas.

“...no se escucha para seguir la masa ni para representar sus miserias, sino para conocer y comprender lo social, que es la única vía para transformarlo”.

El carácter estratégico de un proyecto democrático solo puede ser asegurado si involucra la participación crítica y el posicionamiento natural de los intereses y necesidades de la mayor cantidad de segmentaciones de ese pluriverso del trabajo productivo en que se desdobla la sociedad civil y la economía de mercado: obreros, profesionales, trabajadores precarios e informales, pequeños y medianos productores del campo y la ciudad, y empresarios grandes, medianos y pequeños, y las fuerzas presentes en el ámbito social cuyas raigambres e identidades antropológicas (minorías étnicas e inmigrantes) y biosociales (mujeres, jóvenes, homosexuales y lesbianas, desocupados, discapacitados, pensionados y jubilados) ameritan ser jerarquizadas y valoradas como portadoras de poder, como referentes de solidaridad, confianza y fortaleza en la legitimación de la gestión de lo público.

Un proyecto de poder político personal y colectivo será auténticamente democrático en la medida en que goce de una autonomía de praxis política y de propuestas –en gobierno o en oposición– que ponga continuamente presión sobre el límite histórico de la libertad implícito en el orden social dominante.

La relación entre la representación social y la política está en crisis

Para resolverla, habría que abordar, por un lado, lo que se denomina el equívoco de la representación social, y por el otro, la crisis de la política. El equívoco de la representación social estriba en el error de creer que a la sociedad hay que representarla tal como ella es y no tal como ella debería ser.

Si, en aras del populismo o la cobardía, se acepta representar la sociedad tal como es –con todas sus debilidades y falencias– se termina endosando el discurso de la antipolítica, que es la médula del autoritarismo moderno. En efecto, las fuerzas autoritarias promueven la descalificación de todo lo político y a partir de esa descalificación, destruyen la credibilidad de la democracia y de los partidos políticos, la confianza en las instituciones públicas y en la solidaridad social, en los valores democráticos que hacen posible una convivencia social digna y civilizada.

Con ello, esas fuerzas autoritarias cultivan y fomentan un pesimismo histórico con el cual hipotecan primero y luego liquidan toda iniciativa democrática y revolucionaria de reconfiguración del orden social que da sustento a su cultura y práctica autoritaria de dominación social y política.

Si se asume la representación política del espacio social a partir de ese equívoco, se desata un proceso que terminará irremediablemente en una crisis aguda de la política, es decir, en el descreimiento y el descomprometimiento de los ciudadanos frente a lo público: en el envilecimiento de la democracia. Y en este terreno las únicas fuerzas que ganan son las más autoritarias pues se habrá renunciado a propuestas políticas fuertes, autónomas, plenas de propósitos y objetivos estratégicos democráticos.

La miseria moral e ideológica alcanza su cenit cuando esas fuerzas autoritarias, primero cultivan la antipolítica, y luego, se proponen representar la política. Esto es lo que hacen quienes atacan y denigran lo político y los partidos, para luego proponerse como representantes de los intereses políticos populares.

La crisis de la política

Comienza cuando la política no sabe escuchar, no sabe hablar y no sabe proponer. Es necesario escuchar, y la representación de lo social es esencial, pero no se escucha para seguir la masa ni para representar sus miserias, sino para conocer y comprender lo social, que es la única vía para transformarlo.

Pero no es tanto el equívoco de la representación social lo que pone en crisis la política. El fondo de la crisis de la política está en el desplome de la subjetividad política, es decir, en el desplome de los partidos y de sus vanguardias, en la insuficiencia de sus propuestas sociales, y sobre todo, en su desplome moral ante la opinión pública.

La política ya no sabe hablar porque no sabe leer ni sabe interpretar la sociedad, y no sabe hacerlo, porque el sujeto político –el partido– al no movilizarse de manera apasionada, carece del conocimiento práctico para conocer y transformar esa realidad y, por ende, no sabe orientar, no sabe dirigir.

Cuando la política no sabe hablar, se entroniza en los partidos políticos y en la vida pública un estamento politiquero y administrativo autorreferencial, que solo habla para sí mismo y de sí mismo, en querellas subjetivas interminables y vergonzosas, que no sabe hablarle al país ni a la sociedad. En ese escenario, el grueso de la energía de los partidos se vuelca hacia la lucha interna, que es la lucha no de propuestas, sino de egos, ambiciones y prebendas personales y todos luchan por el mando, aunque en la lucha destruyan el partido.

Ese pleito subalterno abona el terreno para los que, como fundamento de su proyecto autoritario y antidemocrático, braman por la desaparición de la política y los partidos. Cuando se escucha para seguir la masa en un ejercicio autocomplaciente y narcisista de populismo a la búsqueda de clientes electorales a los cuales habrá que pagar, no solamente se secundan las peores pulsiones de la masa, sino que al representarla tal como es, gana la antipolítica.

Este estamento político, siempre empeñado en ocuparse de sí mismo, cae en la lógica de las oligarquías, dispuesto a pactar y a ceder a título personal, y aunque algunas veces gane elecciones, cada vez perderá más representación y poder social, hasta quedar convertido en una manada de mercenarios de la politiquería.

Asumiendo “que la sociedad, sede natural del bien común, es también la sede de los intereses particulares y de los egoísmos corporativos”, una política que acríticamente la quiera representar tal cual ella es convertirá esa sociedad en una entidad fragmentada, sin proyecto común, sujeta a las condiciones denigrantes de la dinámica del sálvese quien pueda y de un retorno a la bilateralidad internacional que busca castrar la autonomía de nuestras naciones.

De aquí que esta crisis de la acción política no sea un hecho específico de Panamá, sino un hecho genuinamente característico de nuestro tiempo. Y aunque parezca paradójico, en un tiempo de pandemia en que no pocos legítimamente temen las disidencias y el conflicto social, para prevenir y anticiparse a lo que se nos viene encima, estamos obligados a politizar todo, a hacer preguntas, a interrogar a la sociedad y a los políticos, a exigir información confiable y oportuna para aprender a leer, descifrar, interpretar y representar la realidad... para proponer y construir consensos y propuestas reunificadoras.

Por eso hay que politizar la pandemia, que no es lo mismo que hacer politiquería con ella o convertirla en terreno yermo de banderías intransigentes y polarizantes que solo destruyen, nada agregan.

El autor es politólogo y diplomático

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