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18 de Oct de 2019

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Rafael Carles

Columnistas

El circo que nunca se va

‘... soñamos para que (...) los diputados de la Asamblea Nacional escuchen el clamor del pueblo...'

Luego de 146 años, el telón de uno de los circos más antiguos del mundo cayó para siempre. El Circo de los Hermanos Ringling, que se definió como el ‘mayor espectáculo sobre la Tierra' y que en sus funciones había payasos, domadores, malabaristas, leones, tigres, canguros, llamas, monos y elefantes, tuvo su última función el pasado 21 de mayo en el Nassau Coliseum de Uniondale en la ciudad de Nueva York, luego de una gira de despedida por más de 30 ciudades en los últimos doce meses.

Muchos de los que fuimos al circo cuando jóvenes sentimos nostalgia porque nuestros nietos y biznietos no tendrán ese gran entretenimiento que inspiraba emoción y alegría en cada uno de sus actos. Parece que los tiempos cambiaron y una diversidad de organizaciones animalistas presionaron por un mejor trato de los animales y lograron lo impensable para muchos: el cierre del mejor circo del mundo. Y el punto es que estas organizaciones ya advirtieron a otros circos de animales, zoológicos y parques de atracciones acuáticos que seguirán sus protestas hasta lograr en forma definitiva el cese de la captura y explotación de animales.

Pero para diversión de muchos y tristeza de otros, Panamá siempre ha tenido su circo y no pareciera tener fecha de cierre. Se llama la Asamblea Nacional (AN) y, al igual que los demás circos de antaño, tiene animales, domadores y payasos. Con la diferencia que en vez de generar aplausos de la concurrencia, producen deshonor y pena.

Incapaces de recuperar el reconocimiento que han perdido por una conducta vergonzante, en el circo de la AN los diputados buscan con afán una coartada que les permita tender cortinas de humo que nublen el escrutinio público y hacer exactamente lo contrario a lo que dispone su papel histórico en el marco del escenario político.

A unos días de iniciar un nuevo ciclo de espectáculos, se espera que las bancadas de los diputados se pongan de acuerdo para seguir embarrando de más porquería las paredes y pisos del hemiciclo. Será el mismo guión con el que han venido trabajando con absoluta dedicación para amordazar la democracia y excretar un clientelismo politiquero fétido que distorsiona la moralidad. En ese manto de impunidad democrática se han asignado a sí mismos millones de dólares en obras, trabajándolas vía fundaciones afines a ellos. Han recibido pagos y prebendas por sus votos para aprobar leyes, millonarios contratos, presupuestos y préstamos. Y se han beneficiado de los salarios de plazas fantasmas cobradas por prestanombres.

La desfachatez en el circo de los diputados raya en el cinismo más impúdico. El pueblo los eligió para que aprueben leyes y al final lo único que hacen es parir entuertos que aseguran sus posibilidades de reelección. Los empresarios les hemos sugerido que redacten proyectos de fomento económico y la respuesta son mamotretos sin pies ni cabeza. Y el país entero les ha pedido ideas para desburocratizar la administración pública y, a sabiendas de que esas acciones no les convienen, interfieren y matraquean para que ni siquiera se presenten.

Durante años, sí, literalmente años, los diputados han usurpado del tiempo de todos en interminables interpelaciones, como un mecanismo para retrasar, dominar y controlar la agenda legislativa. De esa manera, han creado un esperpento inútil que impide el desarrollo de sus funciones contraloras, fiscalizadoras, administrativas y jurisdiccionales, importantísimas para garantizar la independencia y autonomía de este órgano del Estado.

Ciertamente, la AN nos recuerda los circos de antaño, aunque haciendo la salvedad de que esos circos con aquellos payasos nos producían una espontánea sonrisa. Y no la desagradable mueca o expresión de enojo que nos producen las tonterías de estos necios payasos de ahora, que tan ridículamente quieren imitar, infructuosamente por cierto, a los locos Adams o a los recordados Tres Chiflados.

Estas apreciaciones vienen como consecuencia del papelón que los diputados hacen y que a más de uno nos hacen fruncir el entrecejo. Por eso, pedimos disculpas en nombre de la Patria por su pésimo desempeño y por la irresponsabilidad ciudadana de unos cuantos ingenuos que equivocadamente los eligieron para una función que no son aptos para ejercer.

Soñamos para que un día regrese el circo de los Hermanos Ringling. Pero además soñamos para que el próximo 1 de julio los diputados de la Asamblea Nacional escuchen el clamor del pueblo y se dediquen a cumplir cabalmente sus funciones, y dejen de ser el espectáculo más vergonzoso sobre la Tierra.

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