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26 de Oct de 2020

Hugo Santaromita

Columnistas

Mis respetos, don Ricardo

Estrechar su mano ya temblorosa fue signo de una admirable y sincera amistad. No pocas veces nos reímos y disfrutamos de las tardes.

Los primeros contactos que tuve con Ricardo Arias Calderón fueron en 2008, cuando él gentilmente me hacía llegar por e-mail a Caracas sus brillantes artículos sobre la democracia y sobre su relación con Venezuela, país donde vivió durante un tiempo, dictando clases en la Escuela de Derecho de la honorable Universidad de Los Andes, en Mérida, justamente en la casa donde estudió mi padre.

Esos artículos eran publicados en mi página web Forum Venezuela, un sitio web de análisis geopolítico y geoestratégico sobre la democracia y su lucha contra el autoritarismo. Me sentía orgulloso al recibirlos, y no dudaba de que la participación de don Ricardo en nuestra página le daría el fulgor necesario a nuestra propuesta periodística, donde se daban cita los grandes pensadores del momento que combinaban sus opiniones con otras mucho más humildes como la mía.

Pocos años después, cuando decidí abandonar mi país, avizorando el desastre del chavismo, rumbo a Panamá, don Ricardo fue la primera persona local que visité. Recuerdo cuando en 2010 me comuniqué con él varias veces, primero desde el hotel, luego desde mi apartamento. Ya tenía muchas dificultades al hablar. Cuando lo llamaba, hablaba primero con Pedro, su secretario, fallecido recientemente, quien me daba las instrucciones previas necesarias. Don Ricardo hablaba del orgullo que significaba tenerme acá en Panamá. Sentí que era un hombre con una gran calidad humana, que se alegraba del éxito del otro y que no dudaba ni un instante en tenderle la mano a un inmigrante.

Yo, como él, nos alimentamos de la Democracia Cristiana. En nuestros encuentros iniciales, allá en su residencia de Costa del Este, hablábamos con orgullo, con pasión, de amigos comunes como el excanciller venezolano Arístides Calvani o del expresidente Rafael Caldera. Así como Calvani fue una escuela para la diplomacia en Venezuela, don Ricardo ha sido un vivo ejemplo de desprendimiento y de nobleza para la sociedad panameña. Cedió su oportunidad de ser presidente de este gran país en aras de la paz y la reconciliación.

Estrechar su mano ya temblorosa fue signo de una admirable y sincera amistad. No pocas veces nos reímos y disfrutamos de las tardes. Su tono bajito, lleno de sabiduría, me obligaba a ponerle atención. Y así lo hice siempre, admirado por sus anécdotas y su visión de país. No dejó nunca de ofrecerme ideas para alimentar mi intelecto y guiarme en el camino que me había trazado en Panamá.

Hoy, cuando está gravemente enfermo, le rindo este tributo en vida, porque quienes nos enseñan no merecen otra cosa que el agradecimiento y la solidaridad. Una vez que la vida me enseñó el camino en Panamá, jamás he dejado de pensar en aquellos encuentros enriquecedores con don Ricardo en su casa, junto a mi esposa, mientras él disfrutaba de un exquisito bocadillo de chocolate proveniente de Venezuela. Teresita, la gran Teresita, me decía que no podía comerlo, pero él aprovechaba nuestra presencia para desafiar esa orden.

Hoy, cuando los políticos no concertan, sino que confrontan, cuando destacan, pero no trascienden, cuando lideran, pero no guían, surge la figura inequívoca de este constructor de democracia.

Mis respetos a don Ricardo. Quizá no le quede mucho tiempo entre nosotros a este gran hombre, pero es menester decir que a él le debo la visión que hoy tengo de Panamá. Un país que, con su esfuerzo, disfruta hoy de una gran democracia. Mis respetos, por siempre, don Ricardo.

PERIODISTA Y POLITÓLOGO.

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‘Su tono bajito, lleno de sabiduría, me obligaba a ponerle atención. Y así lo hice..., admirado por sus anécdotas y su visión de país'

Hoy, ..., le rindo este tributo en vida, porque quienes nos enseñan no merecen otra cosa que el agradecimiento y la solidaridad...