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26 de Feb de 2021

Política

Cien años por la libertad y las rosas…

Conversando con una querida amiga sobre el actual 8 de marzo, recordamos la famosa foto de dos militantes políticas, Clara Zetkin y Rosa...

Conversando con una querida amiga sobre el actual 8 de marzo, recordamos la famosa foto de dos militantes políticas, Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, caminando mientras, al parecer, conversan animadamente. Hablábamos de esas vidas, sus obras, sus legados y sus significados cien años después de la primera celebración del Día Internacional de la Mujer. A ellas, a Clara y a Rosa, rebeldes ancestras y madres simbólicas de todas nuestras luchas, debemos una memoria agradecida por todo lo que hoy nos es posible.

Surgida de la voluntad de las organizaciones de mujeres socialistas de principios del siglo XX, la conmemoración ha devenido el icono que nos recuerda una historia mundial de luchas femeninas, el día para reconocer el alcance de los desafíos, para valorar logros y avances duramente obtenidos, casi siempre magros resultados de grandes esfuerzos.

Educación, ciudadanía, voto, trabajo remunerado, en fin, todo eso que hoy es vivido como natural por millones de mujeres en el mundo comenzó a ser posible por la acción y el pensamiento de unas cuantas que se enfrentaron a fuerzas conservadoras existentes en todos los ámbitos y con distintas banderas. Por ello, por sus convicciones y acciones, pagaron altos tributos personales y políticos, desde el enfrentamiento con sus propios compañeros de lucha hasta el olvido de las generaciones posteriores.

De modo particular, este insólito 8 de marzo, al coincidir con el martes de carnaval, ha sido borrado, o dicho mejor eclipsado, sumergiendo esta entrañable conmemoración en un ‘segundo escenario’ lo que tal vez representa una metáfora de nuestra actual situación como mujeres en Panamá.

Es verdad que una simple mirada que recupere la memoria de éste centenario encuentra que en absoluto es posible afirmar que nos encontramos las mujeres en las mismas condiciones que a comienzos del siglo pasado.

Durante estos cien años hemos logrado avances hasta hace muy poco inimaginables si se comparan este tiempo y aquellos años. Desde la privilegiada ventana de esta primera década del siglo XXI, se puede apreciar que hemos transitado desde la inexistencia de derechos políticos y ausencia en el escenario público hasta la presidencia del país. Ello no es poco.

Además, hoy las mujeres están ampliamente representadas en profesiones y oficios antes vedados, existe una legitimidad de las aspiraciones educativas y profesionales femeninas, así como un ingreso masivo en los diversos niveles de la educación. Desde el reconocimiento a ciertas ‘aspiraciones femeninas’ en los espacios políticos y académicos universitarios, hasta las visiones de las mujeres en el arte, la ciencia, la literatura y los medios de comunicación, en los que hoy una nueva imagen femenina reemplaza a la tradicional, a la antigua madre abnegada toda familia y trabajo doméstico, por la profesional exitosa a la vez que esposa y madre.

EL COSTO DE SER MUJER

Pese a lo cual y contiguo a ello, al igual que hace cien años, hoy, cada pequeño avance sigue teniendo altísimos costos para las mujeres, casi siempre imperceptibles, no mensurables. En este sentido, no parece casual que en todos o casi todos los últimos problemas políticos en el país, sus protagonistas o coprotagonistas hayan sido mujeres. Un simple y nada exhaustivo recuento basta: las vicisitudes de la candidata a la presidencia en las últimas elecciones nacionales, la suerte de la antigua procuradora General de la Nación, el dramático rol de la miembro de un partido que intentó la división, y otros casos que quizá se tengan aún frescos en la memoria.

Al lado de cambios y avances se mueven amenazas a la libertad e incluso a la vida. En efecto, también los costos de los avances en las relaciones de género están siendo pagados altamente por mujeres de todas las clases y sectores sociales, como se evidencia en los discursos justificadores que hacen los victimarios en los crecientes femicidios íntimos, para quienes las mujeres son un objeto de su propiedad, de modo que la libertad, la autonomía personal en la vida cotidiana y en las relaciones más íntimas es asumida como desobediencia.

Hay quienes piensan que este es el costo de la igualdad, con lo cual se demuestra ipso facto que no hay ninguna igualdad social para las mujeres en este país si es necesario pagar tan alto precio por intentar disfrutar de la condición humana.

IGUALDAD Y POLÍTICA

Como ningún otro, el escenario del poder político manifiesta su extrañeza, una distancia, frente a las demandas de los movimientos de mujeres de dar vida a un nuevo modo de ser, estar y habitar el mundo y en particular, el universo de la política. En ese ámbito, tal como soñaran las sufragistas de comienzos del siglo pasado, debe haber no sólo más presencia femenina, sino también mujeres críticas de su propia condición existencial e histórica que puedan a su vez generar procesos y cambios solidarios y emancipadores, y no sólo estar allí para consagrar la reproducción de lo mismo.

A cambio, para la permanente reproducción de la minoridad simbólica femenina, no hace falta nada más. Como tal se evidenció en la gestión de la primera mujer presidenta del país, la que de algún modo sintetizó con su triunfo una centuria de luchas y demandas de las mujeres en el país, en tanto procuró distanciarse de la imagen de la rebelde e insumisa feminista, que a fin de cuentas simboliza al conjunto de las soñadoras y rebeldes que hicieron lo improbable posible: durante largas décadas, la construcción de la legitimidad de su acceso a la presidencia. Fueron precisamente las insumisas quienes bregaron por y legaron a todas tal posibilidad.

Durante todos estos años se han ensayado diversos modos de construir espacios y plataformas para acercarnos al proyecto de la igualdad social para todas las personas y particularmente para las mujeres. Movimientos, mecanismos para la igualdad de oportunidades, foros y colectivos diversos. Algunos de ellos hoy muestran su precariedad, otros su agotamiento, y en general lo que sí enuncian y denuncian es la falta de voluntad política de los gobiernos y jerarquías dirigentes, así como su incomprensión del conjunto de transformaciones globales y locales que hoy están en curso en el mundo.

Hoy tienen esas jerarquías diversas una oportunidad importante. Ojalá se atrevan a dar el razonable paso de no sólo aprobar la paridad política, sino también establecer de modo claro los mecanismos y procedimientos para su efectiva materialización. Sería un modo de mejorar algunas prácticas, abonar a la larga deuda social con las mujeres y hacer que, al fin, ‘el tren llegue’ como quiso una vez nuestra Clara González.