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28 de Mar de 2020

Política

Los torneos electorales: espejismos de la democracia

Convencionalmente se define democracia como ‘Sistema político en el que el pueblo elige libremente a quienes lo gobiernan’ y también, co...

Convencionalmente se define democracia como ‘Sistema político en el que el pueblo elige libremente a quienes lo gobiernan’ y también, como ‘Doctrina o idea que defiende la participación del pueblo en los asuntos importantes de gobierno’ (Real academia de la lengua española, 2007).

¿Es posible verificar esta definición en la realidad política, vivida en las llamadas democracias occidentales? Para responder a esta interrogante tendríamos que preguntarnos en primer lugar, si en países que dicen regirse por esta modalidad política como el nuestro, el pueblo elige libremente a quienes lo gobiernan, para lo cual, la respuesta implica una variedad de circunstancias y expresiones. En segundo lugar, tenemos que preguntarnos si efectivamente las decisiones fundamentales de país, son resultado del interés mayoritario de la población o existen intereses extra nacionales que lo rebasan.

CUESTIÓN DE NÚMEROS O DE CALIDAD

En las llamadas ‘democracias’ occidentales, se dice que prima la cantidad para medirla. Es decir, en un torneo electoral decide el mayor número de votantes, que supone la opinión mayoritaria del pueblo. Sin embargo, existen realidades ocultas en esta idea, ya que, como afirmaba Gramsci en ‘El Príncipe Moderno’, estos números solo indican ‘la eficacia y la capacidad de expansión y persuasión de unos pocos, es decir, de las minorías activas, de las élites, y de las vanguardias, etc. (...) esto quiere decir, que no es cierto que el peso de los individuos aislados sea exactamente igual’.

En el siglo XXI, esta verdad cuantitativista es sostenida con vehemencia por las élites del poder y hasta por vanguardias de ‘izquierdas’ inmaduras políticamente; esto se ve confirmado en la disputa por el control de los medios de comunicación de alto alcance. Es más, las leyes otorgan mayor acceso a estos medios a quienes poseen más capital económico; por ende, la mayor difusión de sus opiniones potencia las probabilidades de adhesión a estas, por parte de los individuos bajo su influencia.

Aquí, se hace evidente que las reglas de participación electoral se inclinan hacia la conformación y vigencia de la plutocracia, definida esta como: ‘Forma de gobierno del Estado en el que el poder está en manos de los ricos o muy influido por ellos’ (Real academia de la lengua, 2007). La danza de millones que discurren en las campañas electorales de los últimos años en nuestro país, es evidencia clara de la presencia de este tipo de sistema en Panamá.

En el caso alternativo, la capacidad de las vanguardias o minorías activas representativas del interés popular reside en la mayor posesión posible del capital social, en el nivel de organización entre individuos de origen e intereses populares. De alguna manera, en estas organizaciones populares el valor organización supera el valor económico. La calidad de la organización desarrollada, establecería la diferencia con las plutocracias y disputaría la influencia y el poder de los medios no controlados por estos. Los casos de Brasil, Ecuador, El Salvador y más recientemente el de Costa Rica, parecen confirmar esta hipótesis.

Por lo contrario, cuando las llamadas ‘organizaciones de izquierda’ no logran generalizar una opinión que se convierta en sentido común alternativo frente al que difunde el sistema plutocrático, por lo común se revela su escasa o nula capacidad de persuasión en el electorado y por ende, su poca o nula vinculación con los intereses reales de los sectores sociales que dicen representar.

POLÍTICA SIN POLÍTICOS

El análisis científico social exige no quedarse en el ámbito local, ni en la relación gobierno-pueblo. Es decir, los actores sociales que operan a nivel mundial ejercen su influencia en el nivel local pero rebasando su poder desde lo global.

Se dice que hemos superado los regímenes democráticos mediatizados de la época de las ‘Banana Republics’. Aquellos tiempos en que las grandes compañías bananeras, aunque también las petroleras, mineras y otras, decidían quiénes ejercían el poder gubernamental, pero siempre en función de sus intereses. Hoy sin embargo, hay evidencias de que esto no ha desaparecido del todo e incluso se ha sofisticado. Veamos algunos ejemplos:

A inicios de este año, la Agencia de noticias EFE (17 de enero de 2014), difundió algunas afirmaciones del presidente de Cáritas internacional, el cardenal Oscar Rodríguez Madariaga: ‘La globalización ha sido un fracaso. Lo único que se ha globalizado es el mercado. (...) La globalización es una máscara para un monopolio escondido’, indicó Rodríguez Madariaga, que considera que ‘el sector bancario global y los medios de comunicación están en muy pocas manos. (...) la política en Latinoamérica se ha convertido en una ‘industria’ donde lo principal es el lucro personal de la clase dirigente y no la búsqueda del bien común’.

EL PODER GLOBAL

Estas afirmaciones del polémico religioso hondureño, revela por un lado la vigencia de un nivel global del poder; y por el otro, lo antidemocrático de estos poderes. Tanto a nivel global como latinoamericano, estos poderes se afirman y sostienen como ‘ejercicios concentrados y excluyentes de las decisiones populares’. Por consiguiente, si bien existe una esfera de poder nacional-estatal, el proceso más envolvente es el que se da a nivel global con sus actores sociales que son determinantes en la toma de decisiones locales y cuyos principales actores son los poseedores del capital bancario y de las comunicaciones.

Lo dicho por este cardenal Madariaga se considera ¿retórica o descripción de la realidad? Noam Chomsky (2003), le daría la razón. En efecto, este profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, cita lo dicho por el semanario londinense Economist a mediados de 1990, a propósito de la vuelta al poder en Polonia de los antiguos comunistas, ahora en un régimen ‘democrático’ occidental, lo cual afirmaba que esta situación no debía ser motivo de preocupación para los inversionistas, ya que ‘La política está aislada de los políticos’.

Ciertamente, continua sosteniendo Chomsky (2003): ‘los políticos pueden jugar a lo que quieran, pero existe una tiranía privada suficiente para asegurar lo que el Banco Mundial denomina aislamiento tecnocrático. En suma, se siguen haciendo las mismas cosas pese a lo que digan las urnas’.

TORNEOS ELECTORALES: ESPEJISMOS DE DEMOCRACIA

En los torneos electorales sobre todo donde prima el sistema plutocrático, se ha escogido entre los candidatos que se disputan, cuál sigue rabiosamente más apegado a los lineamientos de la política de los grandes poderes privados beneficiarios de la globalización. De allí, que no aparezcan diferencias sustanciales entre unos y otros, explicando también con ello el ‘transfuguismo’ partidario.

Ninguna de las ofertas electorales principales se plantea voltear la página de los proyectos de las grandes transnacionales financieras, particularmente en lo que se refiere a cómo están diseñados y si favorecen o no la soberanía alimentaria, energética, popular o financiera de nuestros países.

En este escenario, cabe esperar que sigan consolidándose las decisiones que responden a intereses al margen de lo que el pueblo vota en las elecciones. Es frecuente que se mantengan viejas prácticas de las ‘Banana Republics’ en las que estas compañías auspician a candidatos(as) de su confianza.

Por consiguiente, la democracia resulta un perfecto espejismo, desencadenando las frustraciones del pueblo entre un torneo electoral y otro, especialmente en países donde más abundan las plutocracias y son pocas o nulas las organizaciones con suficiente capital social para revertirlo, sea esto en Panamá, Centro América, Perú, México o los propios Estados Unidos.

SOCIÓLOGO