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27 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

El cambio climático y el periodismo

Los pobladores de la comunidad de San Francisco de la Tranquilla aprendieron a pesar de su pobreza, muy pronto, sobre las vinculaciones ...

Los pobladores de la comunidad de San Francisco de la Tranquilla aprendieron a pesar de su pobreza, muy pronto, sobre las vinculaciones de los fenómenos dentro de la realidad ambiental que pueda tener cualquier grupo humano; además, en muchos casos, independientemente de los procesos naturales, esas colectividades ocasionan ciertos hechos que terminan por afectarlas con un efecto de búmeran.

Ese grupo de campesinos, cuyas casas estaban ‘colgadas’ del espinazo en las laderas boscosas en la cuenca del río Chagres, se dedicaba a tareas agrícolas rutinarias. Ellos incluían en su cotidianeidad la roza; además quemaban, talaban y supieron a los años, que el suelo no les podía brindar más productos, porque estaba desgastado y sin nutrientes.

Otra de las enseñanzas que adquirieron fue la relación de causa—efecto. Les gustaba el sabor del armadillo y como había una buena cantidad bajo su suelo, fue sumado a la dieta, hasta que al agotarse, conocieron que uno de los principales elementos de la alimentación de ese pequeño y empaquetado cuadrúpedo, era una maleza invasora con raíz bulbosa. Al acabarse el animal, la planta creció sin control y los envolvió.

La población de San Francisco ha utilizado sus enseñanzas y ahora es un laboratorio agrícola, además, de mercadeo y transformación de sus estructuras de subsistencia para convertirse en un mercado popular, donde hasta la tecnología aplicada les permite ahumar de manera artesanal el pescado que extraen del lago Alhajuela.

Las lecciones de este pueblo perdido en la montaña, no han sido asumidas en forma semejante por las sociedades del planeta, donde las dinámicas del progreso se han asentado sobre prácticas de consumo y generación de desechos; además por el uso de fuentes de energía basada en la combustión de carbón, petróleo y gas natural.

¿Y qué importancia tiene este modelo de desarrollo? Pues, una situación de acrecentamiento del ‘efecto invernadero’ y el aumento de la temperatura promedio de la Tierra, pero a su vez, una irregularidad en patrones climáticos, caracterizada por hechos impredecibles y eventos no conocidos con anterioridad en la historia de las vinculaciones entre el hombre y la naturaleza.

El fenómeno de recalentamiento no es algo nuevo ni inusitado. El planeta en que vivimos genera naturalmente gases de efecto invernadero (GEI) cuando el sol calienta el suelo terrícola a través de la atmósfera y dicho ‘calorcito’, se refleja y, por tanto, se devuelve en forma de radiación infrarroja, pero representa menos del 1% de la composición del espacio que tenemos encima y gracias al cual existe la vida tal como la conocemos.

La actividad humana y en especial esa industrialización, han acelerado la consolidación de los GEI, sobre todo el dióxido de carbono, el ozono, el metano, el óxido nitroso, los halocarbonos, entre otros. La modificación del uso de la tierra, la agricultura y la deforestación, así como las emanaciones de los vehículos y la actividad fabril, son los principales factores que generan esos síntomas.

El incremento de esta situación, sus causas y la forma como la política internacional puede crear circunstancias que posibiliten que la vida futura y la coexistencia de los humanos con el ambiente no llegue a un caos, fomentan en la actualidad el mayor nivel de discusión por parte de los Estados, que necesitan llegar a acuerdos y fortalecer una acción concertada contra el cambio climático, y su creciente y dramático protagonismo.

Las cumbres de Copenhague del año pasado y de Cancún, la próxima semana, recogen las experiencias del Protocolo de Kioto, que ha de concluir en 2012 con unos términos adoptados a finales del siglo XX y que establecen —en medio de esta crisis climática— las correspondencias entre el desarrollo y el subdesarrollo: la vulnerabilidad de los países menos favorecidos es una consecuencia del crecimiento de las metrópolis industrializadas.

Este es —dentro de la escabrosa situación— un escenario para el aprendizaje y para que los periodistas alcancen a integrar en sus agendas la cambiante realidad del clima y las alteraciones de los paisajes, la vida natural, la imprevisible conducta atmosférica y sobre todo su causalidad con chubascos, actividad volcánica, inundaciones, sequías, inconstancia de las mareas y de la variabilidad en los ciclos productivos del campo.

Quizás, San Francisco de la Tranquilla en las selvas de la cuenca del río Chagres no tenga que tomar contingencias como las poblaciones del archipiélago de Kuna Yala que, por la subida del nivel de las aguas, deberán migrar a tierra firme y cambiar sus tradiciones comunitarias, pero sí requerirá acostumbrarse al cambio climático y a sus implicaciones futuras.

*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.