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25 de Feb de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Calles y aceras capitalinas

Abandonadas o inexistentes. Para conductores y peatones por igual, ese es el estado de las vías que transitamos todos los días.

Abandonadas o inexistentes. Para conductores y peatones por igual, ese es el estado de las vías que transitamos todos los días.

Todos padecemos el calvario; lo soportamos con estoicismo, condenados a sufrirlo. Culpan principalmente al constreñimiento físico de la urbe capitalina, que nos encajonó entre una muralla artificial al norte, que constituyó la antigua Zona del Canal bajo jurisdicción extranjera, y la barrera natural de la bahía al sur. Mientras existió ese embotellamiento, el crecimiento y desarrollo de la ciudad sólo se pudo dar hacia Arraiján y La Chorrera, por un lado, y hacia Tocumen, Pacora y Chepo, por el otro lado. Pero el entuerto causado por ese fenómeno histórico no ha merecido la debida atención de las autoridades, porque hasta ahora no han mostrado ni el interés, ni la capacidad necesaria para resolverlo.

La solución al problema requiere visión para diseñar un plan bien pensado, y agallas para llevar adelante el macro proyecto que nos haría la vida diaria más llevadera a todos los capitalinos y a nuestros visitantes.

Los corredores Norte y Sur no resuelven el problema del embotellamiento que se produce fuera de ellos. Tampoco lo resolverá la pretendida interconexión de ambos ni el cambio de 400 autobuses viejos por 400 autobuses nuevecitos. Las avenidas, calles y callejuelas de la ciudad no se dan abasto para digerir el flujo vehicular y se hacen todavía más estrechas, porque se convierten en estacionamientos públicos que limitan aún más su capacidad natural para permitir ese volumen de tráfico.

La tortura a que estamos sometidos se empeora cuando añadimos el estado deteriorado del pavimento. Sin tomar en cuenta el bochornoso espectáculo en las áreas periféricas, se pueden contar con los dedos de la mano las calles de la capital que se encuentran libres de huecos, desniveles u obstáculos. En otras urbes situadas en países susceptibles de constantes movimientos telúricos podría entenderse el resquebrajamiento del pavimento, pero acá no sufrimos esos estragos. Se culpa a la falta de mantenimiento, tan característico de nuestros gobiernos, o a la falta de buenos materiales o de mano de obra capacitada, pero los huecos siguen dañando vehículos. Nada se hace al respecto, salvo quizás en época electoral.

Por otro lado, el peatón está literalmente abandonado a su suerte. No hay aceras por donde caminar sin temor de ensuciar la ropa en invierno o de perder la vida en cualquier mal paso, y tampoco hay líneas de seguridad o semáforos para que el peatón pueda cruzar las calles y avenidas sin arriesgar su vida y su integridad física, “toreando” el tráfico. No existe alumbrado público de noche para prevenir asaltos.

Añadamos el colofón. La falta de una política de desarrollo y ordenamiento urbano racional, con una nomenclatura lógica, nos ha creado un verdadero laberinto citadino, en donde nos cuesta un mundo encontrar cualquier dirección sin la ayuda de un buen samaritano o tener que “dar cien vueltas”.

El próximo gobierno tendrá mucho por hacer para librarnos de malgastar tiempo al movilizarnos en la capital y mejorar nuestra calidad de vida, al menos en este sentido. Ojalá las copiosas promesas electorales no se las lleve una brisita.

-La autora es diputada de la República por el Circuito 8-7.mireyalasso@yahoo.com