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23 de Sep de 2019

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Guillermo A. Cochez

Columnistas

Cuando lo que ve es el corazón

Durante los funerales del músico Chipi Azcárraga, hijo del gran Lucho, y de la inolvidable Rosa María Britton, la excelsa médica, maestra y escritora, todo terminó en fiesta.

Cada día siento que me enamoro más de nuestra música. Escuchar el ‘Suspiro de una fea', pasillo del gran compositor de inicios del siglo XX, Vicente Gómez, en la trompeta viviente de Vitín Paz, u oír la exuberancia de las canciones de Erika Ender o la excelsa voz de Sylvia de Grasse, o la revolucionaria salsa de Rubén Blades o escuchar un concierto de jazz de Danilo Pérez, equivale a transportarse en los cielos de Panamá, ese bello país que nos vio nacer y que tantas riquezas tiene, que muchas veces no valoramos adecuadamente.

Durante los funerales del músico Chipi Azcárraga, hijo del gran Lucho, y de la inolvidable Rosa María Britton, la excelsa médica, maestra y escritora, todo terminó en fiesta. El gran Osvaldo Ayala, con su prodigioso acordeón, supo interpretar lo que de seguro tanto Chipi como Rosa María querían escuchar al terminarse su sepelio: ‘Sentimientos del alma', que todos los presentes cantamos a coro. Me imaginé ver a los santos de la Iglesia moviéndo se al ritmo contagioso del amigo Osvaldo.

Días atrás, en el Museo del Canal Interoceánico en la Catedral, tuve la oportunidad de escuchar un precioso concierto de alguien a quien bien podríamos aplicarle aquello de ‘Candil de la calle, oscuridad de la casa'. Un concierto que hizo vibrar a no más dar la sala de tan prestigioso lugar y que sirvió de clausura de exposición pictórica organizada por varios venezolanos. Era Patricia Vlieg Quintero, invidente panameña que ha traspasado continentes con su música y que quizás es en Panamá donde menos le hemos dado la oportunidad de mostrar sus grandes talentos. Por eso lo de ‘candil de la calle', y no porque ella lo quiera, sino porque pareciera que en nuestra tierra no valoramos sus innumerables logros musicales.

Patricia nació el 22 de enero de 1975 invidente, al igual que su hermana Ana Lucía, hija del médico Randall Vlieg y de Aurora Quintero. Desde niña cantaba con su hermana con quien grabó un disco. Patricia estudió composición, arreglos e investigación musical en la prestigiosa escuela Berklee College of Music en Boston, lugar de estudio y enseñanza del gran Danilo Pérez y de músicos de la talla de Juan Luis Guerra.

Ese día, Patricia nos deleitó con canciones panameñas como ‘Patria', de Rubén Blades y de su propia inspiración como ‘Cabanga', de uno de sus discos en 2015, que difícilmente se puede conseguir en los pocos lugares que venden discos de música panameña que hay en Panamá. Acompañada de una guitarra y un violín, Patricia nos dio un concierto de hora y media, donde lució su magnífica voz, en piezas como el pasillo ‘Brisas mesanas', del maestro veragüense César Alcedo, la cual interpretó junto a un video de dos jóvenes en ropa típica bailando el bello pasillo como si fuera ballet clásico. Eso me motivó, al final de su concierto, a pedirle que incorporé en su extenso repertorio otros pasillos como ‘El suspiro de una fea', interpretado por Vitín Paz, el que le envíe.

Pero su voz no era lo único que escuchábamos. Con maestría dirige a los otros músicos, interpreta la guitarra y toca el teclado electrónico junto con el bajo al mismo tiempo. Sus manos hacen lo que sus ojos no pueden ver: transportarnos por el corazón de la artista que vive con intensidad apasionada y una extraordinaria gracia femenina, lo que interpreta con las teclas y sus dedos su prístina voz para el público.

Patricia tiene una triple dimensión que los panameños deberíamos ayudarla a dar a conocer: ser mujer, que se ha superado, pese a los problemas que ha afrontado al carecer de visión; como embajadores de los que tienen una discapacidad, salen adelante y triunfan, y como intérprete de un género musical tan variado y que tanta gloria ha dado a la artista en escenarios tan variados como Estados Unidos, Puerto Rico, México, Brasil, Colombia, República Dominicana, Europa y Asia. En Japón hizo un recorrido de seis semanas.

La pelota está en el nuevo Ministerio de Cultura, bajo la dirección del amigo Carlos Aguilar. Tenemos un diamante en ella que no se le ha dado a conocer a los panameños. Es hora de que podamos compartirlo. Sin cultura jamás podremos crecer como pueblo; debe ser nuestra columna vertebral. Debemos evitar que la mezquindad hacia la cultura deje de rayar en lo ridículo, tal como en días pasado señaló el autor y abogado Juan David Morgan.

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