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25 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

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Aquellos días de junio y julio.. 22 años atrás

“Robert, amor, despierta —dijo Maigualida, de pronto, asustada—. Están ya por toda la casa. Levántate”. Traté de desperezarme, echado aú...

“Robert, amor, despierta —dijo Maigualida, de pronto, asustada—. Están ya por toda la casa. Levántate”. Traté de desperezarme, echado aún, desconcertado. “Son ellos —dijo luego—, los soldados de Noriega. Tienen fusiles y esas metralletas chicas como las que tú tienes, Robert, la Uzi”.

La voz de mi esposa, como eco extraño de un sueño pesadísimo, no admitía ya ninguna duda en aquella madrugada del 27 de julio. Había tenido algo menos de una hora de haberme acostado, pero apenas unos quince minutos de cerrar los ojos y dormir. En esos días casi no dormía y ya ostentaba en los ojos dos grandes ojeras profundas que ensombrecían mi rostro y mis gestos. Permanecía envuelto en una intensa vigilia ya agotada a la que, no obstante, me había acostumbrado incómodamente. Sabía que, de un momento a otro, Noriega mandaría tropas a la casa. La cosa, por su puesto, era saber cuándo.

Como militar sabía que no sería a plena luz del día. Aquella espera diaria era, pues, especialmente nocturna, insegura, apabullante. Los ojos, bien abiertos entonces, me permitieron de pronto cierto dominio frente al miedo o a ese sentimiento que, dentro de la casa, invadía a todos mis familiares. La residencia había sido desde temprano y durante esos días el enjambre de periodistas y camarógrafos de todo el mundo que sabían habría un desenlace dramático. Había aprendido de alguna manera a comprender lo que la noche era para un hombre como yo, puesto de repente entre la vida y la muerte, por una causa. Causa incomprendida por todos, aliados y rivales. Causa amarga, temeraria. Hasta la agrupación política que forjé, junto con Omar Torrijos luego del golpe de 1968, me odiaba. Considerado un traidor por denunciar a quien sí era realmente un felón de aquellos ideales torrijistas ya exaltados por el pueblo.

Por otro lado, mis compañeros de armas eran mis acosadores y verdugos. Muestra de ello, la vergonzosa irrupción que viví aquella mañana cuando pisotearon cobardemente mi hogar. Y es que la mayoría de mis copartidarios y ex compañeros de uniforme creían que toda mi rebelión temeraria se debía sólo a que no me habían dado la Comandancia. Pero dentro de mí, un Quijote salió valeroso y decidido a no ser cómplice de un general de pacotilla que se había hecho socio de carteles colombianos y políticos corruptos. Los adeptos al dictador se dividían en dos grupos: los que realmente ignoraban los desvíos criminales de Noriega y, gran parte los que, conociéndolos, se afincaban en los miedos comunes de los seres que someten sus almas a los dictados de sus Sanchos Panzas, dicho en criollo panameñísimo “los que solo defienden sus portaviandas”. Precisamente quisieron endilgarme que mi lucha frontal contra el torvo comandante se basaba únicamente en mi pretensión supuesta de reemplazarlo como jefe militar. ¡Como si un cargo que ya era parte activa de los carteles colombianos de la droga valiera siquiera una mínima lágrima del ojo de mi hijo más pequeño, de solo cinco años! Pero comprendí que los hombres juzgaban a los demás según sus conciencias. ¡Qué difícil, qué imposible casi es para cualquier hombre arriesgar su vida temerariamente por una causa! ¡Más difícil todavía pensar que alguien sí lo haga...!

(Del libro en edición “Estrellas clandestinas”).

-El autor es embajador de Panamá en Perú.homiliadiaz@gmail.com